Alejo Carpentier termina su ensayo De lo real maravilloso americano (en Alejo Carpentier. Ensayos, Editorial Letras Cubanas, 1984) con estas palabras: “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”. La misma pregunta con que termina el Prólogo a su clásica novela El Reino de este mundo (1949). Pocas veces una descripción de América fue más afortunada que esta pregunta. La respuesta se encuentra en la propia novela y Haití es su centro histórico-mitológico, señalando nuevos senderos narrativos para la novela histórica en el continente, pues la historia, la inventada y no inventada, se impregna de la estética de la poesía. Lo vivimos años después con Pedro Páramo (1955), El siglo de las luces (1962), Cien años de soledad (1967). El concepto real maravilloso Carpentier lo encuentra en Haití: “Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución”. El texto citado debe ser cotejado con el texto anterior, donde Carpentier describe el surrealismo europeo y su invención de una realidad mágica: “De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento -como lo hicieron los surrealistas durante tantos años- nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica “arreglada”, ciertos elogios de la locura, de los que hoy estamos muy de vuelta”. En América Latina se le llamó realismo mágico a esta artimaña literaria surrealista, término que el crítico de arte alemán, Franz Roth, dio a conocer en 1924 o 1925..
Con todo, esta crónica de lo real maravilloso que es la historia de América, si bien es cierto abre la novela histórica latinoamericana a nuevas manifestaciones estéticas con El reino de este mundo, tiene notorios antecedentes en el continente, de aventureros, conquistadores, comentaristas e historiadores de la conquista, cuyos relatos describen no una realidad inventada, sino una realidad maravillosa y natural que no necesita ser inventada para ser sorprendente. Antonio Pigafetta, por ejemplo, compañero de Hernando de Magallanes, en su crónica Primer Viaje alrededor del Globo (Civiliter, Sevilla, 2012), en su paso por América meridional, relata con asombrosa naturalidad: “Hemos visto aves de diferentes especies: algunas parecía que no tenían cola; otras no hacen nidos, porque carecen de patas; pero la hembra pone e incuba sus huevos sobre el lomo del macho en medio del mar”.
Y algunas páginas más adelante, describe unos cerdos “que tenían el ombligo en el lomo, y unas aves grandes cuyo pico semeja una espátula, pero que no tienen lengua”. La narración de Pigafetta responde a la pregunta de Carpentier en un diálogo intertextual, que reúne a dos viajeros con siglos separados por la Historia. Así relata el navegante italiano el engendro de animal que vio: “Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita”. En su discurso La Soledad de América Latina, pronunciado en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez se refiere al relato de Pigafetta con estas palabras: “una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación”.
Y Cristóbal Colón en su Cuarto Viaje cuenta que vio “Gallinas, muy grandes y la pluma como lana” (citamos por el libro Exploradores y Conquistadores de las Indias, Biblioteca Literaria del Estudiante, Madrid, 1922). El Padre Las Casas, por su parte, en su obra Historia de las Indias, relata la Expedición de Per Alonso y Cristóbal Guerra, que esta columna recoge del citado texto Exploradores y Conquistadores de las Indias: “Vieron ellos también, y yo después, que acostumbran los hombres traer en la boca cierta hierba todo el día mascando la que, teniendo los dientes blanquísimos comúnmente, se les pone una costra en ellos más negra que la más negra azabaja que puede ser; traen esta hierba en la boca por sanidad y fuerzas, y mantenimiento, según yo entendido tengo […]”. La creencia que esta gente tiene acerca del origen de su “fuerza, sanidad y mantenimiento”, no es diferente en su espíritu mítico, de la que Carpentier narra en su obra respecto de la aparición y muerte de Mackandal: “Mackandal avanzaba hacia el centro de la plaza. Los amos interrogaron las caras de sus esclavos con la mirada. Pero los negros mostraban una despechante indiferencia. ¿Qué saben los blancos de cosas de negros? Una pregunta inquietante cuya significación trasciende la propia pregunta porque […] Mackandal había sido mosca, ciempié, falena, comején, tarántula, vaquita de San Antón y hasta cocuyo de grandes luces verdes”. La muerte del mandinga no confirma más que su Ser y Hacer más allá de la comprensión de los seres humanos: “Mackandal había cumplido su promesa, permaneciendo en el reino de este mundo. Una vez más eran burlados los blancos por los Altos Poderes de la Otra Orilla”.
