
Me enteré de lo sucedido a través del grupo de WhatsApp familiar. Allí, entre mensajes, preguntas y comentarios, fueron apareciendo también las intervenciones de mi sobrino, estudiante de Medicina, que estaba en la Facultad ese día. Leerlo contar lo que se estaba viviendo, percibir su preocupación y la conmoción de quienes habían estado allí hizo que la noticia adquiriera para mí otra dimensión.
Desde entonces no dejo de pensar en algo que solemos dar por sentado; hay lugares a los que entramos confiando en que estamos seguros. Una escuela, una biblioteca, una facultad. Uno llega pensando en una clase, en un examen, en encontrarse con otrxs o en todo lo que tiene que hacer después. No entra imaginando que ese espacio cotidiano puede convertirse, de un momento a otro, en escenario de una violencia extrema.
Una estudiante de 19 años fue agredida dentro de la Facultad por otro estudiante de la misma edad. La joven fue atendida y se encuentra fuera de peligro. Hay una investigación en curso. Creo que no necesitamos saber mucho más. No necesitamos conocer cada herida ni reconstruir minuto a minuto lo sucedido. Hay una diferencia entre estar informados y convertir el dolor de alguien en algo para mirar.
Detrás de esa noticia hay una joven que tendrá que volver a encontrarse con su cuerpo, con su familia, con sus compañeros y seguramente, también con ese lugar al que iba simplemente a estudiar. Y hay muchos jóvenes tratando de comprender cómo algo así pudo suceder en un espacio que hasta ese momento formaba parte de su vida cotidiana.
Mientras pensaba en todo esto apareció una pregunta que me cuesta dejar de lado; ¿qué hacemos antes? Porque después de una situación así aparecen los comunicados, las medidas, las movilizaciones y los espacios de reflexión. Todo eso es necesario, pero la pregunta más difícil está antes. ¿Qué pasa cuando alguien siente miedo? ¿A quién se lo cuenta? ¿Quién escucha? ¿Sabemos reconocer cuándo una situación dejó de ser simplemente incómoda y empezó a ser peligrosa?
No lo pregunto porque crea que todo conflicto conduce a una violencia extrema. Lo pregunto porque todavía naturalizamos conductas que deberían preocuparnos bastante antes. Durante años aprendimos historias donde insistir era presentado como una prueba de amor: el muchacho que no se rendía, el que aparecía una y otra vez, el que esperaba, el que finalmente lograba convencerla. Lo vimos tantas veces que casi dejamos de pensarlo.
Pero el amor no suspende la voluntad del otro. Un vínculo no da derechos sobre una persona. Y un no, no es una conversación pendiente.
También pienso en los varones. Durante mucho tiempo hablamos, con razón, de enseñar a las mujeres a detectar situaciones de violencia, pedir ayuda, protegerse o denunciar. Pero cada vez me pregunto más por qué tantas veces la conversación empieza allí y no antes. ¿Qué les enseñamos a los varones sobre perder, sobre que alguien no los elija, sobre que una relación termine, sobre aceptar un límite o atravesar una frustración sin convertirla en enojo contra otra persona?
Tal vez esa sea una de las conversaciones que todavía tenemos pendientes. Y no solamente dentro de las familias. También en las escuelas, los liceos, las universidades, los grupos de amigxs, los medios y las redes. No como una conversación contra los varones, sino con ellos, porque aprender a relacionarnos de otra manera también forma parte de aprender a vivir juntos.
Hay algo especialmente doloroso en que todo esto haya ocurrido en una Facultad de Medicina. Un lugar donde cientos de jóvenes aprenden todos los días a cuidar cuerpos humanos fue escenario de una violencia extrema contra uno de esos cuerpos. Y quizá esa contradicción también pueda dejarnos una idea; cuidar no debería ser solamente una profesión. También puede ser una forma de construir comunidad.
Cuidar es preguntar cuando alguien tiene miedo, escuchar sin minimizar, no convertir una amenaza en una anécdota, no llamar “problema de pareja” a todo, no confundir insistencia con afecto y saber acompañar cuando alguien pide ayuda.
En estos días habrá conversaciones, movilizaciones, declaraciones y preguntas. Después aparecerán otras noticias, porque la agenda pública tiene una memoria corta. Tal vez el verdadero desafío empiece justamente entonces, cuando la conmoción baje y este episodio deje de ocupar los titulares.
Una sociedad no demuestra cuánto le importa la violencia solamente por cuánto se indigna cuando ocurre. También lo demuestra por las cosas que decide cambiar después.
Sigo pensando en esa estudiante de 19 años y en todos los jóvenes que tendrán que volver a entrar a esa Facultad después de lo ocurrido. Una joven debería poder ir a estudiar Medicina pensando en la vida que quiere construir, nunca en cómo sobrevivir dentro del lugar donde fue a aprender.