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Los dueños del mundo – Eduardo Sacheri
Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) es un escritor argentino que ha alcanzado notoriedad y reconocimiento a partir de varias de sus novelas. La más conocida es, sin duda, “La pregunta de sus ojos”, llevada al cine por Juan José Campanella con el título “El secreto de sus ojos”.
Recorriendo librerías en Buenos Aires —donde, en mi caso, comprar libros es un ejercicio que me tomo con cierto rigor— escogí “Los dueños del mundo”, de Eduardo Sacheri, en una edición publicada por Alfaguara.
Lo abordé con entusiasmo. Pensé que iba a encontrar una narración capaz de devolverme a ciertos territorios de la infancia donde habitaran las travesuras, los códigos entre amigos, el barrio, esa sensación de libertad que tuvimos quienes crecimos cuando la calle todavía era una extensión natural de la casa.
Creí también que, más allá de su componente autobiográfico, Sacheri conseguiría que esas experiencias privadas trascendieran su propia memoria y se convirtieran en literatura. Que sus recuerdos terminarían siendo, de alguna manera, también los nuestros.
Pero no me sucedió.
Encontré relatos simples y lineales, anécdotas que posiblemente resulten entrañables para quienes compartieron la vida del autor, para sus hijos, familiares o amigos, pero que en mi caso no consiguieron atravesar esa frontera difícil que separa el recuerdo personal de una experiencia literaria universal.
Temo decirlo pero me aburrí enormemente.
Y no abandoné el libro porque seguí esperando. Una historia más. Una página más. Algún relato que finalmente justificara mi elección y me reconciliara con la lectura.
No ocurrió.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿este mismo libro habría despertado el interés de una editorial importante si hubiera llegado firmado por un escritor desconocido?
Tengo mis dudas.
Es precisamente en estos casos cuando uno sospecha que el nombre del autor puede terminar pesando más que el relato. Y me decepciona particularmente tratándose de Alfaguara, una editorial que considero buena y de la que, justamente por eso, espero rigor en sus elecciones.
Perdí dinero, sí. Pero sobre todo perdí tiempo, que a esta altura de mi vida considero infinitamente más valioso.
Y hay otra consecuencia, quizá injusta pero inevitable pues difícilmente vuelva a escoger un libro de Sacheri. No por resentimiento —sería absurdo— sino porque cada lectura construye o destruye confianza. Frente a la extraordinaria cantidad de autores y libros que esperan ser descubiertos, una mala experiencia pesa en la próxima elección.
Me quedé, además, con las ganas de subrayar una frase que me llegara al alma, una observación que me conmoviera o una idea que quisiera conservar. Lo único que terminé marcando fueron algunos dichos populares que, curiosamente, también utilizamos de este lado del Río de la Plata.
Como diría Marcelo Polino: una decepción.
Ahora enfrento un último problema, bastante menos literario pero absolutamente concreto ya que el libro ocupa un lugar en mi biblioteca y el espacio disponible es cada vez más escaso.
Tal vez haya llegado el momento de buscarle un nuevo destinatario.
Quién sabe.
Quizás “Los dueños del mundo” encuentre en otra biblioteca al lector que conmigo no encontró.