
Canciones que golpean distinto
Junio arrancaba con ese frío tímido que no se decide, pero ya va marcando el ritmo del abrigo. Federico Golpe presentaba su disco El Pan de los Días, grabado en febrero de este 2025, en Sondor Estudios y Huba Mirrus Estudio. Ya temprano en la tarde, en las redes del propio cantautor, aparecieron los agradecimientos y el cartel de “entradas agotadas”. Señal que generaba expectativas y daba cuenta de lo que después confirmamos. Fue una presentación a sala llena.
Y sí, así fue. No quedaban asientos libres. La Sala Corchea, moderna, cálida; con una capacidad de unas 80 personas sentadas. Es un lugar ideal para bandas o proyectos que están creciendo, y apropiada para público que gusta de la escucha atenta.
A la entrada, a modo de bienvenida, se entregaba un pequeño librito con el nombre del disco (El Pan de los Días), el nombre del proyecto (GolpeQuintana), las letras de las canciones y más información sobre la banda. Un gesto cuidado, que reforzaba la idea de un show bien pensado.
El escenario se notaba algo justo. No por fallas del espacio, sino porque la banda lleva lo suyo; son varios y se nota que el armado es importante. El despliegue de instrumentos ocupaba cada rincón y eso se reflejaba en los matices del sonido, en la variedad de colores que manejan. El formato del show era algo así como un “unplugged”, sentados en sillas bajas, formando una especie de semicírculo de músicos que invitan a mirar y escuchar de cerca.
Al centro del escenario, compartiendo eje, estaban Federico Golpe Quintana —guitarra y voz— y Dani González, en viola y voces. Con una presencia que marcaba una segunda columna vertebral en el sonido de la banda. Con firmeza y sensibilidad, Dani hiló armonías, sostuvo los climas, y sumó texturas en la mayoría de las canciones.
A la derecha del escenario, Pablo Rodríguez en el bajo, con el percusionista Sebastián Serellanes justo detrás. A la izquierda, Guillermo Franco con la guitarra eléctrica, poco mas atrás, el baterista Ramiro López Calero. Una formación armónica, equilibrada, donde cada quien tenía su rol, pero la dupla central entre Federico y Dani sostenía buena parte del pulso emocional del concierto.
El arranque fue suave, con “Impro” seguida de “Meta charla”, una entrada en clima que sirvió para aflojar los hombros y empezar a poner la oreja en modo: “me dejo llevar”. Luego llegó “Enredadera”, una canción que ya parece haber encontrado su lugar entre quienes siguen el proyecto desde hace un tiempo. El tono fue creciendo con “Tali” y “Tormenta de verano”, que le dieron algo más de cuerpo al arranque.
Llegó el momento de la primera del nuevo disco. La que abrió la puerta a este nuevo viaje llamado El pan de los días: “Panaderos”. Una canción sencilla, de esas que se sostienen con poco y dicen mucho. A continuación “Ya tú sabes”, alivianando el ambiente con un guiño rítmico, algo más suelto.
En “Vienen y se van”, salieron de escena Sebastián y Pablo y el formato se redujo, dejando más aire en el escenario. Enseguida, con “Inviernos”, fue Guille quien dejó vacío el lugar y la cosa se fue quedando más íntima. La primera dedicatoria de la noche vino con “Pétalos”, que Federico presentó como un homenaje a su abuela Yolanda. Siguiendo el viaje de retiradas, llegó el turno de Dani, y su ausencia dejó en evidencia el lugar que había ocupado hasta entonces; se extrañaron esos colores cálidos al instante.
“En la mía” marcó otro cambio, Federico la interpreta en soledad sobre el escenario, abriéndole el camino, mientras las luces se apagaban, a “Y sacan fotos”, canción que arranca con una introducción grabada con la voz de Leo Maslíah. Un detalle que rompió con la estética sonora que reinaba hasta el momento.
Con “Los Balcones” la sala volvió a llenarse de imágenes. Federico contó que esa canción describe a la Ciudad Vieja, barrio donde vivió durante 14 años. En la narrativa aparecen los tambores, los inmigrantes perdidos, balcones oxidados, los rateros y los vigilantes. Una especie de crónica musical que mezcla memoria y observación con cierta melancolía contenida de su antiguo barrio.
La intensidad emocional volvió con “Entonces pierden”, dedicada al niño que fue su abuelo materno. Otra vez la familia como raíz, como ancla. Siguieron con “El taller”, y con eso se fue cerrando el cuerpo central del show.
Para el cierre, entró el coro de la murga pedrense, La Miel del Oso, desde un costado del escenario, por cuestiones de espacio. Acompañaron “Pasto y Cemento” y “Un final del mundo”, dos canciones que funcionan bien como cierre, animando al público, que se sumó a un coro generalizado en el estribillo de esta última canción. El efecto fue sencillo, sin locuras, pero suficiente como para que el aplauso final viniera con algo más que gratitud.
En total fueron 16 canciones. Un concierto cuidado, medido, que fluía con naturalidad. No fue casual que la fecha elegida coincidiera con el cumpleaños de Yolanda, la abuela de Federico. Entre canciones, se deja entrever que ese fue uno de los motores de la noche. Un concierto como homenaje, como ofrenda íntima a sus abuelos. Un motivo más que genuino para reunirse entre gente querida, en una sala pequeña, a compartir arte sin apuros.
“…Es el final, sin intención no hay trama. No hay comedia sin drama…” (estribillo de “Un final del mundo” última canción de la noche)
Afuera, el frío seguía igual. Pero había pasado algo que abriga.
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