
LA KERMESSE y sus 10 años a cuestas, en la Sala del Museo
No son Los Redondos, pero…
Me tocó salirle al frío del domingo, ya entrada la noche. Y aunque vivo en el barrio y son pocas cuadras las que me separan de la Sala, no voy a negar que un poco me costó. Pero viste cómo es: esa sensación linda que aparece cuando hay algo de incertidumbre, la adrenalina de lo que pueda pasar, con quién te podés cruzar, la curiosidad de estar en un show importante por el peso de la banda… todo eso ya hacía que valiera la pena. Y sí, claramente valió.
Salí de casa con tiempo, el inicio estaba marcado para las 21hs., aunque arrancó un rato después. Me quedé unos diez minutos afuera, para tantear el clima y ver qué onda. Debo reconocer que me encanta esta parte de los toques; el detrás de escena, el afuera, la previa… o como le quieras llamar. Estaban los clásicos carritos de chori, panchos y hamburguesas, las conservadoras con latas de cervezas y remeras gastadas de Los Redondos por todos lados. Una pareja Renguera que se paseaba por la vereda, cerveza en mano, él con una remera blanca un poco curtida, con el la tapa del disco “Despedazado por mil” partes, en el pecho, ella con una un poco más elegante, con remera negra estampada con la tapa del disco “La esquina del infinito”. Aunque las que mas abundaban eran las de Los Redondos y los Fundamentalistas, claro.
La previa era eso, humo, charla y el brindis con latas de cervezas frías antes de entrar. Uno de los cuidacoches también participaba del ritual, mientras aprovechaba para pedirle un cigarro a un muchachón con camisa verde y varios anillos grandes y brillosos.
Ya adentro, la Kermesse Redonda celebraba sus diez años con doblete, sábado y domingo a sala llena y con todo agotado. El cartel pesaba por donde se lo mirara: Dawi en el saxo, Semilla Bucciarelli en el bajo, Tito Fargo en la viola y Hernán Aramberri en la batería, tipos que estuvieron ahí, en la cocina misma del quilombo, cuando se armaba el bardo posta, cuando todo era cuerpo, sonido y mensaje. Ex Redondos, sí, claramente, pero también es claro que no son Los Redondos, esto es otra cosa y ellos también lo saben, se paran desde otro lugar, aunque lo presenten como un “proyecto orgánico” y haya algo de eso; lo que pasa arriba del escenario tiene forma de tributo, de buen nivel, hecho con precisión, con respeto, cariño, memoria, con ganas de que no se pierda nada de lo que fue. Pero tributo al fin.
Y no hay drama con eso, no hay que disfrazarlo de otra cosa. El ritual igual funciona, se enciende, contagia. Para entender de dónde viene todo esto, hay que retroceder un poco e ir unos pasos para atrás. La Kermesse nació allá por 2016, cuando Sergio Dawi, Semilla Bucciarelli y Walter Sidoti —sí, el baterista histórico de la formación más picante— se reencontraron después de años de silencio y caminos separados. A ese núcleo se les sumó Tito Fargo, que también supo poner su guitarra en la maquinaria ricotera de los primeros tiempos. Y un par de años después se incorporó Hernán Aramberri, que fue músico sesionista de Los Redondos en la última etapa, y más tarde baterista fijo de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, o sea, alguien que también estuvo en la línea de fuego. La idea era simple pero potente; juntar a algunos de los que alguna vez compartieron escenario en esa banda mítica y salir a tocar esas canciones históricas, melodías que no necesitan presentación, himnos que se saben de memoria hasta los que nunca fueron a un recital.
Y eso eso fue lo que pasó el domingo en la Sala del Museo, arrancaron con Luzbelito y desde ahí no frenaron más, uno atrás del otro, sin respirar, Amor francés, Tarea fina, Música para pastillas, Vaca cubana, Ropa sucia, Pura suerte, a una recorrida exacta por el canon ricotero que el público entendió enseguida, respondiendo con la garganta y el cuerpo. También con canto colectivo y pogo de los de antes pero con códigos actualizados, se cuida, se sostiene, se abraza, el respeto va por dentro del descontrol.
Después vinieron Pituca, Gran Lady, El pibe de los astilleros, Un ángel para tu soledad, Nuestro amo juega al esclavo, Me matan, limón, San Telmo, cada canción se cantaba como si fuera la última y ahí estuvieran los Redondos con el Indio y todo. La energía subía y bajaba y cuando sonó Etiqueta negra parecía que la la atmosfera aflojaba, pero la tocaron, Fuego fuego y volvió el trance colectivo hasta que cayó otra tanda de himnos, Vencedores vencidos, Superlógico, Preso en mi ciudad, Todo un palo, Todo preso es político, Blues del noticiero, Susanita, Puticlub, Criminal, Golpe de suerte, Efímero, y el cierre fue con Jijiji, obvio.
Me llamó la atención que a lo largo del show la organización de la Sala buscó mantener el orden en todo momento. No dejaron levantar banderas, para no tapar a los de atrás. Y tampoco permitieron que subieran personas a los hombros. Son gestos chicos, pero dicen mucho. Cuidar el espacio es también cuidar la fiesta.
Afuera, en la vereda, la Cooperativa Ricotera juntaba alimentos y abrigo sin discursos ni micrófonos, una mesa y un cartel; el gesto, lo simple, lo concreto, eso también es parte, el barrio, el compromiso, lo que no hace ruido pero sostiene.
El show duró poco más de dos horas, veintiocho temas y un repaso de hits, hecho con respeto y nostalgia ricotera. Y ese es lo que queda, la sensación de que lo que une no es tanto la búsqueda de algo nuevo, sino la memoria compartida. Y no está mal, no todo tiene que ser nuevo. Pero ver a músicos con tanta historia repetir siempre las mismas, también da para pensar si no queda una chispa ahí adentro, queriendo romper el molde. Aunque sea por el placer de tirarse al agua a ver qué pasa.
Pero no era esa la conversación al salir. La gente se fue cantando bajito, con la garganta rota y el alma como un nene contento
Eso fue lo que pasó. Y con eso, alcanza.














































