
Horacio Macoco Acosta es reconocido por todos como el padre de la criatura Jazz a la Calle.
Está en todo y más. Desde el transporte que trae a cada músico, hasta el alojamiento o los tickets para la alimentación.
Para los mercedarios, Macoco es además, pianista, cantante, compositor de Fantasía un grupo que vimos y disfrutamos mil veces como banda de covers en los bailes de las adolescencias de tres generaciones. A mis cinco años, miraba desde la vereda los ensayos de una banda que preparaba éxitos como Funkytown. Era 1979.
El pasado miércoles 15 de enero, a las 10 de la mañana, me recibió en su casa. Recién bañado me invitó a pasar al living. Una estufa en la pared que enfrenta la entrada, un sofá y un sillón rodeando la mesa ratona. A mi espalda, el piano. Varias repisas llenas de figuras africanas, una estantería llena de libros y juguetes de sus nietos. Las paredes sólidas, la luz filtrada por las cortinas, dan al ambiente un fresco acogedor. Afuera la calle de adoquines comienza a arder. Cuando salga a mediodía, será una boca del infierno. Pero ya no me va a importar.
Durante la conversación de casi dos horas, conocí a un hombre de convicciones claras y una enorme capacidad de trabajo. Macoco es músico, apasionado de la música, y un maestro de una paciencia exquisita para enseñar lo que sabe, curioso e inquieto. A sus 68, sigue aprendiendo. Y disfruta de hacerlo.
Después de un repaso por la historia de la creaación del Berklee College of Music en Boston, que incluyó la paciencia didáctica de sentarse al piano a mostrarme escalas, componer un blues y mostrarme en acto, por qué es que el blues te puede partir el alma cuando lo escuchas, hace una observación central. Estaba, en 2003 en Montevideo, estudiando con los pocos músicos formados que no habían escapado de la crisis económica hacia Europa o EEUU.
—…me empezó a maravillar una cosa que no tiene mucho que ver con la música. —piensa un momento y vuelve— ¡Sí tiene que ver!… los tipos no solamente tocaban genial, entendían la música y eran capaces de analizarla a fondo, sino que leían libros que yo no conocía, que veían películas que yo, que era mucho mayor, no conocía.
Del jazz a otras formas de arte. “…yo veía que hablaban de todo. Me daba la sensación de que cuando yo hablaba ellos ya sabían lo que iba a decir. Porque desarrollan a tal extremo la intuición, sobre todo cuando se estudia free jazz. No soy amante del free jazz, pero me parece una cosa extraordinaria a tener en cuenta, porque podés meter un pedacito de free en un tema y queda una cosa extraordinaria.
Y a veces estás tocando y no podés entender cómo te están siguiendo, y todo lo que tenés que saber para poder seguirlos a ellos. Es un asunto de percepción que va más allá de todo lo teórico. Como que fueran una cabeza con muchos tentáculos de manos tocando. Porque es una cosa que es ipso facto, es allí, ahí en ese momento. No tenés tiempo para pensarlo. Es cómo lo vas percibiendo, lo vas sintiendo y ahí lo largás y eso es lo más difícil de todo.
“…por esto los tipos evolucionaban mucho más allá de la música también en otras áreas. Yo me dije ¿qué pasaría si nosotros pudiéramos trasladar esta forma de pensar al hombre común de la calle? … de ahí salió el nombre Jazz a la Calle, no es que los músicos toquen en la calle. Yo no quiero que los músicos toquen en la calle, y mucho menos a la gorra. Odio eso, porque son seres extraordinarios, son agentes culturales, referentes, que arrastran, que van a arrastrar multitudes si la cosa funciona, y quiero que estén bien, que pasen bien, que sean felices.
Habla pausado, se toma su tiempo, como los blueseros que saben que a la nota hay que dejarla respirar. Se sumerge en una deriva que me mantiene en tensión todo el tiempo, y de golpe, como un buen solista de jazz, vuelve al tema principal.
En 2003, en Buenos Aires se editó una transcripción de una clínica del guitarrista norteamericano James Tobías. Alguien había grabado la clínica y “la había bajado al papel, con dibujos y todo”. Allí en diez páginas estaba clarísimo el método de Berklee.
—Este tipo —Berk— trajo, de Europa, algo mucho más práctico “… ya los negros usaban sistemas que eran mucho más simples porque tenían dificultad con la lectura de la música, entonces lo que hacían era escribir la melodía —la letra—, y poner los acordes abajo. Muchas veces ni siquiera lo escribían ellos, en general eran los judíos que se sentaban al costado en los boliches, donde el negro estaba con un cuete impresionante…”. Suspira, “…las cosas que habrá vivido esa gente, no está escrito. Entonces, claro, cómo no se van a aferrar con uñas y dientes a cualquier esperanza de este tipo. Una esperanza con cierto humanismo”
—Porque los judíos no fueron los dueños de la plata, fueron los dueños de la cultura, por eso es que son una gente que fue tan perseguida… Porque los tipos están despegados. Y tuvieron la honestidad intelectual de reconocer los nombres, las autorías de los temas. Si no, la inmensa mayoría de eso se hubiera perdido todo. Porque no había grabaciones.
