
Lectura fácil, limitado uso y manejo del lenguaje, palabras sencillas y afirmaciones contundentes. Juicios livianos sin contenidos y palmadas permanentes a la espalda del lector, crédulo. Lectura para el no lector, filosofía para consumidor de best sellers.
Librerías pobladas de textos que abrazan sin decir nada. Decir lo que se quiere escuchar o comprender sin releer. Ejercicio intelectual mínimo y profundidad limitada para libros que se devoran en ratos… y que dejan al lector satisfecho (“el ser humano que sólo ha encontrado el reflejo de sí mismo en la realidad fantástica del cielo”). Combo perfecto de cadenas de comida rápida. Lugares comunes donde no hay que pensar, porque el que escribe se adjudicó ese don… se dice pensante, pensador.
La autoayuda deviene género propio y referencia siempre citable, forma sencilla de ingresar al universo de los libros, sin oropeles ni arabescos, sin laberintos, con mapas y manos que acompañan guiones prefigurados.
Punto común: el lector cree siempre salir favorecido, fortalecido en su ego como sujeto (no)pensante, devorador y receptáculo de palabras huecas (“…donde buscaba un superhumano, ya no estará inclinado a encontrar sólo la apariencia de sí mismo, sólo lo no ser humano, cuando busque y deba buscar su verdadera realidad”).
La autoayuda es la apología oculta del sujeto neoliberal, el panfleto legitimante de la meritocracia, la proyección salvaje del individualismo inconmensurable.
Es el grito alegre del que agoniza, del que nace sin renacer, del que se encuentra perdiéndose (“la autoconciencia y el sentimiento de la propia dignidad del ser humano, que aún no la ha ganado, o bien ya la ha perdido”). La escritura mal escrita del que se busca dentro suyo.
Gimnasia básica que mantiene cuerpos con vida, que esconde lo real como superstición y que empuja al abismo de la superación personal (“pero es ser humano no es ninguna esencia abstracta que se agazapa fuera del mundo”).
Egoísta y reveladora imagen del modelo que promueve (” el ser humano es el mundo del ser humano”).
Estas pastillas para no pensar no merecen otra suerte que el repudio de quienes creemos en el ejercicio intelectual de la lectura como puerta de ingreso al mundo y sin necesidad de encontrar en el articulado de la trama el mensaje reparador.
Tal vez sería bueno saber que no hay monjes que vendan sus Ferraris, ni mujeres que corran con lobos ni ratones que se coman tu queso. Metáforas burdas de cuentos de hadas que no existieron, no existen, ni existirán jamás.
Nace un nuevo manual para el diario vivir, un dispositivo deontológico con destellos posmodernos que legitima/invalida las acciones humanas (“su compendio enciclopédico, su lógica en forma popular”). Emerge la nueva teoría general de este mundo (“su fundamento general de consuelo y justificación”).
La nueva religión es, en muchos sentidos, más potente y dañina que las viejas, porque actúa por oposición. No necesita reprimir, hace lo contrario. Su mayor virtud radica en su capacidad para inflar el pecho de los desinflados, cargar de coraje a aquellos que no han logrado entenderse en el mundo y se buscan dentro suyo, pero fuera de ese mundo (“es al mismo tiempo la expresión de lo miserable y la protesta contra la miseria real”).
La dosis diaria de autoayuda adormece, oculta, somete y, cuando retorna, es más dañina que antes de llegar. Su daño es su par dialéctico: envalentona y reclama a la vez, exige resultados. Si la realidad evidencia imposibilidad respecto de la fuerza del voluntarismo, el pozo es mayor, mucho mayor. La subida incrementa el golpe de la caída que no es más que el enfrentarse con el modelo productivo, con lo que ese modelo te demanda a la vez que te exige y con aquello que, en definitiva, él mismo termina mostrándote que no puedes hacer. El malestar en la cultura se vuelvo malestar propio. Porque, en definitiva, todo es cuestión de clases (“es el quejido de la criatura oprimida, es el ánimo de un mundo sin corazón, así como el espíritu de estados sin espíritu”). En definitiva, el mensaje permanente de la superación es, por destrozo, el nuevo opio del pueblo.


























