
10 de enero, 2026
And you hunger for the time
time to heal, ‘desire’ time
and your earth moves beneath your own dream landscape
(…)
For tonight at last, I am coming home.
U2
La noche porfió en llover. La mañana también. Desde que el sol se perdió detrás del Barrio Mondongo y los cipreses del cementerio, hasta bien entrado el día. Como si volver a salir, empañado de gris plomo, allá al otro lado de las vías y el Barrio Treinta y tres no fuera suficiente para disipar la tormenta. Como si fuera necesario un baño de agua del cielo para sacudirnos del cuerpo y el alma el agotamiento de un año entero.
Salimos como cada año a las 5:30, dejando atrás por unos días el ruido, la gente dormida en las calles, y la basura ingobernable sobre cada vereda montevideana. No importó nada, ni las noticias del inicio de otro año, ni la certeza de que como todas las vacaciones de la vida, éstas no serán más que un parate para recuperar el aliento, respirar hondo el aroma de los eucaliptus, llenarnos la vista con la danza de los sauces llorones movidos por el viento, y con suerte el fresco del agua del Río Negro envolviéndonos un rato en una tarde cualquiera.
Mercedes vive cada día de mi vida una mutación que cada vez la hace menos “mi pueblo” y más “nuestra ciudad de las vacaciones”. Ella dice que Mercedes es jazz, tiempo para leer y escribir, para encontrar a los amigos -los de antaño, y los que la música y las letras nos vienen regalando-. Para mí es todo eso y los primeros dieciocho años de fútbol en calles de adoquines, interminables caminatas desde casa hasta los bailes del Praga o el Remeros, cantidades industriales de mate, bizcochos y charla en las barandas de la rambla.
El barrio está igual que ayer, cantaba Fito el año que inicié el liceo. En mi pueblo las calles han cambiado tanto de nombre, que ya hasta me da pudor decirle al taximetrista que me lleve hasta Roosevelt y Brasil, donde la casa de Ileana, sencilla, acogedora y práctica, nos espera con todo lo que necesitamos, lo que de verdad importa; una cama, aire fresco, ducha, y dos sillones donde tomar mate y conversar sobre el espectáculo de cada noche. Y por supuesto, la mesa siempre lista para el almuerzo y la copa de vino. Lo que importa, siempre es mínimo.
Jazz a la calle abre esta noche su edición número 18. En unas horas Rosana dará las “buenas noches y bienvenidos”, bajo las estrellas de la Manzana 20, o las luces del Teatro 28 de febrero donde nos despidió hace ya un año. La lluvia no cae, pero las nubes son un techo demasiado cercano, demasiado próximo todavía, en plena hora de la siesta.
Dudé acerca de escribir esta primera nota. Aún no hay nada que decir, no hemos visto ningún artista de los que sabemos que posiblemente jamás volveremos a ver, y sin embargo, dejará una marca. Como el pueblo de cada uno, que cambia nombres, recicla casas, abre y cierra negocios, pero mantiene siempre abierta la memoria de aquella caminata, aquel beso, esa canción que se te quedó bajo la piel desde hace treinta años o más.
Jazz a la calle, es además de un movimiento, una escuela, un encuentro, una excusa. Mejor aún, una buena razón para volver a encontrar ese inefable de las raíces que se cuela en el acento, en la manera de decir del amor y la amistad, del silencio siempre móvil e inquieto, en la escritura que le pelea a las palabras el sentido y la posibilidad de decir de una música que casi nunca tiene letra.
Henos aquí otra vez, ella y yo, sentados en una jazzera, descorchando un nuevo vino, brindando por lo que la vida traiga, por los caminos que nos reunieron, la música que porfía en mantenernos juntos, el cine que abre conversaciones, los libros que abren mundos tan personales como comunes. Otra vez aguardando la sorpresa, la búsqueda, el disfrute. De nuevo en casa.
Antes de saludar y dejar estas páginas hasta mañana, un breve adelanto de lo que nos espera hoy, desde Brasil, Josiel Konrad, y desde Argentina Rafael Delgado Sexteto: sean bienvenidos!
Nos vemos allí.
Edición: Paola Menta














































