
Entre el mar, la memoria, el candombe y la experimentación, el músico uruguayo prepara el lanzamiento de “Paisano del Mar” mientras trabaja en otros dos discos y profundiza junto a Diego Pérez y Gonzalo Gravina una idea cada vez más extraña y necesaria: hacer música sin pedirle permiso a las etiquetas.
La música también puede ser una forma de caminar. A veces hacia adelante, siguiendo una dirección más o menos conocida. A veces hacia los costados, buscando una grieta, un sonido que todavía no tiene nombre. Y, cada tanto, hacia atrás. No necesariamente para retroceder. Quizás para mirar mejor.
Waldemar del Río encontró una de esas imágenes en una playa de Rocha.
Durante varios días vio a un hombre mayor caminar hacia atrás por la arena. Lo hacía una y otra vez. Hasta que un día decidió preguntarle por qué. La respuesta era sencilla y, al mismo tiempo, profundamente filosófica: lo hacía como ejercicio, porque prefería vivir en contacto con la naturaleza antes que terminar sus días en una cama de hospital.
De aquella escena nació “El hombre que caminaba para atrás”, una de las canciones de Paisano del Mar, el disco que Waldemar prepara para presentar en vivo el próximo 12 de setiembre 2026 en Ensayo Abierto.

La anécdota parece pequeña, pero contiene buena parte de la lógica creativa de Waldemar. Observar. Escuchar. Preguntar. Dejar que algo suceda. Y después convertirlo en música.
Porque para él la creación no parece funcionar como una línea recta. Más bien como un mapa. Un mapa que tiene el mar de Rocha, la memoria familiar, el candombe, las músicas indígenas, la bossa nova, el reggae, el jazz, la música popular brasileña, el pop, los loops, las guitarras eléctricas y una cantidad de sonidos que se cruzan sin pedir permiso.
Y en ese mapa también está Diego Pérez, músico y productor con quien comparte desde hace varios años distintos proyectos y que actualmente integra junto a Waldemar y Gonzalo Gravina un trío que se encuentra trabajando en su primer disco.
La conversación con ambos permite descubrir algo que está más allá del lanzamiento de un álbum: una manera de entender la música como una práctica permanente de investigación. Como una usina.
El mar como memoria
Paisano del Mar nació mirando hacia Rocha pero no se trata solamente de un disco inspirado en paisajes naturales. Es también una memoria familiar.
Waldemar cuenta que sus padres lo llevaron por primera vez a Santa Teresa cuando tenía apenas siete meses. Desde entonces, ese territorio quedó asociado a una historia personal atravesada por playas, rocas, pinos, familiares, amigos y una relación profunda con la naturaleza. Por eso el disco termina siendo una especie de autobiografía geográfica.
El océano no aparece solamente como paisaje. Aparece como experiencia.
“El ser humano en la naturaleza. En toda la potencia del océano”, dice Waldemar durante la entrevista.
Quizás ahí esté una de las claves de Paisano del Mar: no mirar la naturaleza desde afuera, como una postal, sino reconocerse dentro de ella.
La canción “La Fiesta del Cielo” nació, precisamente, de una noche en la que Waldemar estaba solo en una garita de guardavidas contemplando un cielo que parecía romperse en miles de pedazos de estrellas. Durante una hora y media fue construyendo la canción mentalmente, sin papel, sin grabadora, agregando fragmentos.
Después apareció “Playa Grande”, con su arena dorada, los pastos iluminados, las gaviotas y ese paisaje que lentamente deja de ser paisaje para convertirse en música.
También está “El hombre que caminaba para atrás”.
Tres canciones que permiten entrar al universo del disco desde diferentes puertas. Una mira hacia el cielo. Otra hacia el paisaje. La tercera hacia un hombre y las tres terminan hablando, en el fondo, de la misma cosa: de todos.
La música investiga
Waldemar no parece entender la creación como repetición. Cada canción abre una pregunta.
