
RATA BLANCA de nuevo en Montevideo – De los Metal Fest al Metro
Rata Blanca volvió a Montevideo el sábado 5 de setiembre 2026. Teatro Metro agotado, 16 canciones y casi cuatro décadas de historia. Para mí también fue un regreso: hacía veinte años que los había visto por primera vez y, mientras avanzaba el recital, se mezclaron un montón de cosas.
Llegué al Centro cerca de las ocho. Frío, alguna llovizna y varias vueltas hasta conseguir dónde dejar el auto. Quedó a unas cuatro cuadras del Teatro Metro y caminé desde ahí. Era mi primera vez en el Metro. Llegaba acreditado para cubrir el recital y me ubicaron en la platea baja, hacia la izquierda, más o menos a mitad de sala.
El teatro tiene algo. Las butacas, la decoración, la estructura: todavía se reconoce al viejo cine montevideano. Fue inaugurado en 1936 como Cine Teatro Metro y conserva buena parte de aquella arquitectura. Recién escribiendo esta crónica encontré una coincidencia: en 2006 el Metro comenzaba una nueva etapa como teatro. Ese mismo año yo veía a Rata Blanca por primera vez.
La sala seguía llenándose. A dos butacas de mí se acomodó Matías Rada junto a su compañera. Cada tanto alguien se acercaba a saludarlo por la reciente muerte de su padre, el gran Negro Rada. Las entradas estaban agotadas desde principios de semana.
Y antes de Rata estaba El Asilo de la Bestia. Para mí no era simplemente “la banda soporte”. Los conozco, es una banda que me gusta y tenía ganas de verlos en un lugar como el Metro y frente a un público que, mayoritariamente, había ido a esperar otra cosa.
Ahí estaban Leonardo Borges en el bajo, Edgardo Olivera y Lorena Marz en guitarras, Nicolas Margni y Esteban Lafargue en batería y percusión, Eugenia Bonilla en la voz y Joy Amorín en teclados. Una banda nunca termina de acomodarse del todo dentro de una etiqueta. Hay metal, hard rock, melodía, momentos oscuros y una búsqueda propia que se reconoce. Y adelante está Eugenia, con una voz que puede ir de lo melódico a algo mucho más áspero y potente sin perder identidad.
Pero esa noche hubo además otra sensación. Más allá de disfrutarlos, sentí una especie de orgullo al verlos ahí. Una banda uruguaya que uno conoce y viene siguiendo, ocupando escenarios cada vez más importantes, compartiendo cartel con nombres de otro peso y viajando, de a poco pero en serio, hacia esas grandes ligas que muchas veces parecen lejanas para las bandas de acá.
El set fue corto: una introducción instrumental y luego “Helada”, “Volveré”, “La reina del olvido”, “Marinero de luces”, “Enemigos”, “El asilo de la bestia” y “Un lugar en el silencio”. Los disfruté. Y también disfruté verlos dando otro paso.
Y se apagaron nuevamente las luces.
La primera vez que vi a Rata Blanca había sido el 9 de junio de 2006, en el Teatro de Verano, durante el Montevideo Metal Fest I, junto a Dr. Rocka y Rey Toro. Ya estaban en aquel repertorio algunas canciones que volvería a escuchar veinte años después: “Sólo para amarte”, “Volviendo a casa”, “La canción del guerrero” y “Aún estás en mis sueños”.
Un año después los vi otra vez. 21 de abril de 2007. Velódromo Municipal. Montevideo Metal Fest II. Narval, Radical, Rey Toro, Rata Blanca y Sepultura.
Pero de aquella noche no me quedó solamente el cartel. Recuerdo la fila bajo la llovizna y encontrarme ahí con mi amigo Rogelio. Hacía pocos meses que habíamos terminado nuestra propia banda. Se llamaba MORBO. Habíamos cumplido ese sueño adolescente de juntarnos, ensayar, tocar y tratar de sostener un proyecto propio. Duró poco, pero existió.
Por eso, casi veinte años después, volvió esa imagen: dos amigos que acababan de dejar su banda haciendo cola bajo la lluvia para entrar a ver a Rata Blanca y Sepultura. No recuerdo qué hablamos. Sí recuerdo la lluvia, la fila y a Rogelio en la fila.
Hay además otra coincidencia. En aquel Metal Fest estaban Rata Blanca y Sepultura. Diecinueve años después vuelven a pasar por Montevideo con pocas semanas de diferencia: Rata el 5 de setiembre y Sepultura el próximo 2 de octubre, dentro de su gira de despedida.
A veces uno busca una fecha y termina encontrando un recuerdo.
Las ratas toman la ciudad
Antes de que apareciera un solo músico, la pantalla del Metro tomó el protagonismo. Ratas blancas avanzando por la ciudad, saliendo a las calles, multiplicándose y acercándose al lugar del show. Es la pieza audiovisual con la que la banda viene abriendo sus conciertos en esta gira, una especie de pequeño prólogo antes de que empiece a sonar la primera guitarra.
