
Agosto 2021
Los diferentes caminos creativos de un artista versátil
Con una larga y destacada trayectoria, el artista visual, ensayista, diseñador gráfico y docente Oscar Larroca (Montevideo, 1962), se mueve de manera notable en los campos de la creación plástica y la literaria. Su tarea como docente merece igual destaque, haciendo que el conjunto de sus actividades intelectuales, lo sitúen como una personalidad relevante en el ambiente cultural nacional. Con varios premios y galardones a lo largo de su carrera profesionalmente iniciada en 1981, la obra plástica de Larroca ha sido exhibida en varias ciudades del exterior, y sus obras literarias han sido también notorias. Como gran cinéfilo además, su libro publicado el año pasado “100 sobre 100; Ilustraciones para Cien filmes del siglo XX”, homenajea de manera estupenda esa pasión que posee por el séptimo arte, en un libro de gran porte y gráficamente bello.
Esta es la entrevista que le hicimos para este portal.
“La sobreoferta de información es abrumadora”
Háblanos acerca de tu libro del año pasado “100 sobre 100; Ilustraciones para Cien filmes del siglo XX”, en el cual relacionás dos de tus pasiones como el diseño gráfico y el cine, por medio de tus obras gráficas y la colaboración de Guillermo Zapiola al pie de cada una con una breve reseña sobre el film representado gráficamente en cada página…
Los títulos de los filmes que aparecen en este libro fueron elegidos debido a muy variadas razones: algunos, porque significaron el descubrimiento de una forma de “representar” una historia mediante un vuelco expresivo novedoso; otros, porque fueron la revelación de un universo poético oculto bajo las costuras de una aparente formalidad; y otros, por sus climas, sus estéticas visuales, sus pinceladas humorísticas o descabelladas e inocentes narraciones. Cabe agregar aquellos filmes (“buenos” o “malos”) que fueron contemplados en situaciones y estados de ánimo específicos y que, por ello, conforman el paisaje audiovisual de mi memoria. Mi idea era reinterpretar algunas escenas de estas películas en un formato que rozara el diseño gráfico. Algunas incluso podrían funcionar como afiches, si se les agrega el nombre del filme. Pero no fue esa la intención. Guillermo Zapiola aceptó de inmediato la idea de acompañar las ilustraciones con una breve reseña para cada uno de ellos. Incluso, llegamos a coincidir en la preferencia de un conjunto importante de títulos. Su participación fue muy valiosa porque “ilustra” de forma didáctica cada una de las imágenes, sobre todo si el lector desconoce la película (los actores, la metáfora evocada, etc.).
En “Después del estreno”, editado en este año, en tu tarea como recopilador, hacés una selección de textos críticos de Jorge Abbondanza, como una suerte de homenaje a su figura y altura cultural…
Con Jorge Abbondanza cultivamos un cierto aprecio que se mantuvo de forma ininterrumpida durante treinta y cinco años. Por ese motivo, en octubre del año pasado, su colega Enrique Nenón Silveira me invitó a participar en una selección de textos que reflejara el legado de Jorge como periodista cultural. De inmediato asumí la prestigiosa responsabilidad de coordinar un equipo de trabajo junto a Leandro Aguirre, Gustavo Aguilera, la correctora Martina Gancio, el corrector Mauricio Pirené y el diseñador Rodolfo Fuentes. Juntos dimos forma a estos tres volúmenes que recogen un poco más de la décima parte de las notas publicadas por su autor durante casi seis décadas, en distintos medios de prensa (El País, Arte & Diseño, Cinemateca Revista, boletines, revistas culturales, prólogos para catálogos y libros de arte, etc.). Abbondanza fue un cronista de arte de ojo afilado que no tardó mucho en convertirse en una referencia ineludible bajo su doble condición de crítico y artista visual. Logró que los hacedores culturales y los lectores estuvieran pendientes de sus valoraciones, las que podían determinar el éxito de una obra o abrir fermentales polémicas. En cierta medida, fue heredero de Arturo Despouey, Alsina Thevenet y Edgardo Cozarinsky, de quienes tomó la capacidad de síntesis y la ironía refinada. Su protagonismo como crítico de cine, de teatro y de artes visuales, arrojó luz sobre la actividad artística local durante décadas. Artistas y espectadores le debemos por igual la oportunidad de haber ido un poco “más allá” en nuestros gustos y convicciones estéticas. Considero que su mayor aporte fue, tal vez, la honestidad intelectual, puesto que sus juicios críticos iban a contracorriente de los relatos establecidos, tanto en dictadura (como cuando escribía sobre la censura en el cine o sobre artistas locales prohibidos) como en democracia (acerca de su desaprobación a la corrección política y su desaprobación a la prostitución de ciertas formas del lenguaje). Fue a contracorriente del ámbito teatral cuando defendió a la actriz Nelly Weissel en 1971, y fue a contracorriente del colectivo de artistas visuales cuando defendió a Diego Massi en 1999. En los años 70 y 80 eso le originó muchos seguidores y algunos pocos enemigos: artistas molestos con sus juicios, intendentes de la dictadura que exigían explicaciones al medio de prensa, o distribuidores cinematográficos que pedían su cabeza.
