
Amartya Sen, Premio Nobel de Economía y uno de los intelectuales más lúcidos e influyentes de nuestro tiempo, considera que el divorcio entre ética y economía es una de las mayores deficiencias del análisis económico contemporáneo.
Bien vale tener en cuenta tal perspectiva para pensar algunas cuestiones y algunos señalamientos en relación al plebiscito de la reforma de la seguridad social impulsada por los trabajadores, comenzando por la equivocada consideración de que la economía es una mera ciencia positiva y que nada le debe a la filosofía y, en particular, a la ética. Se parte de la idea de que los datos económicos construyen la realidad y definen, en última instancia, toda eticidad posible (ni siquiera se llega allí a considerar el orden de lo deseable), y no al revés.
Se enfatiza, en todo caso, que los principios éticos, los sentimientos morales, no deben arruinar la lógica imperante de los modelos económicos (aunque la justificación final sea una dura falacia por apelación al emotivismo, donde se pronostica que la catástrofe caerá sobre la sociedad, indicando culpas que colocan a quienes impulsan el SÍ en el peor de los círculos del infierno de Dante).
La cuestión de lo justo es solo, así parece ser, una atávica emoción, pura subjetividad en términos de la objetiva teoría económica predominante.
En tal sentido, justamente señalaba en estos días de intensos intercambios, donde bloques dirigenciales a la izquierda y derecha del espectro político coinciden en apoyar el NO, la importancia de concebir el debate del plebiscito desde la propedéutica consideración de la justicia distributiva.
No faltó, entonces, quien hasta me llamara “terraplanista” o “filósofo” (en el entendido de la no pertinencia de la filosofía para siquiera atreverse a “opinar” sobre temas de economistas y/o en la consideración que filosofía y ética son cuestiones “esotéricas”, subjetivas, no cuantificables, que únicamente “romantizan” la realidad de los datos). Una herejía en tiempos de la religión del dataísmo y del pragmatismo miope de la racionalidad económica del “fin de la historia”.
Con la decretada muerte de las ideologías, solo nos quedan los números.
Y sacar cuentas que no generen “déficit fiscal” alguno, la teleología de los tiempos que vivimos.
¿Y la ética de la justicia distributiva, de la economía como disciplina humanista cuyo primer y último fin es el concepto de lo justo, de la vida digna, de la pública felicidad?
Igualar las jubilaciones más bajas al salario mínimo nacional, en uno de los países más costosos del mundo y con miles y miles de jubilaciones de apenas 18 mil pesos, no es primeramente un debate de teorías económicas sobre el déficit fiscal, sino de la ética de la indignación.
O sea, del motor que primeramente debe mover la economía humana, al menos en aquellas sociedades que conciban que lo justo es un valor más deseable a lo injusto en materia distributiva, en sociedades donde la vida digna no sea solo para los “malla oro” y los que “derraman” su “pública felicidad” económica hacia los desfavorecidos, en un acto de generosa voluntad que debe ser aplaudido y apoyado por políticas públicas y, claro, muchos puntos del PIB (pues la catástrofe del déficit fiscal y el aumento del IVA solo entra en juego si hablamos de jubilaciones y salarios bajos).
La economía es una disciplina normativa antes que una ciencia positiva. Una rama de la ética, llegado el caso. Que se nos haya olvidado al servicio de qué debe estar su reflexión y desarrollo establece en buena medida que tan perdidos estamos.
La ética del Sí y la economía del NO
Amartya Sen, Premio Nobel de Economía y uno de los intelectuales más lúcidos e influyentes de nuestro tiempo, considera que el divorcio entre ética y economía es una de las mayores deficiencias del análisis económico contemporáneo. (HILO) 👇
— Pablo Romero García (@Pabloromero74) September 8, 2024













































