
Sabina cuelga con HOLA Y ADIÓS sus guantes de piel de poesía y guitarra trasnochadora, rellenos del polvo de la carretera ya la manta y el intenso carmín de las mil veces mil y una noches, remendados tantas veces con el hilo de la derrota y la hebra de la esperanza, y preparados para ofrecernos un último nocaut emocional de más de dos horas de duración con una veintena larga de temas que son ya plegarias universales del sueño imposible del amor y el querer meterle mano a la vida. HOLA Y ADIÓS será la despedida escénica de una garganta que, sin destilar, rezuma impía e impúdica verdad; de un bombín que es sinónimo de golfería y caballerosidad; de una icónicasilueta perfilada con humo de cigarrillo y güisqui sin soda.
Con HOLA Y ADIÓS, la última vuelta al ruedo de Sabina, se cierra un círculo que abarca medio siglo desde sus primeras apariciones públicas, cuando hacía la calle en el metro londinense, durante su autoexilio en las postrimerías del franquismo. Un incierto punto de partida para alguien que, tras cabalgar a lomos de los vertiginosos ochenta con un bello lirismo urbano y poli tóxico que excedía el ámbito de la canción de autor, traspasó durante los noventa la frontera de profeta en su tierra para entrar definitivamente en el nuevo milenio bajo la categoría de mito internacional: desde Tierra de Fuego hasta el Desierto de Sonora, precedido por una leyenda disoluta y un sólido e impresionante torrente de canciones indelebles alojadas en una discografía totémica. Aquel suburbano de la City le tenía guardadas a Joaquín paradas en los escenarios más legendarios del mundo, algunos de los cuales, volverán a sentir, por última vez, el peso ligero de las suelas del Flaco, el peso pesado de sus canciones, en este próximo y definitivo HOLA Y ADIÓS.
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