En Paisano del Mar aparecen raíces percusivas, voces, candombe y elementos vinculados a músicas indígenas, pero también ecos de la música popular brasileña, la bossa nova, el jazz y otras formas que fueron entrando naturalmente en su lenguaje.
La referencia a Berta Pereira y Las Comadres aparece como parte de una genealogía afectiva y musical. No como una cita académica, sino como esa clase de influencia que se instala en el cuerpo porque primero se instaló en el gusto.
“De lo que uno ama”, dice Waldemar cuando habla de las influencias. Dejar que una música desconocida se vuelva familiar y después permitir que algo de ella aparezca transformado en otra cosa.
En el disco hay también una milonguita de amor que termina encontrándose con las percusiones. Hay guitarras que no siguen necesariamente una lógica convencional. Hay experimentación, polirritmia y capas sonoras.
La música no parece querer demostrar que sabe. Quiere descubrir qué puede hacer.
Tres discos, tres caminos
La historia podría terminar aquí pero Waldemar tiene otro problema: no parece saber detenerse.
Mientras prepara Paisano del Mar y trabaja en la salida de Paseando por el Museo Antropológico, también está grabando el primer disco del trío que integra junto a Diego Pérez y Gonzalo Gravina.
Tres músicos. Tres recorridos y una propuesta que tampoco parece querer quedarse quieta.
La formación permite una libertad particular. Gonzalo Gravina en teclados, Waldemar en guitarra eléctrica y Diego Pérez en batería y percusión.
La reducción de integrantes también significa menos obstáculos logísticos, pero sobre todo una mayor posibilidad de interacción.
La prueba está en algo que cuentan casi con entusiasmo infantil: recientemente hicieron dos temas nuevos y en la misma instancia encontraron arreglos, construyeron un funk y también un blues que no existían antes.
La música aparece entonces como conversación. Como juego. Como encuentro. Como una celebración después del ensayo.
Waldemar cuenta que los miércoles, luego de trabajar en el TUMP, compartir música se transforma en una fiesta. Ensayo, conversación, una cerveza después.
Y quizá ese sea uno de los gestos más interesantes de la música popular uruguaya contemporánea: entender que una identidad no necesariamente se construye repitiendo una fórmula.
También puede construirse atravesándola.
Waldemar reconoce en su música ecos de artistas y lenguajes uruguayos. Diego Pérez habla de Fernando Cabrera, Rada y Hugo Fattoruso como parte de esa matriz montevideana que se filtra incluso cuando se está tocando otra cosa porque las influencias no siempre se escuchan de manera literal. A veces aparecen como una forma de respirar. Como un modo de frasear. Como una sensibilidad.
¿Por qué dedicar un disco puntualmente al mar y a la naturaleza?
Waldemar del Río: “Yo heredé de mi madre la pasión por la música y por la naturaleza. Mis padres me llevaron por primera vez a Santa Teresa cuando tenía siete meses. Desde entonces, ese lugar tiene una importancia fundamental en mi vida y también en la vida de mi familia y de mis primos.
Está todo lo que son las playas, los lugares increíbles de roca, los pinos. Me he metido por cuánto rincón. Entonces ese escenario de Santa Teresa tiene una importancia muy grande”.
Entonces Paisano del Mar no es solamente un disco sobre la naturaleza. También hay una historia familiar detrás.
Waldemar: “Sí. Realmente no lo había pensado así, pero sí. Con mis primos, con amigos también. Es la conjugación de las dos cosas: el ser humano en la naturaleza, en toda la potencia del océano”.
Musicalmente aparece el candombe, pero también otras sonoridades. ¿Cómo se unen esos mundos?
Waldemar: “La mayor parte de los temas tienen una raíz muy clara. Son unos cuantos temas que son percusiones y voces. Ya están en YouTube, en Spotify, en todas las plataformas, los tres primeros singles de este disco.
