El 24 de febrero de 2022 comenzó la invasión rusa a Ucrania. Desde meses anteriores el gobierno de Putin ya había comenzado a movilizar tropas hacia la frontera de su ex estado de la Unión Soviética, quién tras un referéndum declaró su independencia también un día 24, pero del mes de agosto de 1991. Desde entonces las disputas por ciertos territorios no han cesado, sobre todo aquellos que lindan con el Mar Negro, desde que Rusia se anexara la península de Crimea en 2014, y también con el Mar de Azov, esenciales para el comercio de granos, el posicionamiento militar y le llegada hasta el Mar Mediterráneo.
Cuando Trump asumió nuevamente el cargo presidencial de Estados Unidos el 20 de enero de 2025, prometió ante los ojos del mundo poner fin a este conflicto en menos de 24 horas. Desde entonces las idas y venidas entre este, Putin, los miembros de la Comunidad Europea y el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, han sido tan constantes como incongruentes. Tan ridículas como inverosímiles, así como lo es la nueva organización internacional anunciada en el Foro Económico de Davos en enero de este año.
Esa organización aplicada hacia la paz internacional a la que se denominó Junta de Paz o “Board of Peace”, que tiene al propio Donald Trump como su fundador y líder con capacidad total de veto y maniobra. Comenzó como una idea para gestionar distintos conflictos entre naciones y como un ente que pudiese supervisar y digitar la reconstrucción de Gaza, a la que el propio empresario inmobiliario, desea convertir en un paraíso vacacional a orillas del Mediterráneo oriental, desplazando de allí al pueblo palestino.
Lo trascendente de este síndrome de anomalías y dislates conceptuales, es lo que esconde tras de sí, generar una estructura paralela a la Organización de las Naciones Unidas, surgida también un día 24 pero esta vez en octubre de 1945, una vez concluidos los fuegos de la Segunda Guerra Mundial.
A cuatro años de la invasión rusa a los territorios independientes de Ucrania, aplastada la masa temporal de las 24 horas interpuestas por Trump en un nuevo acto de su habitual fanfarronería, ni el bufón de la corte de los líderes internacionales, ni ninguno de sus 20 países alineados en esa “Board of Peace”, han podido aminalar al gobierno autócrata del nuevo Zar de Rusia, ni a sus deseos expansionistas de reconquistar los territorios de la antigua Unión Soviética. El ciudadano Vladimir Putin, Octavo Dan dentro de los escalafones judocas otorgado en 2012 por la Federación Internacional de Judo (FIJ), no tiene la mínima intensión de discontinuar su guerra de desgaste contra la población civil ucraniana, y menos aún devolver los territorios ocupados en la zona del Donetsk.
Parte del territorio original de la zona del Donbás ucraniano, que Rusia considera su territorio anexado entre el 2014 y el 2022. A cuatro años de comenzadas las confrontaciones, con cruentos embates y unas cifras de muertos, heridos, desaparecidos y mutilados, que tanto unos como otros tratan de mitigar (aunque organismos internacionales señalan que las pérdidas del lado ruso, en comparación a las ucranianas son muchos mayores), a las que se deben sumar las pérdidas de las tropas de Corea del Norte enviadas en apoyo a las tropas de Rusia.
Es curioso que tanto despliegue militar en diferentes partes del planeta hayan aparecido casi de forma simultánea, y traigo nuevamente a colación la película de Paul Thomas Anderson: “Una batalla tras otra” (One Battle After Another) sobre la novela “Vineland” de Thomas Pynchon de 1999, donde los idealistas años 60 se arrastran en una búsqueda disipada y errante de los propios principios que la enunciaron, hasta ser machacadas por las botas vaqueras del entonces presidente Ronald Reagan, bajo las égidas de ciertos comportamientos adaptativos.
Algo parecido a lo que sucede con la trama de “La broma infinita” (Infinite Jest) de David Foster Wallace, editada en 1996, tres años antes, en las que el autor se adentra por mundos distópicos tan similares a los actuales, con más de la mitad del planeta sumergido dentro del entretenimiento de las plataformas.
Sumidos en una adicción tóxica en las que los influencers dan paso a los tiktokers, estos a los doomscrollers, imparables en sus hábitos de desplazarse de un contenido a otro sin llegar a ninguna parte, y la guinda final son los therians, ese supuesto juego adolescente que también desde tiempos inmemoriales, juegan ciertos adultos en hangares o mazmorras del sexo. Entonces, ante la cantidad de suicidios que debería preocuparnos como país.
