un mundo feliz

John el Salvaje: el personaje shakesperiano de Un Mundo Feliz

Uno de los aspectos apasionantes de la literatura y de las artes en general, es su carácter lúdico que se presenta de diversas formas. Una de estas formas es el diálogo entre las obras literarias que suelen conversar ajenas al tiempo y al espacio en que fueron creadas. Otras veces, los personajes de una obra literaria hablan con las palabras de otros personajes, de otras obras, de otros tiempos y hasta de otros géneros literarios, haciendo de la literatura ese universo intemporal y lúdico donde autores y libros se confunden en una relación simbólica que no tiene ni comienzo ni fin. En El tamaño de mi esperanza, Editorial Proa, Buenos Aires, 1926, el joven Jorge Luis Borges escribía: “toda aventura individual enriquece el orden de todos y el tiempo legaliza innovaciones y les otorga virtud significativa”. De este modo, la literatura será el encuentro de todos los autores o, mejor todavía, de todos los hombres y, por lo mismo, es impersonal. La relación entre las obras de Shakespeare y Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, responde a esa impersonalidad borgiana, en la que “toda aventura individual enriquece el orden de todos”. Y John el Salvaje, personaje notable de Un Mundo Feliz toma al pie de la letra esta aventura individual borgiana y “enriquece el orden de todos”. Es un gran lector de Shakespeare en una sociedad que ha destruido no solo la literatura, sino la familia, la cultura, la ciencia, la religión, la filosofía y el amor. Una sociedad avanzada tecnológicamente y libre sexualmente. Conoceremos algo más de John el Salvaje y su acabada comprensión de las obras shakesperianas.

La mirada de Huxley a Shakespeare comienza en el propio título de la novela en lengua inglesa: Brave New World, que encontramos en el Acto V de La Tempestad: “Oh, Wonder! / How many goodly creatures are there here! / O BRAVE NEW WORLD / That has such people in’t”. Brave New Word fue traducida al español como Un Mundo Feliz (usamos la edición de Plaza Janes Editores, Colombia, 1992). Al final del capítulo octavo, John el Salvaje, el personaje distinto, extraño al mundo del Estado Mundial, supuestamente el mundo civilizado, en su conversación con Bernard, recuerda las palabras de Miranda: “-¡Oh, maravilloso nuevo mundo! –Repitió–, ¡Oh, maravilloso nuevo mundo que alberga tales criaturas!”. Recordemos que Linda, la madre de John,

lo ha iniciado en la lectura y le ha dejado un viejo y roído ejemplar de las Obras Completas de William Shakespeare. Un libro que a juicio de Linda “sólo dice tonterías” y de su autor, “que estaba por civilizar”, pero que le ayudaría para practicar la lectura. John abre el libro al azar y se encuentra con estos versos de Hamlet, Acto III, escena IV: “Nada solo vivir / en el rancio sudor de un lecho inmundo, / cociéndose en la corrupción, arrullándose y haciendo el amor / sobre el maculado camastro…”. Hamlet le reprocha a la reina, su madre, su vil comportamiento con Polonio, a quien acaba de matar. John el Salvaje siente que esas palabras están dirigidas a él. Le hablaban “con un poder mágico, terriblemente bello, de Linda; de Linda que yacía allá, roncando, con la taza vacía junto a su cama; le hablaba de Linda y Popé; de Linda y Popé”. Le hablaban de Linda, su madre, la mujer de todos.