Sin duda, Carpentier se encuentra lejos de una fantasía inventada a la moda europea, “de lo maravilloso invocado en el descreimiento”, como lo dice en el Prólogo. Dejar el modelo europeo, con todo, es una idea que el autor ya había expresado claramente en su artículo América ante la joven literatura europea publicado el 28 de junio de 1931 en la revista Carteles: “En América Latina, el entusiasmo por las cosas de Europa ha dado origen a cierto espíritu de imitación, que ha tenido la deplorable consecuencia de retrasar en muchos lustros nuestras expresiones vernáculas (hace tiempo ya que Unamuno señalaba este mal)” (Citamos por De lo real maravilloso americano en Alejo Carpentier. Ensayos).
Y estamos en 1931. Por eso no deja de sorprender que incluso en nuestros días, cuando aparece el tema en la academia o prensa especializada, se siga hablando en muchas ocasiones de realismo mágico, como si el reino de este mundo estuviese en otro mundo que para Ser, debe inventarse, cuando América es un depósito inacabable de relatos maravillosos que conviven naturalmente con la realidad, formando parte de ella desde el mito, las creencias y la religión. Como en el pasado lejano y no tan lejano.
Pero no es solo el mito que asume su rol de existencia real maravillosa, en la que creencia y fe se encuentran en el Ser de la población nativa, también lo es la propia naturaleza imposible de ser retratada por un pintor que no haya vivido y sentido su fuerza, su color, su majestuosidad. Alejo Carpentier lo señala en el citado ensayo De lo real maravilloso americano: “[…] cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. Y tuvo que ser un pintor de América, “el cubano Wilfredo Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación tropical […]”. Una naturaleza que suele también aterrorizar.
El historiador y geógrafo español, Dioniosio de Alsedo Herrera (1690-1777), Presidente de la Real Audiencia de Quito y Gobernador de Panamá, relata la diferencia del horror de los trapecistas que vuelan del teatro a los aposentos y el horror de quienes cruzan un puente dentro de una caja llamada Tarabita, construida artesanalmente y que cruza un caudaloso río. El hombre, amarrado por la cintura dentro de la caja que es tirada a galope por un caballo estrenado, cruza a la otra orilla del río. Los tarabiteros aconsejan no mirar el río pues, “toda la diferencia del horror consiste en que si se echa la vista a la caída de ésta desde lo alto, se ve un patio lleno de gente, y allí, unos ríos que se precipitan de la sierra con arrebatadas corrientes, arrastrando piedras que se van golpeando unas con otras, haciendo estrépito que atemoriza, y árboles con las ramas, troncos y raíces arrancados de las riberas por donde han pasado, que van voltegeando y haciendo remolinos que dan espanto y temor, y turban las vistas y las cabezas”. (Citamos por el texto Exploradores y Conquistadores de las Indias). Es uno de los tropiezos para llegar a Quito, agrega el historiador.
Alejo Carpentier, el cronista de América, también describe minuciosamente esta naturaleza perturbadora y amenazante del reino de este mundo. De su ensayo Visión de América, una aventura poética sobre la formidable naturaleza que representa la Gran Sabana latinoamericana: “LLEVAMOS MÁS DE UNA HORA VOLANDO SOBRE LA SELVA del alto Caroni”. Así comienza el ensayo. Algo más de una página de su narración nos encontramos con este pasaje: “Imaginad un haz de tubos de órganos, de unos cuatrocientos metros de alto, que hubiesen sido atados, soldados y plantados verticalmente en un basamento de guijarros, como un monumento aislado, como una fortaleza lunar, en el centro de la primera planicie que aparece al cabo de tanta y tanta selva”. Y Carpentier nos dice en su ensayo Lo barroco y lo maravilloso: “Lo extraordinario no es bello ni hermoso por fuerza. Ni es bello ni feo; es más que nada asombroso por lo insólito. Todo lo insólito, todo lo asombroso, todo lo que sale de las normas establecidas es maravilloso”.
En otro texto que también forma parte del libro Alejo Carpentier. Ensayos, el autor reproduce la frase de Bernal Díaz del Castillo al contemplar la ciudad de México: “Todos nos quedamos asombrados y dijimos que esas tierras, templos y lagos se parecían a los encantamientos de que habla el Amadís” (Lo barroco y lo real maravilloso). Pero no era un encantamiento. Ni tampoco el Amadís de Gaula. Era Tenochtitlan, hoy ciudad de México, la ciudad que asombró al mundo europeo. “Todo lo insólito es maravilloso”, señala Carpentier. Y una página después en el mismo ensayo que recién comentamos: “Lo real maravilloso, en cambio, que yo defiendo, y es lo real maravilloso nuestro, es el que encontramos al estado bruto, latente, omnipresente en todo lo latinoamericano”.
