
Presagios de ruido y redención: el vuelo de los Cuervos, el temblor de Sismo y las verdades de las Malas Lenguas
Fue el sábado 7 de junio 2025 en el UNDER Bar, en lo que supo ser el viejo TAZÚ para los nostálgicos. Vivimos una especie de aquelarre rockero con tres bandas. Cuatro Cuervos, – Orestes Mancuso y Las Malas Lenguas – y SISMO. La puerta se abrió como en los viejos tiempos, a las 22 en punto. Pero la música se hizo rogar, como debe ser. Porque todo ritual que se respete pide su pausa, su humo espeso, su ronda de cerveza y esa previa de murmullos, saludos, guiños y conspiraciones breves entre parroquianos.
La primera banda recién subió a las 22:45, y fue Cuatro Cuervos la encargada de romper el hielo. No necesitan presentación entre los habituales del circuito; son puro músculo eléctrico y poesía de baldosa mojada. El escenario, todavía con olor a historia, los recibió como a viejos conocidos. Su sonido se metió en las grietas del lugar, como si la madera y el concreto reconocieran el lenguaje. Con Kairo Herrera al frente y custodiado por músicos curtidos como Álvaro Medros, Héctor Sequeira y Daniel Dilorenzo, arrancaron arriba sin aflojarle al acelerador. Es que no hay que olvidar que estos tipos abrieron para los mismísimos Guns N’ Roses en el Centenario, allá por octubre de 2022. Es normal que no existan los nervios. Sabían lo que hacían, lo dejaron todo… y un poco más, como quien toca para saldar una deuda con la noche.
El set comenzó con “Respirar” y siguió con “Humo”, dos balazos al pecho. Kairo bajó del escenario un par de veces para sacudir la cadera, con ese gesto suyo que mezcla provocación, desparpajo y calle. Al toque demostraron que no habían ido a calentar el aire: Cuatro Cuervos salió a dejar marca con unas diez canciones al hilo, sin relleno, con peso, filo y ese groove de banda que ya tiene kilómetros de carretera. La base sonó ajustada, con cuerpo; las guitarras fueron al frente, sin pedir permiso. El público, mezcla de fieles y curiosos, entendió el código; no era noche para tibios. Aplausos, gritos, alguna birra en alto. Energía de esa que se prende sola cuando todo encaja.
Minutos después fue el turno de Orestes Mancuso y Las Malas Lenguas. Se calzaron los instrumentos con toda la actitud y soltaron una lista sólida de nueve canciones. Federico Zavadszky en la guitarra y voz, Nicolás Leguizamón en la batería, Lorena Di Gregorio en percusión y Marco Messina en el bajo; largaron con “Sleepwalk” como carta de presentación y desde ahí no levantaron el pie del acelerador. Siguieron con “Pulso”, “Palabras cruzadas” y “Conventillo”, donde el bajo marcó el paso y sostuvo el pulso con autoridad. Luego vinieron “Mentiras piadosas” y “La fogata”, manteniendo el clima firme, sin bajar la guardia. Para el final, dejaron “Sálvese quien pueda”, “RockStar”, la más coreada de la noche y una gran versión de “Marea Baja” con la que cerraron a golpetazo seco.
Una banda seria, afilada. De sonido poderoso, prolijo, sin ser frío; cada tema cayó donde tenía que caer como una ficha bien jugada. Sin rellenos, mucha entrega y buen gusto.
El cierre quedó en manos de SISMO, la banda liderada por Pablo Reyes, también organizador del “Ritual”. Desde temprano se movieron con sigilo, bancando desde abajo a las otras bandas, compartiendo algún trago con familiares y amigos, atentos a que todo saliera como debía. A las 00:40 les tocó subir al escenario y lo hicieron como quien entra en batalla. Con Santiago Mérola en el bajo, “El Negro” Daniel Martella en guitarra, Juan del Prato en batería y la reciente incorporación de Richard Sosa en la segunda guitarra, tiraron la primera piedra y siguieron. Fueron diez canciones sin sobreactuar nada. Arrancaron con “Alquimia”, “Animal” e “Invisible”, continuaron con “La Trampa”, “Ángel”, “Máquinas” y “Tren”. La octava fue “Puzzle”, y cerraron bien arriba con “Danzan” y la popular “Sangre”. El público conectó enseguida con estos veteranos, que pusieron el cuerpo y el oficio en cada canción
Mención especial para Richard Sosa, que con su guitarra con amplificación inalámbrica se metió entre la gente como si el escenario le hubiera quedado chico; tiró magias, aportó swing y un toque de color al viejo estilo. Fue un cierre a la altura. Una fiesta bien organizada, entre gente del palo y en comunidad.
Así terminó el Ritual del Rock en el UNDER-bar: un lugar con memoria, nuevo nombre pero misma alma; guitarras al frente, tres bandas distintas unidas por el mismo fuego, y una tribu que se reencontró para bancar lo que importa. Mientras haya quien diga y quien escuche, el ritual sigue en pie. Y en este suelo, eso ya es un montón.
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