John ama. Un sentimiento ignorado en la sociedad civilizada de Un mundo feliz. Está enamorado de Lenina, pero no de la forma carnal, sino espiritual. Por eso no la acepta cuando ella se le ofrece en el iluminador capítulo XIII que revisaremos más adelante. En ese “mundo feliz” las emociones son controladas por hipnopedia; es decir, mediante las drogas. En el capítulo IX, John observa a Lenina que duerme (y lo hará dieciocho horas seguidas), luego de haber ingerido seis tabletas de medio gramo de soma, la droga de todos y para todo. Se arrodilla junto a su cama con la intención de tocar con mano temblorosa la mano de su amada: “¿Se atrevería? ¿Se atrevería a profanar con su indignísima mano aquella…? Entonces recordó las palabras de Romeo a Julieta: “Si con mi indigna mano / De este santuario la virtud profano” (Acto I, escena V). John es el personaje que Huxley ha creado para llevar humanidad a ese “mundo feliz”, distópico, que ha imaginado para un futuro muy lejano, pero que solo veintiséis años después, en 1958, en Nueva visita a un mundo feliz publicado en la revista Newsday, revisa los contenidos de su novela: “En 1931, cuando escribí Un mundo feliz, estaba convencido de que se disponía todavía de muchísimo tiempo. La sociedad completamente organizada, el sistema científico de castas, la abolición del libre albedrío por el condicionamiento metódico, la servidumbre hecha aceptable mediante dosis regulares de bienestar químicamente inducido y las ortodoxias inculcadas en cursos nocturnos de enseñanza durante el sueño eran cosas que se veían venir, desde luego, pero no en mi tiempo, ni siquiera en el tiempo de mis nietos”.

John y su muerte trágica representan la esperanza de vida para las sociedades del siglo XXI que viven subyugadas en su propio mundo feliz, dominadas por una tecnología que las avasalla y esclaviza, con aperturas socioculturales que han destruido los mismos valores que el Estado Nuevo de Un Mundo Feliz ha destruido. John no tiene lugar en esa sociedad. Rechaza esos valores que lo confunden por su falta de humanidad, en la que él es un personaje extraño, un salvaje que debe ser admirado por su condición de tal, por sus pensamientos exóticos sobre la familia, el arte y el amor, por ejemplo, que son los temas que viven los personajes de Shakespeare, ajenos a la ortodoxia totalitaria impuesta por el Estado Mundial. Su preocupación por estos temas humanos se opone, en consecuencia, a esta sociedad distópica que obedece a protocolos severamente diseñados para la obediencia y esclavitud. Una sociedad alienada, de consumo. Como la nuestra. Lenina es el personaje ejemplar de esa sociedad feliz, que nada se cuestiona porque todo lo obedece. Adicta al soma, la droga de la felicidad, cada vez en dosis mayores que la mantienen como fuera del mundo, alejada de la propia realidad que la rodea. Pero su presencia le recuerda constantemente a John los personajes de Shakespeare que viven en él sus respectivas tragedias humanas.

Como en el importante capítulo XIII que ahora revisaremos. Capítulo relevante porque enfrenta a dos de los protagonistas de la novela: John y Lenina. Personajes que evidencian con sus principios los valores del mundo que cada uno representa; valores dispares, antagónicos, determinantes para la vida de cada uno. Lenina ha ido al cuarto donde se encuentra John, decidida a entregarse sexualmente a él, porque simplemente le gusta. Para adquirir coraje ha ingerido medio gramo de soma. Aunque sorprendido por la visita, pues él esperaba a otra persona, se sintió feliz con la presencia de Lenina a quien amaba: “-¡Oh, tú, tan perfecta –Lenina se inclinaba hacia él con los labios entreabiertos–, tan perfecta y sin par fuiste creada”. John recordaba en ese instante los versos de La Tempestad: “Pero tú, ¡ah, tú!, / tan perfecta y sin par, fuiste creada / de las bondades de todas” (Acto III, escena I). Pero John quiere demostrarle a Lenina que la ama, que haría cualquier sacrificio por ella, incluso sufrir el dolor. Le habla de vivir juntos para siempre, casarse. Un amor que trasciende el puro acto sexual: “No quería decirlo hasta que… Escucha, Lenina; en Malpaís la gente se casa”. Pero Lenina no está “diseñada” para amores

eternos y se irrita: “¡Qué horrible idea!”, responde. John intenta modificar un pensamiento que ha sido moldeado mediante drogas, negado a los valores representados por la “incivilización” que él representa, como el amor y el matrimonio, la unión para siempre. Recuerda a Shakespeare y busca a través de él influir en el alma de Lenina: “Mantener una fe que sobreviva / A la exterior belleza, con una alma / Que renace a la par que el cuerpo muere” (Troilo y Crésida, Acto III, escena II). En el capítulo que comentamos, leemos: “Sobreviviendo a la belleza exterior, con un alma que se renueva más rápidamente de lo que la sangre decae…”.