Para Alejo Carpentier el reino de este mundo sí está en este mundo. Ese mundo insólito con el que el que vivimos a diario, y lo sentimos tan rutinario que nos olvidamos de lo sorprendente que es. Ese mundo plagado de acontecimientos extraordinarios que confunden a la propia realidad, no solo por la acción de sus hombres sino también por su naturaleza hermosa, agreste y fantasmagórica. “La concepción de una novela parte siempre para mí, de un hecho real que me haya impresionado de alguna manera”, nos dice el autor en Habla Alejo Carpentier (Recopilación de textos sobre Alejo Carpentier, Casa de Las Américas, 1977). Y una página después nos dice: “Toda novela es forzosamente un tanto autobiográfica, puesto que parte de experiencias personales”. Con todo, su obra novelística es una revolución de las formas narrativas de la novela histórica en nuestro continente. La historia deja de ser el relato frío que es, impertérrito ante la realidad que describe y se impregna de un lenguaje lúdico y metafórico que la confunde con la literatura.
Después de todo, los hombres han actuado de manera semejante ante hechos similares, como el propio Carpentier lo plantea en Habla Alejo Carpentier: “En cuanto a lo histórico diré que creo de tal manera en la persistencia de ciertas constantes humanas que no veo inconveniente en situar una acción en cualquier momento del pasado puesto que los hombres en todas las épocas han tenido reacciones semejantes ante ciertos acontecimientos”. El reino de este mundo es un claro ejemplo de lo que comentamos. Historia y literatura dialogan osmóticamente en un proceso continuo de creación poética, en donde hasta los personajes secundarios se encuentran en los registros de los libros de historia al lado de los poderes teriantrópicos de Mackandal: ”Porque es menester advertir que el relato que va a leerse ha sido establecido sobre una documentación extremadamente rigurosa que no solamente respeta la verdad histórica de los acontecimientos, los nombres de personajes –incluso secundarios-, de lugares y hasta de calles, sino que oculta bajo su aparente intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de cronologías […], todo resulta maravilloso en una historia imposible de situarse en Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación, en los manuales escolares” (Prólogo).
Para algunos estudiosos de la obra, como Emir Rodríguez Monegal, por ejemplo, el personaje Ti Noel se yergue como el personaje central de la historia, puesto que la historia de la novela termina por asumir su punto de vista: “La narración ha terminado por asumir totalmente el punto de vista del testigo privilegiado, del imaginario Ti Noel” (Lo real y lo maravilloso en El reino de este mundo en Asedios a Carpentier, Editorial Universitaria, 1972). Sin embargo, es el propio Carpentier el que declara que su obra tiene un personaje colectivo, a diferencia de sus otras novelas donde sí se encuentra el clásico protagonista: “Me sería difícil decir cuál de mis novelas prefiero. En realidad, cada una de ellas plantea un distinto problema de enfoque, de forma, de ejecución: relato de acontecimientos colectivos, en El reino de este mundo, novela sin personaje central” (Habla Alejo Carpentier).
Es que los distintos episodios históricos que relata la novela, desde el levantamiento de esclavos (1791) y la abolición de la esclavitud (1793), hasta la caída del imperio del rey Christopher, están enmarcados por lo real maravilloso de la narración que se nutre del mito y de la tradición. Que se nutre de la fe incontenible de los negros en los poderes sobrenaturales de sus líderes, al punto de producir un levantamiento de esclavos y la propia abolición de la esclavitud.
Leer a Alejo Carpentier es asumir la lectura de un americanismo que reverbera en la conciencia de sus lectores, y la ilumina no solo de un pasado que puede ser nada más que pura historia fría y metódica, sino de una esencialidad que yace en esa historia impregnada de mito y poesía, y la hace literatura. Es lo real maravilloso que, con certeza, sorprendió a los conquistadores europeos tanto como el propio discurso La Soledad de América Latina debió sorprenderlos en pleno siglo XX.
Sí, el reino de este mundo sí está en este mundo, aquí, en América.













































