
1.
Escribo hacia el incierto destino del universo binario. El de las nubes antropófagas que coleccionan letras centrifugadas por la incertidumbre de los días que se van corriendo unos a otros. Así como se corren unas a otras, las vacas en los pasillos de los mataderos. Los días y las horas, segundo a segundo, las infames noticias de la administración del señor Trump. Ungido en 1933 por un acuerdo entre parlamentarios conservadores, Adolf Hitler es nombrado canciller alemán. En noviembre de 2024 tras unas elecciones democráticas, con un resultado electoral esta vez incuestionable para Trump, este obtuvo su segundo mandato presidencial. Un drama presidía a otro, uno más en la intrépida historia de dictadores y mandatarios funesto que ha tenido la humanidad. Dos maneras tan distintas como semejantes en la forma de interpretar sus difamantes discursos. Sus arengas sibilinas y populistas, inteligentemente pensadas hacía quiénes van dirigidas, como hacerlas y a través de que medios, bajo la ornamentación de una estudiada, cuidada y elaborada escenificación. A uno le precedía una teatralización mayor. Un despliegue icónico mucho más estilizado, su esvástica como enseña, una conciliación entre lo místico y lo terrenal, una concepción operística de la misma. Un marco escénico avasallador que engullía al espectador en sus fauces, incorporándolo a la propia grandilocuencia de la escena. Los convertía en unos personajes más de la historia. Los transformaba en cómplices displicente de esos discursos programados y gestualidades ensayadas en cientos de oportunidades, hasta que el personaje terminase por devorar a la propia fiera, y ya no necesitará esconder su verdadero pelambre. No era el hombre lobo, era cualquiera de los amorfos monstruos escupidos desde los condados de Providence por un tal Lovecraft. Una miserable corporeización de cualquiera de los engendros malignos de los que citaba el “Necronomicon”, el mítico libro del árabe loco Abdul Alhazred.
2.
Quien vio la serie de HBO “Lovecraft Country” (Territorio Lovecraft), inspiradas en algunas de las historias de H.P. Lovecraft, maestro del terror cósmico y creador de una mitología más próxima a la realidad de lo que nos pueda parecer, puede establecer ciertos paralelismos racistas entre el régimen nazi, y las hordas de las policías de inmigración (ICE) que asolan los Estados Unidos. El racismo exacerbado de los años 50 y 60 en Norteamérica, principalmente en los estados del sur, ahora expandido por el universo planetario, contra todo aquel que no se arrodille ante sus colmillos de presunto pedófilo y estratega siniestro del espectáculo televisivo. Concretamente estas semanas, las movilizaciones realizadas en el Estado demócrata de Minnesota, contra las políticas migratorias, culminó con la muerte de Renee Good, el 7 de enero por disparos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), creado por la administración Trump. De forma fría y soberbia, una vocera del gobierno califico el acto de la mujer asesinada como de “terrorismo doméstico”, en convalidación con las propuestas que Donald Trump desarrolla a través de su doctrina conocida como MAGA (Make America Great Again). Una ideología populista, racista, proteccionista y autoritaria, que rechaza el liberalismo democrático internacional, a través de la imposición de la ley del más fuerte, y que curiosamente, en defensa de la identidad nacional, bastardea los principios de su propia Constitución, y los derechos de los Estados Federales que ampara la Décima Enmienda de la misma. Si Hitler supo exponer sus ideas en su libro “Mei Kanpf” (Mi Lucha) de 1925 y luego desarrollar su plan de exterminio sistemático contra los judíos, gitanos y todos aquellos a los que él régimen ario considerará impuros, conocida como “La Solución Final”, Trump lo hace a través de esta ideología que vulnera incluso todos los derechos internacionales.
3.
Es tragicómico y hasta rocambolesco que este inescrupuloso magnate inmobiliario, asquerosamente obsceno, se llame a sí mismo “pacificador”, reclamando un lastimoso Nobel de la Paz (a quién una despechada María Corina Machado, cedió finalmente), cuando en realidad lo que ha hecho, es exacerbar un mundo que ya así lo estaba, y no justamente necesitado de que le incorporasen más combustible. Menos aún que apareciese otro demente como protagonista de esta sátira realista. De esta zaga por capítulos que cada día se parece más a una serie televisiva, que supera ampliamente a cualquiera de las producidas por HBO, NETLIX (de la cual intentó apropiarse), FOX o alguna otra. Por un lado amenaza a Irán con ser bombardeada por asesinar en las calles a los que se manifiestan contra el régimen siniestro y oprobioso del Ayatola Ali Jamenei, el líder político y religioso del país, a la vez que reprime a los manifestantes anti MAGA en Mineápolis, quienes en defensa de sus políticas estaduales han salido a las calles, manifestándose contra el uso indiscriminado de las fuerzas de la policía de inmigración (una suerte de policía paramilitar institucionalizada por la administración trumpista), advirtiendo con enviar fuerzas militares para acabar con los propios manifestantes estadounidenses. O estamos al borde de un abismo generalizado, o somos todos rehenes de un hospicio, al que no nos asombraría que en su narcicismo diario y en su soliviantada prepotencia, lo denominase “LA NUEVA GROENLANDIA, EL TRABAJO NOS HACE GRANDES”.