El estado de nuestras cárceles, la lumpenización de la cultura, la habituación a vivir entre la mugre y los seres -estos sí verdaderos therians- callejeros, los ajustes de cuentas narcos, la grieta social subdividida en tantas otras, pero todas aunadas a la identidad de la uruguayez. El mate, las tortas fritas, el asado, las Teletón, los “Días de la Big Mac de Ronald McDonald”, el carnaval más largo del mundo, “Esta boca es mía” y sus debates desmontables, que puedes armar un día como un lego y volverlo a armar cuando quieras, porque no te has perdido nada porque siempre aparece el mismo discurso narrativo, donde sólo cambian algunos de sus panelistas.
Que nos pueden preocupar los muertos de Ucrania, los niños y ancianos de Ucrania, quizás porque han querido pertenecer a la OTAN, y a ella nuestros partidos progresistas la asocian al monstruo imperialista estadounidense, quién curiosamente ahora les da la espalda, y aunque no apoyen directamente a Zelensky, les vende los armamentos a los europeos y estos se los hacen llegar a los ucranianos.
Es curioso que haya habido tanta preocupación ante los bombarderos y asesinatos israelíes en Gaza, cosa que comparto, pero no he visto alzamientos considerables contra la ocupación Rusa en Ucrania. Contra el bombardeo sistemático a infraestructuras civiles, hospitales y escuelas, sin contar la destrucción del Teatro Dramático Regional de Donetsk, ocurrido el 16 de marzo de 2022 en la ciudad devastada de Mariúpol, donde se luchó casa por casa.
Revisando fuentes, Wikipedia destaca que si bien el entonces Ayuntamiento de Mariupol “cifró inicialmente los muertos en unos 300”, una investigación de The Associated Press consideró el número de víctimas en 600 personas, en su mayoría niños con sus madres y ancianos. El edificio contaba con capacidad para 1000 personas, y a ambos lados de la calle del teatro se había escrito con letras gigantes la palabra “Niños” para ser observada desde el aire.
La misma fuente nos dice que las fuerzas rusas de ocupación, han tratado de borrar las huellas de este “daño colateral”, reconstruyendo y reabriendo el teatro, como una manera de ocultar las pruebas de lo que Amnistía Internacional y la Corte Penal Internacional (CPI) de la Haya pueden considerar como crímenes de guerra. ¿Es el mundo actual más ridículo del que ya era? ¿Es el mismo sólo que no tenemos tiempo para detenerlo y verlo? Has visto Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la película de Alejandro González Iñárritu, donde se parte de una puesta teatral del cuento de Raymond Carver de 1981: ¿“De qué hablamos cuando hablamos de amor“? Una lucha entre la identidad y la ficción.
La búsqueda entre la obsesión, el dolor, en un mundo que ha dejado de pertenecer a su protagonista Riggan Thomson (Michael Keaton) debatiéndose entre su desdoblamiento personal de una ex estrella cinematográfica que encarnaba el papel de un superhéroe. En un tramo de la película, coincidiendo el momento histórico con el auge de las reproducciones en Facebook, su hija (Emma Stone) le comenta la cantidad de reproducciones que ha obtenido y que sin ellas, en el mundo de hoy no eres nada.
A cuatro años de una guerra imperialista que ha amenazado el occidente hasta ahora conocido, cambiando las reglas del juego entre las geopolíticas de las tres grandes potencias mundiales, las imágenes de entonces aparecen cada tanto, porque la sucesión de conflictos, nos inyectan continuamente de nuevos estímulos visuales. El mundo se divide entre quienes lo padecen de una forma, y quienes lo disfrutan de otra.
Quienes asisten a su declive o los que se esconden hasta desaparecer, tal como parece sucedió con ciertos grupos de neandertales que prefirieron aislarse de los sapiens hasta extinguirse. Lo cierto es que la guerra iniciada por Putin no tiene visos de desaparecer, y que al bufón de la corte se le han pasado las 24 horas.
Si mal no recuerdo, quizás fue César Vallejo que en épocas de la guerra civil española, señaló en uno de sus poemas “un fantasma recorre Europa…”, en clara referencia a los fascismos. ¿Estamos frente a un fascismo tecnológico, frente a un discurso populista que ahonda aún más las diferencias raciales y sociales, promoviendo pensamientos adormecidos y conservadores, donde sólo unos pocos alcancen el dominio del poder?
En Ucrania continuaran cayendo drones y misiles, bombas planeadoras y termobáricas. Aquí pensamos que el mundo nos queda lejos, pero los armamentos no conocen de distancias y para la locura de algunos tampoco hay ningún tipo de tratamiento posible.














































