
En el año 2023 me tocó trabajar en el Plan Invierno de Mides. Se trataba de centros nocturnos de contingencia para las personas en situación de vulnerabilidad. Desde ese momento, formé parte de distintos equipos multidisciplinarios y diferentes proyectos con abordaje socioeducativo, lo que me permitió acompañar desde adentro esta realidad y comprender cuestiones que muchas veces la ciudadanía ignora. No únicamente por desinterés, sino por falta de información que habitúe a la gente en un fenómeno que afecta a todo el país.
Mientras el discurso oficial habla de derechos y cuidados, miles de personas sobreviven en la intemperie en Uruguay. El abandono del Estado, el machismo y el neoliberalismo producen cuerpos destinados al descarte.
La calle no es sólo “no tener un techo”. Es la ausencia de vínculos, de contención y de políticas sostenidas, o redes comunitarias que quizás ni se han llegado a formar. Un Estado que no garantiza el real cuidado cuando éstos vínculos se rompen. Cuando ya no produce, el cuerpo es desechado: no sirve, no importa. No encaja en el modelo neoliberal del éxito. Es el resultado de un proceso que comienza muchas veces en las infancias.
La mayoría de las personas que viven en situación de calle son varones adultos. Muchos pasaron por el sistema penitenciario, tienen consumo problemático de drogas, o padecen trastornos de salud mental. Sin embargo, Sebastián Aguiar -sociólogo e investigador de la Udelar- señala que éstas no son causas, sino condiciones y factores que complejizan esta realidad.
Una de cada cien personas utilizó algún dispositivo Mides (como refugios y hogares asistidos) durante el año 2023. Es el reflejo de un modelo social que precariza lo laboral, la vivienda y debilita las redes de cuidados.
Uno de cada cuatro de éstos individuos fueron institucionalizados en Inau durante sus primeros años de vida, lo que nos habla de un sistema de protección que falla desde el inicio y los expulsa. Otro factor clave es la violencia en el hogar, intrafamiliar: lo que rompe en el ámbito privado, se desborda en la vida pública.
Pensar en las infancias es clave, sobre todo si las investigaciones muestran que la raíz del problema se gesta allí. El sistema educa a los varones bajo el mandato de la autosuficiencia masculina, idealizando un modelo de control y éxito individual que es opresivo e inalcanzable. Cuando no se responde a eso, aparece la vergüenza y la exclusión. En las casas, en las escuelas o en el trabajo. El cuerpo es desplazado, marginado.
Aguiar propone otro enfoque. No sólo pensar en el egreso de las cárceles, refugios, y distintos dispositivos de protección, sino entender qué pasa dentro de cada uno. Cómo la vulneración de derechos, la revictimización y los abusos reproducen los daños al no reparar en las trayectorias de manera integral.
Las estrategias de supervivencia se multiplican. Se duerme donde se puede. Se pide, se busca, se aguanta. Y mientras tanto, la respuesta social va desde la omisión, al asistencialismo y el castigo. En vez de generar programas de integración que respeten los procesos de manera personalizada, están los operativos de limpieza y desalojos de espacios. Se criminaliza la presencia.
“La situación de la mujer que desgraciadamente cae en la calle tiene muchos desencadenantes. En mi caso nunca esperé que me ocurriera, pero por un tema de salud mental, cuando me divorcié se me hizo muy difícil trabajar y cuidar a mis tres hijos. Aunque tenía vivienda propia en el Cerro y no consumía, tuve que abandonarla porque los narcos coparon mi casa. Me quedé sin trabajo y llevé a mis hijos con mi madre y tuve que habitar la calle. Estuve tres noches durmiendo en tres cruces hasta que alguien se acercó y me ofreció llevarme a un refugio nocturno para que descansara. (….) A las más jovencitas se les hace muy difícil no ejercer la prostitución. Intentas trabajar en otras cosas pero cuando saben que estás en situación de calle no te toman”. (Mariana; integrante del colectivo “Ni todo está perdido”. Testimonio en entrevista a La Diaria, Diciembre del 2024).
Las personas en situación de calle están en todas partes, a la par de la vorágine en las ciudades, de los bares y los espectáculos. Poner la vida en el centro es desafiar la indiferencia y entender que la calle no es un destino sino una condición basada en las violencias institucionalizadas. No debería ser una condena para quienes la habitan.












































