
Nacida en Melo, en el corazón de una frontera donde las identidades se mezclan sin pedir permiso, la cantautora construyó una voz que no busca ocupar un lugar en la industria sino abrir un espacio donde la memoria, la tierra y las emociones puedan respirar.
Su recorrido no comenzó con la notoriedad que hoy le otorgan escenarios compartidos con Chole Giannotti y el proyecto musical de Abuela Coca. Empezó mucho antes, cuando una niña aprendía que las canciones también podían heredarse. Su abuela escribía poesía. Su madre cantaba en coros. La música era una forma cotidiana de nombrar el mundo mucho antes de convertirse en una profesión. También estudió mucho tiempo con Mónica Navarro.
Quizá por eso nunca habla del canto como una técnica. Habla del canto como su propia esencia.
A los quince años se integró a la murga y ésta transformó esa intuición en conciencia. Allí comprendió que la voz también podía convertirse en una herramienta de construcción política, una forma de interpelar la realidad y no únicamente de entretener. Esa certeza terminaría marcando toda su obra. Encontrar una identidad artística, dice, nunca termina de suceder. Es una búsqueda permanente. Como el río. Como el viento. Como la propia frontera.
Esa búsqueda desemboca hoy en “Telúrica”, su primer disco solista que está grabando, una obra independiente donde conviven el blues, el rock, el candombe y las músicas de raíz latinoamericana. Un paisaje sonoro donde el tango rioplatense dialoga con la chacarera, la herencia afro-uruguaya y la electricidad del rock para construir algo profundamente propio.
Durante el proceso de grabación perdió a su madre y a su abuela en menos de un año. El duelo interrumpió el proyecto, pero también terminó moldeándolo. Cuando pudo regresar al estudio comprendió que la música no era un refugio para escapar del sufrimiento sino el lugar donde ese sufrimiento encontraba una forma de transformarse.
Por eso “Telúrica” habla de las fuerzas indomables de la naturaleza y, al mismo tiempo, de las fuerzas indomables que habitan el cuerpo de las mujeres. Está dedicado a las mujeres de su familia. A las que la criaron. A las que sostuvieron generaciones enteras. A las que le enseñaron que la sensibilidad también es una forma de lucha.
Pero Soledad no solamente canta. Hace años decidió sembrar otras voces.
Desde la Escuela de la Voz, que creó en Melo y que hoy reúne a decenas de estudiantes de todas las edades, entiende la enseñanza como una experiencia integral donde la técnica importa tanto como la expresión emocional. Allí la música deja de ser un privilegio para convertirse en un derecho afectivo.
Esa misma lógica aparece en otro de sus proyectos más queridos: La Llamada, una rueda de candombe nacida en Cerro Largo con el propósito de recuperar y compartir un patrimonio musical que muchas veces permanece invisibilizado fuera de Montevideo.
Hay una convicción profunda de que la cultura necesita seguir respirando también en el interior del país porque si algo atraviesa toda la historia de Soledad Vaz es la defensa de una idea simple y poderosa: hacer arte lejos de la capital implica sostener, además de la creación, la gestión, la producción, la difusión y la supervivencia cotidiana.
Ser artista independiente en la frontera significa cargar los instrumentos, organizar los conciertos, conseguir los recursos, construir públicos y, aun así, seguir creyendo que vale la pena cantar.
Tal vez por eso sus canciones nunca parecen buscar el aplauso inmediato. Buscan otra cosa. Buscan el encuentro.
Ese instante irrepetible donde alguien escucha una letra y descubre que también habla de su propia historia.
“La música siempre fue el lugar donde aprendí a traducir el mundo”
La gente hoy te conoce mucho más por tu participación junto a Chole Giannotti y el proyecto de Abuela Coca, pero tu historia viene de muchísimo antes. ¿Cómo empezó realmente Soledad Vaz?
Soledad Vaz: Empecé a cantar desde muy chiquita. En realidad nunca hubo un momento en el que decidiera cantar porque la música siempre estuvo en mi casa. Mi mamá cantaba en coros, mi abuela escribía poesía y también cantaba. Yo crecí rodeada de canciones. Era algo completamente natural, como respirar. Después vinieron los coros infantiles, el coro departamental y más adelante armé mi primera banda en Melo. Todo fue bastante experimental, pero ahí comenzó el camino.
¿Cuándo sentiste que cantar dejaba de ser simplemente un disfrute para convertirse en una necesidad artística?
Soledad: Creo que cuando entré a la murga, a los quince años. Ahí comprendí que el canto podía ser mucho más que entretenimiento. Descubrí que podía ser una herramienta política, una forma de construir pensamiento, de decir cosas que importan. Esa experiencia cambió completamente mi manera de entender el arte.
Tu música recorre el blues, el rock, el candombe, las raíces latinoamericanas. ¿Cómo encontraste esa identidad?
Soledad: La verdad es que no creo que uno termine nunca de encontrarla. Siempre estamos buscando. Yo empecé escribiendo poesía desde muy joven y un día me pregunté por qué esas palabras no podían convertirse también en canciones. Creo que mi identidad está formada por todas las músicas que escuché durante mi vida. Hay tango, chacarera, música afro-uruguaya, rock. Todo eso convive naturalmente dentro mío.
Presentar canciones propias también implica una enorme exposición.
Soledad: Muchísima. Me da un pudor enorme. Es como salir completamente desnuda frente a la gente. Durante años escribí canciones que nadie escuchó. Recién ahora siento que llegó el momento de compartirlas. Es un proceso muy largo, porque una también tiene que animarse a mostrarse.
El disco se llamará Telúrica. El nombre ya dice mucho. ¿Qué universo vamos a encontrar allí?
