
La jornada de ayer estuvo marcada por la amenaza de lluvia. Luego del calor agobiante, suele llegar el alivio. Claro que, cuando se trata de espectáculos al aire libre, el alivio de todos, son los nervios de los organizadores, las decisiones tomadas mirando mil pronósticos y luego entregarse a la buenaventura de Santa Clara.
Porque mientras se dejaba listo el escenario de la Manzana 20, al que día tras día hay que ajustarle luces, pantallas, sonido, y disponer todo lo necesario para dos espectáculos, lo mismo ocurría en el teatro 28 de febrero -el viejo Glucksman para los mercedarios de más de 40 años- por si el evento debía moverse.
Finalmente a las 22:05, y bajo un cielo donde la luna peleaba por asomar cada tanto por detrás de un espeso manto de nubes, el armenio Tigran Tatevosyan subió a escena. Lo acompañaron en la batería Juan Ibarra y en el contrabajo Juan Pablo Szilagyi.
El pianista, que actualmente reside en Hamburgo, carga con una formación clásica, coloreada por el folclore de su país y eso fue lo que nos ofreció. Un sonido a medio camino entre algunos trabajos solistas de Bill Evans de los sesentas y mucho de Thelonious Monk. Abrieron con Celebration, para dar paso a Brilliant corners de Monk, antes de zambullirnos en Mer Tan Itev, Detrás de nuestra casa.
El trío tiene una interacción precisa y delicada. Ibarra no ahorra recurso alguno para hacer hablar a la batería. Desde tocar con las manos, con los dedos, hasta recorrer el aro del redoblante para generar un sonido firme y a la vez lleno de matices y detalles mínimos, que dialoga muy bien con lo que el piano propone. Para el primer tema, así como para el de cierre, sustituyó su banqueta por un cajón peruano que se integró con absoluta naturalidad a la paleta sonora.
Las composiciones se ajustan al trío como anillo al dedo. El contrabajo propone un toque melódico que brinda amplitud y profundidad. Genera un ambiente confortable -casi de living de casa- sobre el cual los otros dos instrumentos van tejiendo.
Muy disfrutable el trabajo de Tatevosyan, que habló siempre en un inglés pausado -sin embargo, no hubiera estado de más un traductor-. El músico se mostró especialmente agradecido, y hasta sorprendido, por la recepción que tuvo su trabajo por parte del público. Cerró el toque con Memories of a dream, y pese a que mucha gente reclamó un bis, prefirió ceder esos minutos que hicieron posible el trabajoso armado del escenario para el siguiente número, en una noche en la que, a esas alturas, se estaba desafiando al clima.
Precioso gesto del músico que habla de su respeto por el trabajo colectivo y por el espectáculo en sí.
La típica y la jazz ofreció un espectáculo enérgico y vibrante, con una sonoridad en dónde Piazzolla es una referencia obligada. El ensamble, formado el año pasado, es un proyecto que ocupa la mente y el deseo del director y compositor Agustín Pardo como del bandoneonista Ramiro Hernández desde hace unos diez años.
La típica -piano, xilofón, contrabajo, violines, vientos, batería y bandoneón- tiene un sonido potente y una cadencia que parece brotar del propio cuerpo del director.
Ella dice que si uno se concentra sólo en mirar al director ve cómo la música brota de sus manos, de los movimientos certeros con que señala entradas, volúmenes, silencios y pausas. Abre los brazos como si quisiera abrazar la noche. Como si estuviera en el ballet, se eleva en un salto, y cuando sus pies tocan el escenario los músicos caen todos juntos.
Abrieron con Paisaje al ocaso, y el clásico In a sentimental mood de Ellington. La composición Hay gre de Hernández es de una melancolía bellísima, más cercana a la saudade que a la tristeza.
Para Tierra escarpada invitan a Tatevosyan, y en el momento del largo solo de piano, Pardo se retira hacia el costado opuesto del escenario y se entrega a la música, marcando el tiempo con la cabeza, balanceándose suavemente antes de volver al centro de las tablas a tomar el control de lo que la orquesta brinda.
El cierre con Zita de Piazzolla enfervorizó al público. La potencia que adquiere el sonido afiatado de la orquesta doble es arrolladora. Para el bis, nos brindaron una composición de Pardo, A lo lejos, a La Coronilla, compuesta en plena pandemia, en el invierno de Rocha.
Luego del toque nos quedamos saludando, la gente se mueve con el orden de un hormiguero en una tarde de tormenta, yendo y viniendo en todas direcciones. Los músicos conversan con los curiosos que asistimos a felicitar, preguntar, intercambiar impresiones. La noche se diluye en conversaciones interesantísimas mientras en el escenario menor se va montando la jam.
Ella y yo volvemos por el mismo empedrado de siempre. La calle Brasil, ahora es Casinoni, Roosevelt es Wilson Ferreira. Pero la calma de las noches de enero en Mercedes, calientes y silenciosas, es siempre la misma.
Hoy nos espera en el Teatro 28 de febrero, ese en el que mi abuela me contaba que vio a Gardel hace casi cien años, el sexteto de Luis Chamis, desde Brasil, y los argentinos de Fer Lagger Ska Jazz. No veremos la luna, no llevaremos las jazzeras, tampoco descorcharemos la botella de vino en el momento en que la Reina dice su ¡Buenas Noches!, bienvenidos! y cargaremos ese asunto de las despedidas. Pero será un hasta luego, de esos que siempre son una invitación al reencuentro.











