En el Metro funcionó perfecto: las ratas terminaron su recorrido, apareció la banda y arrancó “Hijos de la tempestad”. Me gustó que fuera así, una banda con semejante catálogo podría entrar directamente con cualquiera de esos clásicos que sabe que van a funcionar. Pero no lo hizo. Empezó con una canción nueva, parte del material publicado en 2024 junto con “Rock es rock!” y “Cuando sane tu corazón”.
Después sí llegaron “Sólo para amarte” y “Volviendo a casa”. La formación actual —Walter Giardino en guitarra, Adrián Barilari en voz, Danilo Moschen en teclados, Alan Fritzler en batería y Juan Pablo Massanisso en bajo— sostiene con mucha solvencia un repertorio construido durante casi cuarenta años.
Y hay detalles que hacen una diferencia enorme. El doble bombo de Fritzler empuja la base con una contundencia tremenda, sin comerse al resto de la banda. Es ese motor que aparece por debajo y le devuelve a las canciones todo el peso del heavy.
También me llamó especialmente la atención Danilo Moschen. No solamente por los teclados, fundamentales en el sonido de Rata, sino por algo mucho más fino: su coro grave apoyando los agudos de Barilari. Mientras Adrián se va hacia arriba, Moschen se acomoda por debajo y le da cuerpo a la voz principal. Agudo arriba, grave abajo. Un complemento exquisito.
Y después está Walter. Giardino sigue impresionando por el fraseo, la precisión, el sonido y esa mezcla de hard rock y técnica neoclásica que hace que unas pocas notas alcancen para reconocerlo. “Hombre de hielo”, “La canción del guerrero” y “Ángeles de acero” dejaron espacio suficiente para comprobarlo. Después llegaron “Talismán”, “Rock es rock!”, “El círculo de fuego” y “Días duros”.
La voz sigue ahí
Adrián Barilari tiene 66 años. Pongo el número porque escuchándolo cantar sorprende. No porque “cante bien para su edad”. No. Canta bien. Punto.
Para mí fue el gran dato del recital. Potencia, registro, control y esos agudos que forman parte del ADN de Rata Blanca. Y ahí vuelve a aparecer ese coro grave de Moschen, sosteniendo desde abajo y haciendo todavía más grande la voz principal.
Tampoco vi a un cantante tratando de sobrevivir a sus propias canciones, esquivando las partes complicadas o entregando los estribillos al público. Barilari canta.
Yo lo había escuchado en 2006. Después en 2007. Casi veinte años más tarde aquella voz seguía ahí. Es un crack.
Después de “Días duros” llegó la inevitable “Mujer amante”. Puede gustar más o menos, pero hace mucho dejó de ser solamente una canción de heavy metal. La conoce gente que probablemente nunca escuchó un disco entero de Rata Blanca. Y Barilari todavía puede defenderla.
Siguieron “Guerrero del arco iris”, “El reino olvidado” y “Rock and Roll Hotel”. Para el final quedaron “Aún estás en mis sueños” —que cuando la escuché en 2006 era prácticamente nueva— y “La leyenda del hada y el mago”.
Fueron 16 canciones recorriendo varias décadas. Pero nunca lo sentí como una visita al museo. Las canciones seguían funcionando.
Veinte años después
Cuando vi a Rata Blanca por primera vez todavía comprábamos discos. YouTube recién empezaba. Spotify no existía. Después vino 2007: el Velódromo, la lluvia, Rata Blanca y Sepultura, Rogelio y MORBO.
Quizás por eso los recitales nunca quedan guardados solamente por el setlist. Quedan por quién estaba al lado, dónde estabas y qué estabas haciendo con tu vida. MORBO duró poco, pero fue nuestro intento de hacer aquello que admirábamos desde abajo del escenario.
Veinte años después, sentado en el Metro, algo de todo eso volvió. Cambió la formación de Rata Blanca, cambió la industria, cambió la manera de escuchar música y, obviamente, cambió también el que escribe esto.
Pero Walter Giardino sigue siendo un guitarrista extraordinario. El doble bombo empuja. Moschen construye desde los teclados y desde esa voz grave que se mezcla exquisitamente Y Adrián Barilari sigue cantando. Aunque “sigue cantando” no alcanza. Puede sonar a resistencia, a alguien que todavía consigue mantenerse arriba de un escenario. No estoy hablando de eso. Sigue cantando como Barilari.
Cuando terminó “La leyenda del hada y el mago” terminó también mi tercera noche frente a Rata Blanca. La primera fue en 2006, la segunda en 2007 y la tercera en 2026.
El tiempo hizo lo suyo entre una y otra. Cambiaron muchas cosas, pero la voz de Barilari parece haberse quedado en otro reloj. Veinte años después, esa fue una de las grandes certezas de la noche.
Qué crack.
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