Soledad: Tiene que ver con la tierra, con las fuerzas telúricas, con todo aquello que es indomable. También con la naturaleza y con lo femenino. Es un disco dedicado a las mujeres de mi vida: mis abuelas, mi mamá y mis hijas. Musicalmente tiene mucho rock, pero también raíces latinoamericanas. Es un disco muy emocional, muy ritual. Habla de encontrar algo luminoso incluso dentro de las heridas.
Hay una frase muy hermosa que apareció durante la charla: “En la herida también puede florecer algo”.
Soledad: Sí. Creo profundamente en eso. Todos atravesamos dolores. La cuestión es qué hacemos con ellos. En mi caso terminaron convirtiéndose en canciones. Para mí la música siempre fue una forma de transformar lo que duele.
El proceso de grabación también estuvo atravesado por pérdidas muy importantes.
Soledad: Sí. Fallecieron mi abuela y mi mamá con pocos meses de diferencia. Fue devastador. Paré completamente el disco porque no podía seguir. Ellas eran mi sostén. Yo crecí dentro de un matriarcado muy fuerte y de repente me encontré sin esas dos mujeres que habían marcado toda mi vida. Recién este año pude retomar la grabación.
Sin embargo, cuando hablás de ellas, pareciera que siguieran presentes.
Soledad: Totalmente. Yo soy ellas. Todo lo que escribo, todo lo que canto, todo lo que siento nace de esa crianza. Ellas me enseñaron a escuchar letras, a descubrir músicos, a preguntarme por qué una canción existía. Me enseñaron la curiosidad y la sensibilidad.
Además de artista sos docente y creadora de la Escuela de la Voz en Melo. ¿Cómo nació ese proyecto?
Soledad: Casi sin darme cuenta. Empecé dando talleres y después fue creciendo muchísimo. Hoy tenemos cerca de noventa alumnos de distintas edades. Lo que más me interesa no es solamente enseñar técnica vocal, sino ayudar a que las personas encuentren una forma de expresarse. Hay gente que viene para cantar profesionalmente y otra que simplemente necesita cantar para sentirse mejor. Y ambas cosas son igual de importantes.
¿La música también sana?
Soledad: Estoy convencida de que sí. Nos hace más humanos. Nos ayuda a comprendernos, a hacernos preguntas, a expresar cosas que de otra manera quedarían guardadas. Eso vale tanto para un niño como para un adulto.
¿Cómo apareció Chole Giannotti en tu camino?
Soledad: Nos conocimos trabajando en algunos proyectos musicales. Él me invitó a hacer coros y así empezó todo. Después vino Rock Mestizo, donde compartimos estudio con músicos increíbles. Fueron jornadas intensísimas de grabación, todo en vivo, y ahí nació una amistad muy profunda.

¿Qué significó para vos compartir escenario con artistas tan reconocidos?
Soledad: Al principio no lo podía creer. Me sentía completamente sorprendida de estar ahí. Pero más allá de los nombres, lo más lindo fue el encuentro humano. Compartir la música desde un lugar sincero genera vínculos muy fuertes.
Vivís en Melo. ¿Es más difícil construir una carrera artística desde el interior?
Soledad: Muchísimo más difícil. Todo cuesta más. Conseguir espacios, mover proyectos, generar circuitos. Muchas veces los artistas independientes hacemos absolutamente todo: producimos, gestionamos, difundimos, armamos los espectáculos. A veces es muy agotador.
Incluso hablábamos de cierta falta de políticas culturales.
Soledad: Sí. Hay muchísimo talento en el interior, pero faltan oportunidades. Muchas veces siempre terminan convocando a los mismos artistas y cuesta muchísimo abrir nuevos espacios. Por suerte existen lugares como El Abrazo o El Horno del Tambor, que sostienen una programación muy comprometida con la cultura.
También impulsaste una rueda de candombe en Melo.
Soledad: Sí, se llama La Llamada y es uno de los proyectos que más felicidad me dio. Lo hacemos con muchísimo respeto porque entendemos que el candombe es parte fundamental de nuestro patrimonio. También queremos acercarlo a las nuevas generaciones y descubrir ese enorme repertorio que muchas veces permanece oculto.
¿Sentís que en el interior todavía existe la idea de que la música solamente debe divertir?
Soledad: Sí, bastante. Y está perfecto divertirse, claro. Pero también creo que la música puede conmover, hacer pensar, emocionar. Necesitamos que existan todas las expresiones. No solamente las que hacen bailar.
También hablábamos de la frontera como una identidad cultural.
Soledad: La frontera atraviesa todo lo que hago. Vivimos en diálogo permanente con Brasil, con otras músicas, con otros lenguajes. Esa mezcla forma parte de quienes somos y también aparece naturalmente en mis canciones.
Tus hijas aparecen mucho cuando hablás de este disco.
Soledad: Porque ellas son parte de todo. Me inspiran permanentemente. Hay frases de ellas que terminaron dentro de algunas canciones. Una escribe, otra canta, viven inventando mundos llenos de colores y fantasía. Verlas crecer cerca de la música me llena de alegría.
¿Qué esperás que ocurra cuando el público escuche Telúrica?
Soledad: Ojalá sientan que esas canciones también les pertenecen. Que encuentren algo propio dentro de ellas. Si alguien logra transformar una tristeza o sentirse acompañado gracias a una canción, para mí ya habrá valido absolutamente la pena.
Después de tantos años de camino, ¿Qué representa este disco para vos?
Soledad: Es una celebración. Un acto de amor. Un compromiso conmigo misma y con todas las personas que hicieron posible que yo llegara hasta acá. Más que un punto de llegada, siento que es el verdadero comienzo.
La presentación del disco será en el emblemático Teatro España de Melo y estén atentos a la fecha que anunciará Soledad en sus redes.