
Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo global que hizo de la democracia y la comunicación una bandera
Hay algo muy particular que tienen los pensadores llamados a convertirse en clásicos: sus miradas, abarcadoras y elocuentes, no sólo trascienden fronteras, sino que también marcan el pulso de un tiempo cada vez más exiguo.
Ser virgente en un mundo voraz, sometido a la fugacidad y la repetición, no es para cualquiera. Perdurar implica vocación, esfuerzo, y diversas capacidades de adaptación para sobrevivir a un medio hostil que mezquina la palabra o que la hace aturdir en demasía.
En ese contexto, la figura de un intelectual cobra relevancia ante escenarios contraculturales para el ejercicio de la reflexión, que implica pausas, silencios y vocación de escucha.
A los 96 años de edad, Jürgen Habermas falleció este 14 de marzo 2026 en Stranberg, Alemania, país que lo vio nacer y atravesar casi un siglo de enormes controversias, cuyo efecto de loop, en este presente de amenazas bélicas que sacuden a la geopolítica global, tiene ciertas reminiscencias con aquel período de entreguerras que pusieron en vilo a la humanidad.
El hombre en cuestión tuvo enormes influencias en los ámbitos de la filosofía, la sociología, la economía, la política y el derecho. Esas cualidades también definen una obra monumental, caracterizada por la defensa de las democracias y la acción comunicativa, que sostuvieron sus ideales de generar consensos a partir de esquemas representativos en que los distintos actores de la sociedad se vieran representados y no sometidos a las relaciones hegemónicas de poder.
Evidentemente, su propia biografía resultó clave para crear e impulsar el cultivo de un sistema de pensamiento que aún hoy resulta influyente en ámbitos académicos y culturales de diversa índole. Hablamos de una persona que desde la niñez tuvo complicaciones en el habla por tener paladar hendido, lo cual despertó, en sus pares, burlas y rechazos; también, referimos a alguien que vivió su adolescencia y primera juventud en un lugar donde imperó el nazismo, aquel movimiento que causó el mayor genocidio de la historia.
Hubo de ser por esas circunstancias que Habermas logró legítimo reconocimiento al diseñar estrategias basadas en la defensa de la democracia como forma de vida, la posibilidad de generar diálogos interculturales y el desafío de ejercitar la razón para gestionar acuerdos. En todo ese proyecto resultó clave su teoría de la acción comunicativa, la cual señala que una sociedad crece únicamente si cada miembro sale al encuentro de los demás integrantes de un mismo colectivo; pero esa comunicación no solamente debe suceder al interior de un grupo, sino también en relación a otros.
Como todo intelectual comprometido con su época, Habermas tenía continuas intervenciones en la esfera pública y tomaba posición ante determinadas problemáticas. En sus últimos años bregó por la unidad federal europea, ante la sospecha y amenaza de una nueva era de conflictos armamentistas. Sostenía, entre resignado y preocupado, que el uso de la razón, clave para sostener con vida estructuras civilizatorias de paz institucional, corría el serio riesgo de quedar silenciada en un futuro: en efecto, según él, este siglo muestra el desplazamiento de la reflexión a manos de la eficiencia del cálculo; de allí, entonces, que las recientes guerras (Ucrania y Rusia; Estados Unidos de Norteamérica y Medio Oriente) suponen la primacía de un orden basado en la acumulación antes que en la redestribución.
La muerte de Habermas pone de manifiesto la ausencia de referentes del pensamiento que han marcado tendencia en el siglo XX. Su presencia no sólo era nominal sino también de cuerpo presente: ha destacado por participar en congresos y jornadas de distintas partes del mundo, dando su voz a debates públicos en países como China, Irán, Brasil o nuestra Argentina.
Clave como principal figura alemana de la intelectualidad en la posguerra, y uno de los activistas que dieron vitalidad a la Escuela de Frankfurt, Habermas siempre se pronunció contra las desigualdades, luchó contra las injusticias y apeló al encuentro humanitario para destrabar conflictos.
Sín él, comienza otra etapa.
Una en que sus ideas deberían tener la suficiente fuerza como para convencer, a través de argumentos, que toda salida es colectiva.














