En 2007 editaste el libro “La suspensión del tiempo”, que, como dice el complemento de su título es un “acercamiento a la filosofía de Manuel Espínola Gómez”, y últimamente fuiste curador de “El mirador cavante (1921-2003)”, una muestra sobre él, con motivo de los cien años de su nacimiento, ¿cuán importante ha sido su influencia, en tu propia carrera artística?
Tuve conocimiento de la existencia de Espínola en 1981, al leer las bases de un concurso de artes visuales organizado por Cinemateca Uruguaya. Cinco años más tarde, la censura explícita a una exposición de mi autoría, decretada por el intendente municipal Jorge Luis Elizalde, nos convirtió en protagonistas involuntarios de un hecho político inesperado. Espínola nunca tuvo un pensamiento articulado, motivo por el cual casi siempre navegó entre una postura heroica y una orientación intelectual romántica con ciertos visos de anacronismo. No se identificó jamás con los cánones momificados de la academia formalista (con sus homilías sobre el cuadro de caballete) ni con los postulados hegemónicos de las vanguardias (con sus soflamas rupturistas en favor del arte institucional). Su influencia, su legado, tienen que ver con la defensa a ultranza de la cultura, así como de las pulsiones interiores e intransferibles de cada artista que se precie como tal. Con motivo de esas influencias, y a modo de deuda y homenaje, solicité en el Museo Nacional de Artes Visuales una fecha para hacer una muestra retrospectiva. La pedí en el año 2016, estando Enrique Aguerre como director en el museo. La fuimos postergando porque se trataba de un proyecto gigantesco, hasta que Enrique me propone hacerla en el centenario del nacimiento de Espínola: año 2021. Me pareció bien, una cifra redonda. De modo que seguimos adelante y conseguimos algunos patrocinadores privados. Ahora inaugurada, espero que arroje un poco de luz sobre esta comarca ondulada tan suya, y entusiasme a colegas y aficionados en este celeste —y ocasionalmente amargo— sendero iluminado por “las doradas lunas de Cuneo y sus nubes como cachos de macroscópicas naranjas” (como él mismo decía).
¿Cómo te das cuenta cuando tu creación gráfica está terminada, y está lista para decir y representar aquello que querés a través de ella sobre determinado tema? ¿Se termina en algún momento, o siempre te queda la sensación de que podrías haberle agregado o quitado algo?
Es un lugar común decir que una obra “nunca está terminada” y que es el propio autor quien la abandona. Hay un poco de verdad en eso. Una vez “finalizada” esa obra, y pasado algún tiempo, es posible encontrar “errores” o situaciones imprevistas que no se percibieron anteriormente. Me ha pasado muy a menudo. A veces corrijo si me lo permite la técnica y otras veces no intervengo.
¿Cómo ves el panorama actual de artistas plásticos o visuales en Uruguay? ¿Hay artistas locales que te hayan interesado últimamente?
Cada nueva generación de artistas siempre tiene referentes valiosos que se nutren de la obra de sus antecesores. Ellos también arrojan una nueva mirada sobre el hecho artístico y colaboran en la circulación de sentido, logrando un diálogo fecundo con sus mayores. A los ya consagrados Marcelo Legrand y Rita Fischer (solamente para nombrar a dos artistas contemporáneos que me interesan particularmente) hay varios jóvenes que están trabajando con solvencia y refinamiento, como Elián Stolarsky. Pero son varios; si comienzo a nombrarlos dejaría a varios afuera de un listado caprichoso y sería injusto.
Volviendo al pasado más lejano, fuiste notoriamente conocido siendo muy joven, por una censura que sufriste por parte del intendente de Montevideo de entonces, por una muestra de tu autoría, en 1986, ya en democracia, ¿cómo has sobrellevado ese hecho y cómo lo ves hoy, 35 años después?
Mucho se ha escrito sobre ese episodio en el que participaron varias figuras de la política y la cultura locales. En su momento la censura a mis obras fue muy angustiante (tenía además 23 años de edad), pero con el paso del tiempo lo fui sublimando de otra forma. De hecho, creo que fue el puntapié inicial para que comenzara a estudiar a fondo –por lo menos de forma rudimentaria y no académica- los conflictos de la imagen y los distintos modos de su representación, y hasta qué punto es válida la literalidad evocada por el artista o una metáfora mal interpretada por parte del espectador. Todos estos temas, aunque no los únicos por supuesto, hacen a la problemática de las artes visuales, desde siempre.
