
Dios en el Galpón de Mauro Marchese y Sebastián Santana, es un libro que como ciertos vinilos, conviene siempre tener a mano, aunque uno termine escuchando las canciones en una plataforma, porque es el siglo XXI y nunca tenemos tiempo para sentarnos a escuchar.
Bello, delicado y brutal el libro evoca la atmósfera de las cubiertas de Eric Briggs en los discos clásicos de Maiden.
Santana dibuja lo que es necesario dibujar, y el resto lo deja librado a los fantasmas de cada lector. Que para horrores, nada mejor que los de cada uno. Esa forma de mostrar y ocultar, de develar y sugerir, funciona como cuando se mira a través de la cerradura o de una puerta entreabierta.
A lo largo de treinta escenas imagen y texto dialogan, intercambian ambientes, aires densos, cargados, como la quietud previa a una tempestad en verano.
El texto es por momentos opresivo, como la situación que relata en grajeas no siempre sencillas de tragar, y sin embargo, adictivas. El contraste entre la ternura que intuimos en el niño y la crueldad de la vieja que sólo lo ve para reprenderlo es un hilo que tensa todo el guión, y no da respiro. Porque en este caso, además, es como si por una inesperada falla en la matrix del universo tal como lo conocemos, Poe estuviera guionando una historia de los Peanuts. Snoopy sería un dios en un altar siniestro, Charlie Brown suplicaría en una iglesia vacía, donde Schroeder estaría siempre tocando el adagio de la Patética en un órgano de tubos.
El niño que reza al dios del galpón pide venganza, pacta con Lovecraft, corre por el patio como lo haría el niño aquel de Quiroga que sale a cazar dejando al padre en el galpón. Su alma se agita como el soldado de Bierce en el puente de hierro. Es un niño paciente, silencioso. En el fondo, terrible, aunque uno no deja de amarlo. Algunos niños encarnan ese brillo oscuro que los hace queribles. Lord Voldemort también fue niño.
El ambiente ominoso, de situación sin escapatoria es reforzado por el trazo grueso del dibujante. A veces en un primerísimo primer plano, otras veces en un plano largo lleno de movimiento, el mundo del niño parece cobrar amplitud, y algo de aire se cuela en su mundo, y el del lector.
No falta nada para un típico cuento de horror como los que se usaban para moralizar a los niños díscolos hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Una madre amada y muerta, un padre del que jamás sabremos nada, una vieja detestable y fea que hace como que cría al protagonista.
Pero la historia que nos convoca es dolorosamente nuestra. Rioplatense desde las descripciones hasta los giros del habla. Se cuece con un fondo de bandoneones ásperos la andanada de reproches/amenazas de la vieja fea muy fea. El Pepe Guerra envidiaría el fraseo del niño cuando implora a su dios enjaulado. Mil historias de niños apropiados resuenan en la lectura. Mil preguntas sin respuesta flotan en el ambiente, donde -y esto es lo inquietante- nada deja de ser familiar. Como los objetos en el espejo retrovisor, la realidad que esboza en pocos párrafos la pluma de Marchese, resulta siempre mucho más cercana de lo que aparenta.
Siguiendo un modelo arquetìpico, de la nada brota una ayuda tan maravillosa como inesperada, de la mano de un carnicero que llega con una jaula donde el horror, que no vemos, permanece encerrado escuchando la plegaria del niño. La vieja duerme largas siestas, noches pesadas, bajo la atenta vigilancia del muchachuelo que no tiene brazos cetrinos ni carga naranjas, sino que barrunta una brutal venganza con el favor de su dios que escucha tras las rejas.
A partir de este guion se me ocurre una probable e incompleta playlist para acompañar la lectura, para solazarse la contemplación de los dibujos de un expresionismo potente en el minimalismo de su blanco y negro, o simplemente para abrirla y completarla con las músicas que cada lector pueda agregar.
Que si algo podemos aprender de este libro objeto es que nada hay tan personal como un dios, ni nada tan singular como la manera de rendirle culto. Si el tal dios escucha a sus fieles o no, es algo que por suerte, jamás sabremos. En todo caso: “hàgase tu voluntad, y que sea la mìa”
Dios en el galpón (Relato audiográfico de un guión cinematográfico)
Mauro Marchese Devicenzi
Sebastián Santana Camargo
Ediciones de la fuga
2024







































