
Bitácora, viernes — Día 1. Cosquín Rock Uruguay
Guitarras, galpones y almas en remojo: crónica del primer día
Llegamos cuando el sol ya empezaba a rendirse. La Rural del Prado nos recibe con el mismo aire de otros años: frío de otoño, olor a pasto húmedo y ese ritmo agitado que tienen los festivales cuando recién prenden motores. Las pantallas dicen lo que muchos sentimos: “Cinco años de música, de manija, de amigos, de pogo”. Pedazo de título para recibirnos, ¿no?
En el ruedo, una protección de baldosas plásticas hasta la mitad del predio nos da cierta seguridad y tranquilidad en caso de lluvia. Los escenarios Antel 1 y Antel 2, plantados en un extremo como dos bestias que se turnan para rugir, marcan el pulso. No hay pausa, cuando uno baja la palanca, el otro ya está explotando. Y así, en bucle, el vértigo nos lleva a mil. No queda otra que ir pivoteando entre escarnios abiertos y galpones.
A unos pasos del centro del caos, entre galpones de ganado devenidos en baños y calles internas, aparece otra frecuencia. El escenario Volkswagen, arranca temprano con los representantes de la ciudad de Cardal, Florida. Vitrola Sur, con 23 años de ruta, no desaprovecha la oportunidad de ser parte del festival. El sonido es preciso, la actitud arriba del escenario contagia. Abajo, miradas atentas y conversaciones entusiastas. Se nota que hay quienes los siguen de cerca, comentan con alegría lo bien que se los ve, celebran cada gesto, cada acorde. Hay algo de orgullo compartido en ese momento. Como si verlos ahí arriba fuera también una forma de llegar.
No hay tiempo para bajar un cambio ni para tomar aire. Apenas el cuerpo empieza a adaptarse al ritmo del día, aparece Agustina Giovio y algo se sacude. El Antel 2 entra en una especie de trance eléctrico; luces, cuerpos que se contorsionan, una banda que no acompaña —embiste. Giovio se adueña del escenario como si viniera de otro plano y lo convierte en territorio propio.
Un poco más allá, el Galpón de la Catalina propone algo distinto. Una especie de tablado encerrado, más parecido a una carpa circense, con la murga como protagonista y una gran cantidad de invitados.
Cuando el cielo empieza a teñirse de cobre, Nafta baja el ritmo y el cuerpo agradece. El groove flota suave, se mezcla con la brisa y las caras encendidas. Hay algo hipnótico en la música que envuelve sin apuro. Pero la calma dura poco.
Trotsky entra como piña al pecho. Peluffo lanza una frase que parte la noche, y el predio se transforma en un grito colectivo. Distorsión, banderas, pogo. Es más que un show, es un ritual. Después, Indios baja el tono con elegancia en el escenario Volkswagen, dejando un repertorio que conformo al público que acompañaba.
En el otro escenario, el aire cambia otra vez. Vuelve Abuela Coca después de siete años y eso se siente. No hay nostalgia, hay presencia. Abrazos en el escenario, gritos del público. Algunos llegan corriendo, otros simplemente estaban ahí, esperando. No hay nada demasiado pulido en lo que ocurre, pero todo encaja.
La banda suena como si nunca se hubiera ido. Entre metales, percusión y cuerpos sudados, el reencuentro se vuelve físico. En un momento, Chole se lanza al público y lo sostienen como se sostiene algo que no se quiere soltar. Brown lo da todo en los clásicos de siempre. No faltó nada para que el regreso se sintiera como fiesta. El público lo agradece, pero no alcanza. Hay cuentas pendientes. Y será necesario que vuelvan a aparecer. Porque esto, queda claro, recién empieza a saldarse.
La noche ya se instaló sin pedir permiso. La grilla muta. Miranda activa el campo con luces, pantallas y esa psicodelia que no pide permiso. Sobre el escenario, carisma a chorros; abajo, nadie se queda quieto. Aunque no sea la banda de cabecera, todos tararean algo, bailan sin querer, corean estribillos como si se los supieran de siempre. Hay algo festivo en el aire, una alegría despreocupada. Y eso, a esta hora, alcanza.
Y entonces, como si la jornada necesitara un revés final, Dillom aparece con la guitarra colgada y una oscuridad densa sobre el escenario. Lo suyo no se explica: hay que escucharlo, mirarlo, dejarse sacudir. Crudeza, distorsión y letras que interpelan. Otro lenguaje, otra velocidad. Un artista que dramatiza heridas y construye un nicho sonoro donde se despiertan gritos y aplausos. El público más joven lo sigue como a un profeta oscuro.
A esa altura de la noche, la intensidad no baja. El Cuarteto de Nos mete pogo, ironía y canciones nuevas. La edad de los cuerpos no importa; todos saltan con lo que queda. Hay algo de bastión en esta banda, un punto de encuentro para generaciones que se niegan a soltar sus pequeños reductos de resistencia. Cantamos como si los estribillos nos defendieran del paso del tiempo.
Después, Buitres. La banda suena a historia y a presente. Pasan todos los clásicos, coreados por miles de voces gastadas y otras recién llegadas. Hay adolescentes, incluso niños con remeras de la banda, saltando al lado de quienes los escuchan desde hace décadas. El campo se vuelve un puente generacional, un fogón de guitarras eléctricas y memoria. Se siente el reconocimiento del público, que reafirma su lugar como emblema vivo del rock uruguayo.
Ya en el final, La Kermesse oficia una especie de rezo colectivo. Himnos, pogos y la mística ricotera intacta, sin necesidad de maquillajes ni aggiornamiento. Solo potencia cruda, y eso alcanza. Desfilan varios clásicos del universo Redondo, que a esa altura de la noche —tras ocho horas de música y fiesta, logran levantar un pogo interesante. El mérito no es menor; el público ya tiene varios carnavales y horas de vuelo encima, pero aún le queda cuerda para saltar hasta el último acorde. Queda el eco de canciones que no necesitan presentación y la huella de miles de cuerpos marcando el paso.
Así termina el primer día del Cosquín Rock Uruguay. Con las piernas cansadas, el cuerpo sucio y el alma un poco más liviana.
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