¿Considerás que en general, los artistas no se interesan o involucran en demasía en otras disciplinas artísticas que no sea la propia que realizan? Lo relaciono con tu libro “El día que Pink Floyd (no) se cruzó con Peter Greenaway” (2019)…
Es posible que haya artistas de diversas disciplinas que no cruzan el espacio de su profesión. El famoso “espacio estanco”. De todos modos, hay algunos creadores y aficionados que intentan consumir obras de arte de cualquier otra procedencia; e incluso incorporar otros espacios de producción simbólica a los suyos propios. En ese libro comento, precisamente, que existe un conjunto considerable de cineastas que producen sus filmes con referencias al arte visual, y algunos músicos trabajan con propiedades vinculadas a la dramaturgia, fusionando diferentes espacios y géneros que acreditan, ocasionalmente, concordancias en el proceso creativo. Entre varios creadores que comparten la preocupación por trasponer los márgenes de su disciplina, elegí la obra musical Atom Heart Mother (1970), de la banda británica Pink Floyd, y el filme The Cook, the Thief, his Wife & her Lover (1989), del cineasta británico Peter Greenaway. Ambos artistas —el cineasta y la banda— operan en el conflicto mismo que supone el transitar de un espacio hacia otro. Todo esto tiene que ver con la teoría de “arte total” y su investigación, promovida a mediados del siglo XIX en Europa y continuada en alguna medida por las vanguardias históricas durante las primeras décadas del siglo pasado. Pero en los hechos, es como vos decías: en general hay más espacios estancos que espacios de interés recíproco o de cruces.
¿Qué opinás sobre la crítica de arte actual en Uruguay?
Es muy distinta a la ejercida en otros tiempos. Eso no es necesariamente bueno ni malo. También es cierto que los medios de prensa convencionales (diarios, semanarios, revistas) han reducido los espacios dedicados a la crítica especializada en arte. Como contrapartida, hay múltiples plataformas de difusión que podrían haber tomado esa posta, pero el público se rige por un consumo mucho más inmediato que hace unos años atrás. La sobreoferta de información es abrumadora, y eso también conspira con el consumo pausado que exige una buena crítica de arte. Después están las escuelas de formación en periodismo, pero eso es otro tema, tan lastimoso como los anteriores.
¿Qué es lo que más te gusta o estimula de tu trabajo como docente?
Ver el progreso en el desarrollo de un alumno dedicado a la expresión por el arte; si por “desarrollo” entendemos la búsqueda de una voz propia y no la de un academicismo adocenado. Todo esto es sumamente complejo, pero es imprescindible de que así sea.
Sos co-director de la que, tengo entendido, es la única revista de arte en Uruguay, como lo es La Pupila, ¿cómo es y sigue siendo esa experiencia?
Es una experiencia edificante, para quienes la producimos y espero que también para los lectores. La pupila, de distribución gratuita, nació con la intención de ser un medio que refleje las complejidades, las contradicciones y los valores existentes en el campo referido. Pretende internarse en los temas que determinan nuestra realidad y que cuestione a los protagonistas con la intención de crear un clima de fermental discusión. Ya contamos con una experiencia de trece años de edición (un récord para la historia de las publicaciones uruguayas referidas a las artes visuales) y 58 números (un total de 116.000 ejemplares distribuidos en todo el país). Creemos haber conformado, junto con Gerardo Mantero, un público que la espera, la colecciona, la discute y la estudia. Si no fuera por el “combustible” de esa recepción, la revista no hubiera continuado su derrotero.
Sos además, coeditor del portal cultural eXtramuros, de qué se trata este espacio virtual?
Poco pude aportar como editor de Extramuros, dado el enorme trabajo que me demandó la producción de la retrospectiva de Espínola Gómez durante los últimos quince meses. Allí escriben, entre otros académicos sumamente valiosos, Aldo Mazzucchelli, Alma Bolón, Fernando Andacht… Se ha invitado a distintas profesionales, artistas, escritores, músicos y periodistas como Gonzalo Curbelo Dematteis, Santiago Tavella, etc.. Extramuros pretende ser un espacio de reflexión e intercambio y alejado de cualquier relato hegemónico o preestablecido. En el último año, el interés de esta revista digital estuvo dedicado a la Pandemia de la Covid-19 y a las implicancias laterales que se desprenden de este episodio planetario, en el cual confluyen aspectos de interés ético y económico.
¿Cómo y en qué medida sentís que afectó la pandemia la realización y difusión de actividades artísticas?
La pandemia provocó un “parate” de actividades en todo el planeta y una obstaculización que impidió el acercamiento entre artistas y público. No estoy diciendo nada novedoso porque fue un hecho que nos convocó a todos como tristes protagonistas de una realidad adversa. Yo espero que la incertidumbre a propósito de las nuevas cepas del virus, y, sobre todo, lo que tiene que ver con las manipulaciones, no hayan llegado para quedarse.
¿Podrías contarnos acerca de algún proyecto artístico y cultural que tengas planeado a futuro?
A esa pregunta siempre respondo de igual manera diciendo que “no tengo proyectos en mente”, pero luego se presentan oportunidades y compromisos que caen “solos”, sin que los vaya a buscar. En los últimos seis años expuse en Viena, publiqué cinco libros (Bisagras y simulacros, Gráfica ilustrada, El día que Peter Greenaway…100 sobre 100, Después del estreno –como compilador-), trabajé en los dibujos de animación para una película (Sangre de campeones), continúo con el ejercicio militante de La Pupila y fui el curador de la reciente muestra retrospectiva de Espínola Gómez. Si reitero la frase “no tengo proyectos en mente” es posible que pase cualquier otra cosa que suspenda mis intenciones de un descanso parcial.
Imagen portada: cedida por el entrevistado






























