
El clima se muestra particularmente amable este verano en La Coqueta del Hum, como todavía llama algún veterano, a la ciudad de Mercedes.
Una brisa suave y fresca atempera el calor y permite caminar incluso bajo el sol del mediodía hasta la Casa de la Cultura, donde desde ayer se desarrollan entre dos y tres clínicas diarias.
A las doce, en la sala auditorio, Catriel Diringuer (Argentina) de Oído Obsoleto e Iván Barceló (Uruguay) de los Catadores de Gazpacho, compartieron orígenes, historia, y piques varios de la tarea de un washbordista. Ese instrumento portable, liviano y versátil que pone en juego todo el cuerpo del instrumentista.
Quienes asistimos, fruto de la sinergia creada en la noche anterior por los Oído Obsoleto, disfrutamos la sencillez del diálogo de quien sin poses tiene algo para compartir, y lo hace con la alegría de hallar con quienes. No faltó la música, ya fuera en el juego de acompañar agregando percusión a videos de Wynton Marsalis, como en la generosa y potente participación de músicos de los ensambles presentes en la sala, que llenaron de ambiente de un aire festivo y cómplice.
Desde las diecinueve, en tres de las calles que rodean la manzana contigua a la 20, se nota un movimiento singular. Consolas, luces, parlantes, micrófonos, baterías, pianos. Gente que llega a sentarse con la playera -de ahora en más, la jazzera- a ver qué pasa, músicos de todas las edades cargando bajos, guitarras, saxos, trompetas, trombones, que ocupan la calle vuelta escenario.
Los toques callejeros parten de una premisa clara. Los músicos se anotan y se distribuyen una hora antes, y luego sobre una base -casi siempre piano eléctrico, bajo y batería- que plantea un tema inicial, se van sumando, en una comunión de juego, improvisación, ensayo y error que es el pulso mismo de la música.
“La escuela de la calle”, esa frase que oímos mil veces aplicada a los contextos y personajes más diversos, cobra aquí su sentido más literal. En la interacción, compartiendo melodías, pifiando el ritmo y volviendo a tomarlo, sorprendidos porque alguien abre el tema en una dirección no prevista, los músicos aprenden. Se foguean, frente a un público interesado siempre, condescendiente, jamás.
Terminado cada toque callejero los parroquianos emprendemos una procesión pagana que entre charla, mate y algún trago nos deja cada noche en la Manzana 20.

Abrieron Grossman y Gaggero, dúo argentino al que ya habíamos visto por estos lares hace un par de años. La guitarra de Grossman propone un recorrido melódico donde el río siempre está presente. En el fluir de sus armonías, en la cadencia que propone, Gaggero hace desde la percusión una amalgama de texturas donde habitan el folklore que nos queda más cercano hasta resonancias afro indígenas que dan al conjunto un espesor que envuelve y abriga sin asfixiar.
El repertorio pasa por versiones personalísimas de temas de Frank Zappa (Twenty small cigars) o Hilda Guerrero (Zamba del Chaguanco) con los que abrieron, hasta el candombe que propusieron con Sexto sentido. Todo arreglado de manera tal que se puede sentir el movimiento del agua, sin importar qué río de nuestros litorales sea el que nos convoca.
El dúo, que suena afiatadísimo, presentó en sociedad Palofa, una de sus composiciones más recientes, y luego se volvió trío cuando invitaron a Alan Plachta a tocar una versión delicadísima de Transparencia, donde las notas de la guitarra agregaron el toque eléctrico. El auditorio celebró la incorporación de Plachta, y pidió con entusiasmo el bis. Se despacharon con Barroman, y el cierre, como es tradición, fue con la foto de espaldas a la gente que levanta las manos, dando marco y fondo al recuerdo oficial de cada actuación.
Cerró la noche Lucas Querini Grupo. Los cinco músicos (Lucas Querini en piano, Simón Lagier en violín, Danilo Cernotto en bandoneón, Julián Cicerchia en guitarra y Pablo Devadder en clarinete bajo y soprano) realiza un recorrido por el litoral argentino en clave de tango, milonga y mil influencias del sur de Brasil que viven en nuestro paisaje sonoro sin que lo notemos.
Abrieron a todo vapor con Candombe Camargo, y Pampeana 2, generando una comunión con el público al que tuvieron pendiente de cada nota, cada quiebre del bandoneón, cada dibujo del clarinete soprano, cada una de las inflexiones del piano y el violín. La guitarra sostuvo -y ese fue el corazón de su trabajo- sin fisuras el pulso marcado por el piano.
Cada tema propuso un ambiente nuevo, y sin embargo, familiar. Río y Milonga negra hicieron la noche aún más litoraleña. El tango de Piazzolla, las composiciones de Hermeto Pascoal llegaban como lembranzas en medio de la noche calma. Como el jazmín del país, como la dama de la noche. Un perfume intenso que enciende los sentidos.
El cierre fue con Paranaíba. La intensidad sonora, plagada de matices, fue tan cálida como la respuesta del público que aplaudió de pie.
Volvimos caminando lentos por el empedrado de la calle Brasil, conversando acerca de que acababamos de vivir una noche de tango, milonga, candombe, ritmos muy urbanos y sin embargo, algo de la fiesta tuvo ese particular encanto de las ciudades pequeñas del litoral, del paisaje verde, bien regado y siempre suavemente ondulado.
Al despertar en una mañana todavía fresca, recuerdo que en algún lugar, Louis Armstrong dijo o cantó que “el jazz no es un qué, es un cómo”.
Algo de eso fue lo que vivimos durante toda la jornada del domingo 12.
Dejo un adelanto de lo que seguramente escuchemos hoy
Iraku Iwakawa – Demián Ornstein dùo
Guilherme Fanti Quinteto








