John insiste con Shakespeare: “Si rompes el nudo virginal antes de que todas las ceremonias santificadoras puedan con pleno y solemne rito…”. Los versos de Próspero en La Tempestad se reproducen en las palabras del amante: “Mas si rompes su nudo virginal / antes que todas las sagradas ceremonias / se celebren según el santo rito…” (Acto IV, escena I). No, no es posible comprender el papel que juega John sin la comprensión de la tragedia shakesperiana, que hace de él un personaje henchido de humanidad, que ama, sufre y odia. Por eso el contraste con Lenina, precisamente su amada, torna más dramática la realidad de un mundo robotizado en el que las personas son nada más que remedos de personas dominadas por drogas y estereotipos “humanos”, creados por una ciencia que destruye su naturaleza esencial: su ser interior, su alma. Este capítulo revela los dos mundos simbolizados por cada personaje, lo que hace más evidente el peligro que significa para la humanidad la robotización del ser humano (Lenina no sabe de valores, se desnuda y se ofrece a John que la desprecia, la odia y la trata de ramera: “Ramera imprudente”, resuena Otelo (Acto IV, escena II). Indignado John abandona el cuarto,

Los últimos capítulos de Un mundo feliz nos muestran a John absolutamente rebelado contra “ese mundo feliz”. John el Salvaje; John el hombre que lee Shakespeare y vive la grandeza humana de sus personajes en cada uno de sus actos, se emociona al ver a su madre moribunda y llora con los recuerdos de infancia vividos con ella. Emoción incomprensible para la enfermera. Se indigna al observar que su madre es objeto de aprendizaje sobre la muerte para un grupo de niños que observa su rostro moribundo. Y siente un soplo de esperanza, “un profundo y súbito placer”, cuando el Interventor Mundial

Residente para la Europa Occidental, el poderoso Mustafá Mond le dice que él también ha leído a Shakespeare: “A veces un millar de instrumentos sonoros zumban en mis oídos; otras veces son voces…”. John recuerda la canción de Calibán: “Unas veces resuena en mi oído el vibrar / de mil instrumentos, y otras son voces” (La Tempestad, Acto III, escena II). El diálogo entre Mustafá y John, intelectuales de dos mundos tan diversos, es uno de los pasajes inolvidables de la novela. El análisis que hace de Otelo, para no leerlo en el mundo feliz que él representa, es de una envidiable y perturbadora lógica, incomprensible para John: “Porque nuestro mundo no es el mundo de Otelo. No se pueden fabricar coches sin acero; y no se pueden crear tragedias sin estabilidad social. Actualmente el mundo es estable; la gente es feliz; tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede tener. Está a gusto; está a salvo; nunca se enferma; no teme a la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas ni hijos, ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma”. El mundo feliz ha quedado despejado en el capítulo XVI: es el fin de la libertad.

Aldoux Huxley quiso, cuando planteó la construcción de esta “sociedad perfecta” condicionada por la ciencia y la tecnología y manipulada por la droga, describir la esclavitud a la que el hombre es sometido cuando se le ultraja su libertad. Esclavitud del alma y del cuerpo, como dice John, pues se despoja al ser humano de lo que es, precisamente, su grandeza humana, aquello que hace de los personajes shakesperianos seres tan perfectamente humanos, porque aman, odian, sufren, ambicionan, celan y sueñan.

Hoy no tenemos ni soma ni estamos dominados por máquinas, todavía. Pero las ideologías totalitarias que algunos insisten en imponer por la fuerza, no son más que “ese mundo feliz” del que nos habló Huxley.

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.