4.
Algo me sugiere recordar por sus delirios e insania, al personaje de la película de 1964 de Stanley Kubrick, “Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Lobe the Bomb” (más conocida en la señal de cable como “Dr. Insólito: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”), me refiero al General Jack D. Ripper interpretado por Sterling Hayden, secundando a un magistral Peter Sellers en sus tres simultáneos papeles. Retornando a los años del Macartismo de comienzos de 1950, Donald bien podría tildar de comunista al propio realizador, ya que cualquiera que se oponga a sus políticas arancelarias y expansionista, es tildado de izquierdista (algo justamente que no soy), comunista, terrorista o en su simpleza de vocabulario, “los malos”. En eso se asienta la efectividad de sus diatribas públicas. Algo tan simple que de no ser real, resultaría inverosímil y hasta chapucero: “nosotros somos los buenos”, es decir que todos aquellos que no compartimos sus ideas somos “los malos”. Es decir, aquellos que creemos en los aún llamados “estados del bienestar”, las socialdemocracia, la libertad de pensamiento, y nos oponemos a todos aquellos regímenes que promuevan la colectivización en renuencia de la libertad individual -tal como promueve el propio Trump – siendo vasallo de un pensamiento o idea hegemónica, seríamos “los malos”. Parece un explicación infantil, pero le resulta, sobre todo ante aquellos sectores culturalmente analfabetos, y deben provocar la sorna de aquellos grandes magnates que lo apuntalan. Un ser caprichoso al que ni siquiera las innumerables parodias que de él se realizan parecen preocuparle, más bien creo que las disfruta, como posiblemente Hitler disfrutara de las obras de Heartfield, mientras lo ridiculizaba en sus estupendos fotomontajes del dadaísmo berlines. En la película de Kubrick, la tecnología fallaba así como también lo hacían, las comunicaciones a través del “teléfono rojo” entre el presidente estadounidense (uno de los personajes de Sellers) y el mandatario soviético. Finalmente un bombardero norteamericano lanzaba sus armas atómicas sobre el territorio de la URSS y estos replican lanzando sus misiles contra todo el continente norteamericano, mientras sus defensas territoriales replican enviando otros tantos, lo que significa el fin del planeta, al menos como hasta entonces lo conocíamos. Se sabe que China ha estado desarrollando armas de origen electromagnéticas, capaces de inhibir las capacidades energéticas y tecnológicas de sus adversarios, sin causar ningún tipo de daño estructural y humano. Consistiría en paralizar todas las estructuras de comunicaciones, lanzaderas de misiles intercontinentales y funcionamientos satelitales. Desde el lunes 19 están reunidos en la ciudad Suiza de Davos los líderes más importantes del mundo. Es la Reunión Anual del Foro Económico Mundial (WEF), que bajo el lema “Un Espíritu de Diálogo” se extenderá hasta el 23 de enero. Unos diálogos que desde la irrupción de Trump tras ser nuevamente elegido, han sido constantes pero sin ninguna solución efectiva, por más jactancioso que este se muestre, el supuesto fin a la Guerra de Ucrania es sólo un botón de los de tantos, que servirían como muestra. Pocos días atrás, el presidente francés Emmanuel Macron en su discurso señalo que el mundo esta caminando hacia “una era sin leyes ni reglas”. Un mundo de “matones” donde al igual que en los años de auge del nacionalsocialismo y el fascismo, lo que imperaba era el derecho al ejercicio de la brutalidad. Algo que Trump ejerce diariamente, tanto desde la dialéctica, como a través de sus comportamientos y ejecuciones de combate. Muy parecido al General Jack D. Ripper del film de Kubrick.













































