
El Kuelgue nos invitó a subir a su Montaña Rusa en el Parque Rodó
El escenario se encendió y el Parque Rodó recuperó por unas horas el espíritu de los niños para los grandes: una invitación a olvidarse de la lluvia y del reloj.
La lluvia había pasado poco antes por las Canteras. Las gradas del Teatro de Verano todavía estaban húmedas y el frío podía sentirse en la ropa, pero el público había decidido que quedarse en casa ya no era una opción. Había que encontrarse.
Desde temprano se veía en los alrededores esa mezcla de expectativa y reencuentro que tienen los recitales importantes. Amigos que hacía tiempo no se veían, grupos que llegaban juntos, saludos que se convertían en conversaciones largas antes de entrar. Después de la lluvia, Montevideo parecía haber decidido salir de todos modos.
Cuando Julián Kartun apareció sobre el escenario, no parecía simplemente el cantante de una banda. Por unos minutos encarnó a un vocalista salido de otra época, una figura de arrabal que parecía haber quedado atrapada entre una vieja pista de baile y un escenario de variedades. Después apareció el payaso, la exageración, el gesto desbordado y, en algún momento, también la fragilidad de niño.
Kartun cambia de voz, de postura y de personaje como si lo habitaran todas las almas que alguna vez supieron bailar.
A su lado estaban Santiago Martínez, en teclados y voz; Juan Martín Mojoli, en bajo; Benjamín López Barrios, en guitarra; Pablo Vidal, en saxo; y Tomás Baillie, en batería. Son seis músicos que parecen entenderse incluso cuando la música cambia de dirección.
Kartun es el rostro más visible, pero reducir El Kuelgue a su cantante sería perder una parte esencial del espectáculo. Mientras él se transforma, la banda permanece atenta a cada giro y cada uno aporta su escencia.
El bajo de Mojoli y la batería de Baillie construyen una base capaz de desplazarse de un ritmo a otro sin perder estabilidad. Los teclados de Martínez abren caminos y funcionan también como contrapunto de Kartun. López Barrios entra con la guitarra cuando la canción pide tensión y Vidal convierte el saxo en una pieza decisiva del sonido del grupo.
Desde afuera, El Kuelgue puede parecer una banda a punto de desarmarse. Desde adentro de la música, todo está en su sitio.
Detrás del juego hay trabajo.
Hay rock, bossa nova, funk, música rioplatense, pop y una cantidad de referencias que aparecen y desaparecen sin pedir permiso. El humor forma parte de esa mezcla, pero nunca termina de separarse de la música. Una canción puede abrir una escena y una escena puede terminar convertida en canción.
Kartun había hablado antes de llegar a Montevideo de la importancia del juego en la identidad de la banda. En el Teatro de Verano no hizo falta explicarlo. Alcanzaba con mirar el escenario.
Un mantel sobre la mesa
El repertorio de Díscolo ocupó buena parte de la noche.
Sonaron “Buena tela”, “Haditas”, “Bailo cuando llega la comida”, “Vos y la mancha”, “Barry Lindo”, “Loquero Viejo”, “Boxes” y “Nos entendemos”, canciones de un disco que parece mirar hacia atrás sin quedarse atrapado en la nostalgia.
La portada de Díscolo muestra un mantel bordado. Es uno de esos objetos que alguna vez aparecían sobre la mesa cuando había algo que celebrar y que, una vez guardados, podían permanecer durante años en un cajón.
La imagen funciona también para entender parte del disco. El Kuelgue mira hacia las cosas que tienen una historia detrás: objetos, canciones, gestos, recuerdos. En una época en la que todo parece fabricado para durar poco, hay algo deliberadamente antiguo en esa decisión.
Pero el escenario no se parece a un museo.
Las canciones de Díscolo conviven con el repertorio anterior y se transforman cuando pasan por los seis músicos. “La Máquina”, grabada junto a No Te Va Gustar, volvió a funcionar como uno de los puntos de encuentro entre ambas orillas.
El vínculo con Uruguay viene de lejos y ya forma parte de la historia de la banda. El Kuelgue comenzó a tocar en Montevideo hace más de una década y desde entonces regresó varias veces.
El público conoce esa historia.
Y también conoce las canciones.
Jugar a ser otro
Kartun puede ocupar todo el escenario sin quedarse nunca quieto dentro del mismo personaje.
Cuando parece haber encontrado una forma, la abandona. El vocalista de otra época deja paso a la figura de arrabal; el personaje exagerado se convierte en payaso y, de pronto, aparece una criatura más frágil. Puede cambiar una frase, exagerar un gesto o transformar una canción en una pequeña escena teatral.