Estamos masterizando el resto de los temas y vamos bastante avanzados. Cuando los tengamos todos los vamos a subir”.
¿Cuáles son esos primeros temas que permiten entrar al disco?
Waldemar: “Uno se llama “La Fiesta del Cielo”. Una noche estaba solo en la garita de los guardavidas y el cielo era una cosa increíble. Se rompían mil pedazos de estrellas. Estuve una hora y media haciendo la canción, pero sin grabar, sin papel, sin nada. Le iba agregando pedacitos.
Después está “El hombre que caminaba para atrás”. Es algo bastante especial porque es un jazz, pero es una canción. La ejecuto yo solo con la guitarra.
Estábamos con mi madre en Playa Grande y pasaba un viejito caminando para un lado y después para el otro, todos los días. Nosotros nos mirábamos y decíamos: “¿Qué hace este tipo que está caminando?”.
Hasta que un día pasó marcha adelante. Entonces dije: “Está, esta es la mía”.
Fui a hablar con él y me dijo que no era por nada en particular. Lo hacía porque era un buen ejercicio y porque prefería vivir en la naturaleza antes que morir en la cama de un hospital.
Es una canción bastante compleja. Tiene estribillo, dos estrofas y después una última parte. Y tontamente no le pregunté si él era “el hombre que caminaba para atrás” por alguna alegoría”.
Y ahí aparece una lectura posible sobre alguien que decide vivir de otra manera, incluso caminar en otra dirección. El tercer single es “Playa Grande”.
Waldemar: “Sí. Está la mujer, la arena dorada, Playa Grande, el verde cobra vida, los pastos se iluminan, la arena se convierte en algodón, livianita como el aire. Y al amanecer las gaviotas se acercan a la orilla.
También estaba “Reina del Mar”.
El disco, salvo el primer y el último tema, tiene una estética y una identidad sonora fundamentalmente indígena. Hay una gozadora tranquila en el medio, pero es otro sonido.
Yo tuve la suerte de conocer a Berta Pereira y me quedé maravillado con eso. Ya era fanático de Berta y Las Comadres. Quizás eso sea de lo que más se parezca como influencia. De lo que uno ama”.
También se percibe una labor de investigación. No sólamente estás componiendo, sino investigando sonidos, músicas e influencias.
Waldemar: “Sí, es así. El penúltimo tema es una milonguita de amor que después termina con percusiones. Y lo que hacen las guitarras no son los acordes clásicos tampoco. Es la figura de la milonga, pero diferente.
Eso ha sido un trabajo de investigación”.
Diego, ¿Cómo llegaste a trabajar con Waldemar? ¿Se conocen desde hace mucho?
Diego Pérez: “Casi cinco años hace que nos conocemos con Walde. Tuvimos la oportunidad de compartir otros proyectos y hace un tiempo él me propuso participar de este trío precioso que tenemos con Gonzalo Gravina.
Y estamos cocinando esto para la presentación en Ensayo Abierto. Estamos trabajando, estamos tocando todos estos temas, que son de un disco precioso. En breve va a estar todo completo para quien lo quiera escuchar y reescuchar”.
Pero mientras están preparando Paisano del Mar, también existen otros proyectos.
Waldemar: “Sí. Estamos trabajando en varios proyectos al mismo tiempo.
Después de este recital, vamos a subir lo que es mi primer disco instrumental, que se llama Paseando por el Museo Antropológico.
Yo estuve en 2002 tocando en el Museo Antropológico de Hamburgo, en un intercambio juvenil. Cuando las computadoras permitieron empezar a grabar audio, grabé unas pistas, otras pistas. Después un día vi que tenía cosas, grabé unas guitarras, empecé a jugar con los loops y me fui a la música oriental, algo de árabe, de candombe.
El último tema tiene como 25 o 30 voces.
Es un trabajo de investigación de la música en sus distintos géneros, geografías y demás.
