
La tradición judeo-cristiana instala una realidad amenazante: el infierno es un ámbito en el que caben los peores tormentos para aquella humanidad que en su paso por la vida terrenal haya tenido conductas contrarias a los mandatos pregonados por las sagradas escrituras.
Hacia el final de la Edad Media, el escritor italiano Dante Alighieri le puso imágenes a ese escenario. Su libro La Divina Comedia, además de ser una de las obras maestras de la literatura universal, fue pieza inspiradora para graficar ese estado de privación de Dios en que contundentes llamaradas de fuego queman en vez de iluminar y la figura del diablo persigue a los caídos con un tridente.
Para el siglo pasado, Jean-Paul Sartre se alejó de la histórica caracterización que hubo respecto de las oscuridades y resignificó el legado del infierno. No era para menos: dos guerras mundiales invitaban a pensar que no podría haber peor horror que bombardeos, campos de concentración y persecuciones varias.
Al sentenciar que «el infierno son los otros», el filósofo francés cerraba la década de 1940 con una idea según la cual la libertad humana era una aspiración imposible en tanto siempre está sometida a la mirada ajena, sin poder escapar de ella.
Puede cambiar el concepto pero hay algo que se sostiene: el infierno es sinónimo de miedo, peligro, perturbación.
Hoy su mención vuelve al centro de las consideraciones cuando Rusia y Ucrania ponen en vilo al mundo por sus disputas étnicas, económicas y territoriales.
Mientras crecen las comparaciones y la semejanzas con otras máscaras de Lucifer, los rostros van superponiéndose. De Hitler a Putin, el clamor popular no tiene piedad.
El intelectual uruguayo Eduardo Galeano ya lo expresa en Cazador de historias, una de sus obras póstumas: el infierno quizás sea la espera de que algo distinto a la violencia acontezca alguna vez.














