La influencia de la televisión argentina de los años noventa, especialmente de Cha Cha Cha, aparece en ese sentido del humor que no necesita demasiadas explicaciones.
Pero hay algo más interesante que el personaje.
Es lo que ocurre detrás de él.
Mientras Kartun juega, la banda trabaja.
Martínez, Mojoli, López Barrios, Vidal y Baillie tienen que seguir cada cambio sin que el espectáculo pierda su dirección. La apariencia puede ser caótica; la música necesita precisión.
Esa tensión sostiene buena parte del recital.
El Kuelgue puede permitirse el desvío porque conoce el camino de regreso.
Rodra
El vínculo con Uruguay volvió a aparecer en uno de los momentos más celebrados de la noche.
Sono “Carta para no llorar” y todos nos quedamos embobados. En el escenario apareció Rodra, la artista uruguaya que llegó para compartir la canción con Kartun.
Rodra es el nombre artístico de Lucía Rodríguez Esperón, cantante, compositora, escritora y docente que viene construyendo su lugar en la escena uruguaya desde hace varios años. Su música parte del rock y se abre hacia el pop y otros territorios, una búsqueda que en Cosas que no mueren, su trabajo más reciente, aparece con especial claridad.
Sobre el escenario, la distancia entre una banda argentina y una cantante uruguaya duró exactamente lo que dura una canción. Ese charco que se salva un verano en Piriapolis y un chiquilin de Rosario se pone a hacer un castillito de arena con uno de la Aguada. Asi de chicos son los puentes que debemos cruzar para abrazar la otra orilla.
“Carta para no llorar” creció con la presencia de Rodra y encontró en el Teatro de Verano un lugar distinto al de sus versiones anteriores. La canción, originalmente grabada por El Kuelgue junto a Zoe Gotusso, ya forma parte habitual de su repertorio en vivo.
El público respondió cantando.
Durante unos minutos, el Teatro de Verano dejó de parecer una sala de conciertos para convertirse en algo más parecido a una reunión de amigos demasiado grande para entrar en una casa.
También le tocó al Indio
Después llegó el Indio.
La guitarra y el saxo comenzaron a insinuar “Todo un palo”, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y la reacción del público fue inmediata.
La canción no necesitó presentación.
Hay temas que pertenecen a una banda y otros que, después de suficientes años, pasan a formar parte de la memoria de varias generaciones. “Todo un palo” pertenece a esa segunda categoría.
El Kuelgue ya había incorporado el tema a su recorrido de 2026, en una versión instrumental en la que el público termina ocupando el lugar de la voz. En Montevideo, la respuesta volvió a demostrar que algunas canciones no necesitan ser explicadas para ser reconocidas.
Rodra y Los Redondos podían parecer dos referencias demasiado alejadas entre sí.
En El Kuelgue entran en la misma noche.
También entran la bossa nova y el rock, el funk y la música rioplatense, el absurdo televisivo y las canciones nuevas.
No porque la banda busque demostrar cuánto sabe.
Porque esa mezcla forma parte de su manera de hacer música.
La fiesta no quería terminar
A medida que avanzaba la noche, Díscolo dejaba de ser simplemente el disco que había llevado a El Kuelgue hasta Montevideo.
Se convertía en parte de un repertorio más grande.
Las canciones nuevas encontraban su lugar junto a las anteriores. Kartun iba y venía entre la música y el teatro. Los instrumentos de viento abrían espacios inesperados. La guitarra, el bajo, los teclados y la batería mantenían en movimiento una maquinaria que podía cambiar de dirección sin perder velocidad.
El público hacía su parte.
Cantaba. Bailaba. Se abrazaba. Se encontraba.
Había pocos teléfonos levantados. Es imposible grabar y bailar al mismo tiempo.
Durante unas horas, la semana quedó afuera del Teatro de Verano.
Quizás ahí esté una de las claves de El Kuelgue. No necesitan pedirle al público que vuelva a ser joven. Les alcanza con recordarles que todavía pueden divertirse.
El espectáculo terminó y, como suele ocurrir cuando un recital consigue algo parecido a una fiesta, nadie parecía demasiado apurado por marcharse.
Al igual que a mí, a muchos tuvieron que invitarnos a retirarnos.
No solamente porque habíamos encontrado caras que hacía tiempo queríamos volver a ver. También porque durante un par de horas habíamos aceptado la invitación de una banda que entiende el escenario como un lugar donde todavía se puede jugar sin pedir permiso.
El Parque Rodó estaba otra vez tranquilo.
La lluvia había quedado atrás.
El reloj volvía a correr.
Y la Montaña Rusa había terminado su recorrido.
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