—Berk empezó a pasar eso a la academia. Que no es nada nuevo. Eso lo hacía Bach y hacía otro tipo de cifrados mucho más complejos, incluso. El conocimiento para eso ya estaba, para escribir una música taquigráficamente, y entonces, los tipos dijeron ¡Pah! ¿A ver?”. En el año 60, con las políticas expansionistas de EEUU, empiezan a mandarle guita. Fue cuando ellos se dieron cuenta de que ahí había una potencia política.
Por eso nosotros elegimos el jazz “…porque la música clásica es compleja, realmente es compleja”, y se aprendía en la “Armonía” de Rimski-Kórsakov, “un ladrillo de 400, 500 páginas” […] esa es la formación clásica que tuvimos acá en el Río de la Plata toda la vida, que nos limitaba bastante. Cuanto más te adentrás en el estudio de la música clásica, más dificultades tenés para comprender el jazz.
Sabiendo que en Montevideo era un completo desconocido, y que aquí en Mercedes tenía el conocimiento y contactos, por su trabajo como bancario, por su extensa carrera musical, se volvió con una idea fija: acercar a la gente al jazz “Porque si lo hacemos, la gente va a empezar a culturizarse sola, a mejorar su cultura. Quizá no hacia dentro del jazz, seguramente hacia otros lares, pero van a hacer un esfuerzo y van a tener una defensa contra la abusiva invasión de toda la chatarra cultural que existe. ¿Cómo te defendes de eso? Y bueno, sabiendo algo. Si no, sos carne de cañón.”
Habló, insistió, convenció… A algunos. Con ayuda de José Reynoso, músico de Carmelo formado en la Berklee, y de su hijo Martin, pianista, además de ser el arquitecto que diseñó el edificio de la UTEC, comenzaron a armar una bandita de jazz. Se presentaron en un vernissage en la ciudad, y se dio el primer salto. La oportunidad siempre llega si uno la espera trabajando. La Intendencia de Soriano apoyó, “mil pesos por mes, para pagar el pasaje a un músico que viniera a hacer una clínica de generación de público”. Principio quieren las cosas, decían los viejos de mi pueblo.
“Hubo que ser estratégico. Yo sabía que podía ser muy invasivo para la ciudad. Entonces fuimos con mucho cuidado, de no pisar a nadie, no herir a las personas, que la gente se arrimara, no que saliera corriendo. Tengo una idea en la cabeza, necesito que me apoyen”
—Entonces, el Eddy Porchile, gran saxofonista, un tipo de mucho mundo que había estado organizando el festival de jazz de Montevideo se vino a casa a hacer algunas llamadas. Estuvo una semana dándole al teléfono, y convocó 76 músicos. Ese año iban a los cibercafés a inscribirse. Creo que vinieron todos, con mucho entusiasmo. Pero claro, ya habíamos pasado de 50 personas a 600 en la última clínica.
Junto con el Movimiento Jazz a la Calle, ha logrado sostener una estructura de pilares sólidos:
—Siempre pensé que fuera de una semana. Necesitás que sea una semana, porque si no, cuando empieza a armarse la cosa, ya se terminó. Tiene que ser una semana, porque es el compromiso con la gente, con los músicos y con los sponsors. Y ese compromiso hay que mantenerlo.
La curaduría se hace con un grupo de diez músicos que ya hayan participado, algunos de Argentina, otros de Brasil, siempre algún europeo, y varios de la escuela. Ellos escuchan lo que mandan los aspirantes de cada año, y hacen un ranking. Luego eso es ponderado de acuerdo a los intereses particulares de cada año. Después llega el comité de viabilidad, y “ahí perdés a los más taquilleros, porque justo están de gira en Europa o Asia, porque es carísimo traerlos…” Le recuerdo que he visto músicos que vinieron a tocar en medio de una gira por Japón y Australia. Casi dos días de vuelo para tocar una hora. Un laburo de mucha negociación.
El encuentro ha ido mejorando, pero la estructura es la misma desde el inicio. El objetivo, conseguir que hubiera una carrera terciaria de jazz y música popular en el país. Tal vez ni siquiera en Mercedes, donde por suerte ahora está. Actualmente son unos 150 estudiantes vinculados a la UTEC. Es una barbaridad para el Uruguay eso. La licenciatura inició hace dos años. Es mucha cantidad de estudio la que lleva.
Se entusiasma hablando de la Escuela de JALC:
—La escuela “chiquita” inicia a los cuatro años. Los niños aprenden a desarrollar la musicalidad interior, que va mucho más allá del oído. Juegan, cantan, pintan, bailan. Todo el tiempo escuchando música. Algunos de esos niños, son ahora docentes de la escuela o la licenciatura.
La charla llega a su fin con un abrazo, y un “avisame cuando salga”. Me esperan días de escucha, desgrabación, edición. Mientras cierro ahora, me quedo pensando en una idea que me asaltó hace un par de días. Alguien tendría que juntarse con Macoco no una, sino varias veces, y con varias charlas ordenadas hacer un buen libro.














