¿Y cómo fue ese proceso de recuperar materiales que tenían tantos años?
Waldemar: “En realidad fluyó.
En la computadora se empezaron a permitir grabar audio y yo grabé cinco o seis pistas de percusión. Ni me acordaba. Después monté unas pistas y grabé unas guitarras con auto-wah. Empecé a jugar con los loops.
Recuperé una grabación vieja con un palo de agua, que es bien andina. Después grabé “Flor de Oriente”, que es uno de los temas bien orientales.
Ese universo grande de cosas se fue dando sin que yo me lo planteara. Fueron fluyendo”.
¿Influye mucho la familia en tu creación?
Waldemar: “No sé. Yo creo que más la relación con mi madre. Con papá compartíamos mucha música clásica, particularmente Schumann. Hay un disco de Schumann que es todo piano, una cosa de paz, que realmente te lleva dos o tres siglos para atrás, al Renacimiento, cuando lo escuchás. Yo creo que fundamentalmente viene de mis padres.
Después está la familia materna. Somos 27 primos y soy el único que salió músico”.
Lo interesante es que no necesariamente son músicos, pero aparecen referencias familiares en los títulos y en las canciones.
Waldemar: Sí.
¿Qué va a pasar en Ensayo Abierto?
Diego: “Se va a presentar Paisano del Mar y también parte del repertorio del trío.
Estamos viendo también quién puede hacer de telonero o invitado”.
Entonces podríamos pensar que Paisano del Mar y Paseando por el Museo Antropológico tienen una conexión sonora, mientras que el disco del trío va hacia otro lugar.
Waldemar: “Claro. El primer disco del trío probablemente sea para fin de año o marzo, abril.
Son todos temas mucho más pop, más occidentales”.
Diego: “Es una música más amigable para el escucha”.
¿Qué le dirían a alguien que todavía no conoce la propuesta de Waldemar?
Diego: “Waldemar y su propuesta son una propuesta súper musical.
La persona a la que le gusta la música y que vaya a escucharlo en vivo va a empezar a gustar de Waldemar, porque es así. A él se le cae la música por los cuatro costados.
Te diría que no a mucha gente le pasa”.
Y eso es justamente lo que hace interesante la propuesta. No ir por un único camino sonoro, sino investigar diferentes sonidos.
Diego: “Sí. Eso es lo que va a pasar en la presentación. Va a ser todo muy camaleónico. Hay que estar pronto para la sorpresa y eso siempre es bueno.
Contra la corriente
Quizás el corazón secreto de esta conversación vuelva una y otra vez a aquel hombre de Playa Grande.
El hombre que caminaba hacia atrás.
En una cultura que muchas veces empuja hacia adelante con una velocidad casi obligatoria, caminar hacia atrás puede ser una forma de detenerse. De observar. De recordar. De preguntarse por qué todos caminamos en la misma dirección.
La música de Waldemar parece hacer algo parecido. No se queda quieta pero tampoco corre detrás de una tendencia.
Busca. Escucha. Mezcla. Recupera y vuelve a empezar.
Por eso resulta significativo que uno de los temas centrales de Paisano del Mar haya nacido de un hombre que eligió caminar hacia atrás.
Tal vez porque crear también implique eso: desviarse del camino esperado. Ir contra la corriente. Encontrar una voz propia entre muchas voces.
Porque quizás ser uruguayo musicalmente no signifique tocar un único género. Signifique poder llevar varios mundos adentro. El candombe. El rock. La milonga. La bossa nova. El reggae. La música indígena. El jazz. El pop. La memoria familiar. El mar. La ciudad y dejar que todo eso dialogue.
El próximo 12 de setiembre, el espacio cultural Ensayo Abierto será el lugar donde una parte de esta usina se vuelva cuerpo, sonido y encuentro.
Las entradas se pueden adquirir contactando al perfil de Instagram de Ensayo Abierto en este link.