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Donald Trump: del auto-Olimpo al barro

La conditio sine qua non de toda democracia es la relación que el ciudadano tiene con la urna electoral, sea una democracia directa como la chilena o indirecta como la de Estados Unidos. Es aquí donde se consolida “el ser democrático” de un país. Su esencia esencial. Y es la autoridad de turno la encargada de velar porque “su razón de ser” sea protegida y respetada, conservando la estabilidad social y emocional de la nación que no otra cosa es la sana democracia. Es la autoridad de turno la encargada de encauzar el país por los senderos de la convivencia pacífica aceptando, en primer lugar, el resultado de la votación de acuerdo con las leyes que la nación ha escrito para gobernarse. Y el resultado de toda votación no es más que el conteo de los votos válidamente emitidos por los electores, según la modalidad o modalidades que la normativa vigente le confiere.

En Estados Unidos la normativa vigente no es uniforme para todos los estados de la nación, pues cada uno se rige por sus propias leyes federativas. Pero independiente de cuáles sean estas leyes, ninguna puede negar el conteo de todos los votos que son el símbolo de la democracia que une al elector con la urna electora. Pues bien, el Presidente Donald Trump, en otro de sus arrebatos megalómanos de dios arrancado del Olimpo, en un discurso estrafalario la madrugada del miércoles, simplemente propuso terminar con el conteo de los votos y declararse ganador de las elecciones sin más. Se negó a aceptar los resultados hasta ese momento conocidos, y amenazó con llegar a la Corte Federal para denunciar lo que durante toda la campaña ha llamado de “fraude electoral” provocado por el voto vía correo.

Fue otra de sus pataletas de niño mimado que alertó al mundo democrático no solo de los Estados Unidos. El Presidente Trump no sopesa, no tiene las condiciones intelectuales necesarias para hacerlo, el daño que provoca a su país cuando siembra la duda, el recelo y el odio entre su pueblo; cuando azuza a los unos contra los otros arguyendo contra un sistema eleccionario que existe desde la Guerra Civil (1861-1865). Es cierto que cuando la diferencia de votos es menor al uno por ciento, el candidato que se sienta afectado puede recurrir a las cortes. Con todo, debe esperar como lo determina la decencia democrática, que los estados hayan terminado la revisión de todas las urnas y hasta el último voto haya sido considerado. Y su discurso no puede ser de ninguna manera ni violento ni descalificador. Ni mucho menos llamar a no respetar los resultados. Peor aún, proclamarse vencedor. El Presidente Trump debiera saber que la tiranía comienza donde acaba la ley, como hace siglos lo dijo John Locke.

La presidencia del Presidente Donald Trump ha tenido un solo sello con muchas aristas: el uso de la fuerza y la palabra descalificadora contra todo aquel que no opine como él. Es un hombre singular en su torpeza, en su agresividad, en su banalidad, en su desprecio por el ser humano, por las relaciones internacionales y por la paz. Un populista votado por un pueblo ingenuo pero mediocre, que cree píamente en el discurso vacío pero emotivo y prometedor de estos líderes de cartón. Trump ignora que entre él y Maduro, por ejemplo, no hay ninguna diferencia en nada: ni en la estulticia ni en la matonería, ni en el afán de gobernar mediante el engaño y la mentira, estableciendo una dicotomía donde ellos son los buenos y los otros, los que se les oponen, son los malos, porque les quieren arrebatar el poder legítimamente ganado.

El ejemplo que el Presidente de los Estados Unidos dio al mundo durante todo su mandato de cómo gobernar a través del engaño y la demencial autosuficiencia, que nada más hizo que el mundo terminara riéndose de él y despreciando la marca USA, debe ser un buen ejemplo para los populistas ansiosos de seguir sus pasos en el idioma que sea, sobre todo en nuestro desvalido continente latinoamericano.

Porque podrán llegar al poder una vez, pues la idiotez e ingenuidad de los pueblos es una actividad compartida por la historia, pero no tendrán una segunda oportunidad en la tierra. Son como los Buendía de Cien años de soledad. Pero los Buendía construyeron una historia, un mito, una leyenda y Donald Trump construyó una pobre y triste caricatura de patético cómic.

Me parece.

 

Imagen portada – Archivo – Estatua de la libertad – New York – Marzo 2013 – Foto © Federico Meneses

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.