
Noviembre 2022
Juan Casanova es dueño de una voz singular que arrastra cuarenta años de presencia en nuestra memoria colectiva. Brillante y con un filo agudo que siempre ha sido su marca, encarna la rabia más visceral de la generación signada por la dictadura, o da paso a la triste ternura con la que puede, aún hoy, preguntarse quién pondrá flores en su tumba.
Voz, textos y músicas siguen conjugándose en presente. Su decir de la soledad, del desgarro, de un mundo hecho para unos pocos a costa del sacrificio de muchos, mantienen una actualidad que las noticias se empeñan en renovar una vez y otra vez más. Desde las letras que en el 85 sacudieron el avispero con Montevideo Agoniza (recientemente reeditado en vinilo) hasta el Ad hoc Manifesto que se recita con furia sobre la demoledora base dub de Vaimaca, banda a la que sin dudas habrá que prestar oído; las letras de Juan siguen diciendo.
Poesía de Guerra, el disco que sirvió de excusa para el reencuentro con el público en La Trastienda, es una relectura de canciones ya clásicas, esta vez arropadas por el trabajo de Luciano Supervielle, y una tropa de músicos que sostienen el fuego del buen rock.
Luis Angelero, instalado sobre la derecha del escenario fue el encargado de abrir el espectáculo con temas de su disco Lejos de 2021. Algo fugaz y Desesperación, instalaron un clima íntimo, de reunión familiar o encuentro con amigos. Así, La Trastienda se vio envuelta en un ambiente que rescata lo mejor de un pop macerado en el pos punk inglés con pinceladas diáfanas y delicadas desde la guitarra y un pulso vibrante en la batería. Las voces de Angelero y Rodríguez calzan muy bien en ese ambiente de espacio breve y palabra a veces susurrada, pero siempre contundente.
Laura Chinelli prestó su voz y su presencia a una nueva versión de Flores en mi tumba, esta vez con un arreglo de piano y cuerdas hecho por Luciano Supervielle, presente gracias a la tecnología, ya que se encuentra de gira con Bajofondo.
Se suceden temas de Assimo (Las toscas, El poder de los sueños, Eutimia) que se combinan con temas más personales de Traidores (Bailando en la oscuridad, Profunda medianoche, Máquina).
Algo del bufón signado por la soledad, la melancolía y la desesperación de no encontrarse nunca, vibra en estos temas, que recogen el vacío y la desazón de una generación que sigue sin saldar deudas con su pasado, y los hacen canción.
El público, mezcla de cincuentones y veinteañeros corea y baila, envuelto en una luz azul y el sonido de tres guitarras, teclado, bajo, batería y quien sabe cuantos efectos sampleados. Indios de Legiao Urbana cierra esta primera parte.
Juan oficia de anfitrión, presenta a cada músico invitado, saluda a muchos en el público, ríe, advierte que hará una pausa en el show para ir “hasta allá -señalando la salida- a fumar, y vuelvo”, invita a los presentes a firmar una petición en contra de los acuerdos confidenciales entre los gobiernos y algunas multinacionales (UPM, Pfizer).
Tras la pausa, Vaimaca Dub puso a todo el mundo a bailar, primero con temas propios, y luego poniéndole todo el groove del mundo al Manifesto que entre otras cosas grita que “la libertad se toma, no se pide prestada”, o hacen de Viviana una versión aún más bailable que la original.
Garo Arakelián, una de las guitarras más personales del rock uruguayo de los últimos treinta años sube a tocar De amor y de guerra y Radio Babilonia, y canta -a dúo con Juan- Shangrilá, uno de sus temas propios. Garo juega siempre para la canción, se ciñe a lo suyo atento siempre al pulso que marca la banda. Disfruta el momento, se presta a la fiesta. Es uno de los guerreros de la vieja guardia; viste de negro y nos recuerda que vivir en Uruguay es siempre un tanto cuesta arriba.
La banda suena sólida, compacta, con un groove rockero que es marca registrada del punk criollo. Las capas de sonido se superponen, pero se escuchan claramente, lo cual es siempre un pequeño milagro en un espectáculo tan cargado de electricidad. A esa altura, hace rato ya que lo intimista dio lugar a la fiesta y al goce.
Como cada vez que lo he visto sobre un escenario, Juan anuncia con su mejor sonrisa que no harán bises. Esos gestos a medio camino entre la amabilidad y la corrección política nunca han sido lo suyo. Sin mayores aspavientos la banda encara los últimos dos temas: La muerte elegante y Canción Rebelde, el descarnado relato de la masacre del Hospital Filtro en el lejano y oscuro 1994, que levanta una vez más la siempre necesaria poesía de guerra.














































