
Llegar a la sala Cero del teatro El Galpón implica un cierto sacrificio, un deseo, una fuerza de voluntad mínima que implica ascender por todas las escaleras que posee el edificio sin perder la orientación, buscando el camino, manteniendo el objetivo. Quizás emule un poco lo que nos propone la obra, un recorrido intrincado, donde los sentimientos se entrecruzan para mostrar una realidad que marcó a fuego a nuestro país, el del cautiverio de las presas políticas en dictadura.
La sala luce austera, un colchón en el piso cubierto por una colcha hecha a crochet, hecha con paciencia y amor por unas manos femeninas, una madre, una abuela, una presa, también hay una olla de aluminio, morrales colgados de una pared que ofrece el amarillo mortecino de la luz de una banderola.
Las actrices suben por los lados de la platea, se ubican al costado del público y cantan, una estereofonía a capella nos rodea, «Volver a los 17», la canción de Violeta Parra o de Mercedes Sosa, porque quienes interpretan también se adueñan de las canciones, les ponen su identidad, las vuelven propias. La canción es adecuada en esta obra donde el deseo de volver siempre está presente, mezclado con la necesidad de seguir siendo, de no perder aquello que las define, de no dejarse robar la ilusión.
La ficción se mezcla con la realidad, desde los parlantes afloran las voces de presas reales que dan su testimonio, el ruido metálico de puertas que se cierran, la música que aporta su cuota para crear el clima opresivo que lo inunda todo.
Murmuria es una copia fiel de la realidad, de las mujeres que sufrieron el terrorismo de estado a través de sus vidas, de sus cuerpos, pero también de su entorno, el largo brazo de la represión que no deja a nadie afuera, el rigor, el maltrato se transversaliza y alcanza a las familias sin importar edades ni distancias, el “algo habrán hecho” lo sobrevuela todo sin excepciones.
Las obras de Camila Carbajal y del colectivo Verde Teatro se encuentran ancladas en la realidad, nos presentan personajes y situaciones que nos pertenecen a todos, como antes fue Inédita María Eugenia, sobre la figura de Vaz Ferreira, también Murmuria rescata el papel protagónico de las mujeres en historias donde en general ha preponderado la visión o el protagonismo masculino, historias eclipsadas por ellos, que fueron primero, que parece que valen más.
A la hora de pensar en la escritura, las actrices de Verde Teatro decidieron compaginar sus infancias vividas en dictadura con la memoria de algunas de las reclusas. Para eso desarrollaron una serie de talleres con ellas que permitieron generar la dramaturgia de la obra. Sostenerse todas juntas, para salir adelante en la cárcel, para armar una obra de teatro cincuenta años después, lograr entender para poder transmitir.
La obra se estrenó el año pasado, el 14 de marzo, fecha en la que se cumplían 40 años sin presos políticos en Uruguay.
El trabajo es serio, sensible y necesario. La historia agobia, pero también despierta una sonrisa, invita a la reflexión sobre las cosas que pasaron, las que no queremos que vuelvan jamás y los recursos que se ponen en juego para, en el infierno, seguir amando la vida.
Murmuria. Historias de cautiverio se está despidiendo, en setiembre son sus últimas funciones y es una de esas obras que hay que ver. La invitación queda hecha.
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