
Montevideo tiene sus rincones escondidos y uno de esos, es el UNDER Bar. Un sótano con olor a humedad y a amplificador caliente. Ahí, el jueves 24, pasaron cosas; la MV Blues y Rock Jam. Una movida con historia y alma nómada, que arrancó hace un tiempo en el Shannon Irish Pub, siguió en el desaparecido Bien Bar, supo ocupar un lugar en el Qué Atrevido, y ahora respira entre las paredes del UNDER Bar (ex Tazu), donde el techo bajo y las luces tenues crean el clima perfecto de intimidad e improvisación
Detrás de toda esta movida están los impulsores de la Jam con un equipo estable integrado por; Gabriel Varesi en guitarra, Paco Pintos en bajo, Diego Bonomo también en guitarra y Tote Fernández en batería. Músicos con trayectoria y sobre todo con ganas de armar un movida que no dependa de productoras o grandes organizaciones. Particularmente el pasado jueves, el bajo lo llevó Lucas Rueco, porque la Jam es así; un organismo vivo que se adapta, respira y no repite fórmulas.
Por lo que puede ver, la idea no es solo zapar. Lo que hace especial a este ciclo es que tiene un concepto, una dirección. No es “subí y tocá lo que quieras”, sino más bien una invitación a jugar con un tema común. Una suerte de ejercicio colectivo. Ya pasaron ediciones como Hendrix vs Clapton, Rolling vs Beatles y esta vez fue el turno de MTV Unplugged. Ese formato que marcó una época y bajó el volumen de los años noventa, revelando lo que había detrás del ruido.
Así empezó la noche. Fernando Garaza, voz de Tensión, fue el primero en subir. Abrió con Changes, de Ozzy Osbourne, en un mini tributo íntimo y sentido al llamado “príncipe de las tinieblas”. Voz al frente, luces bajas, el público sentado en mesas, en modo restobar, escuchando mientras llegaban las papas fritas o el segundo vino. Después sumó dos de Clapton: Wonderful Tonight y Old Love. Un comienzo con tono melancólico, como si la jam necesitara respirar hondo antes de saltar al fuego.
Después fue el turno de Urbana Blues, con Jackie Hendler en la voz. Se mandaron con My Babe de Little Richard y sorprendieron con Fanky, de Charly García. Un cruce de épocas y estilos, bien llevado, tranquilo. Pablo Reyes subió al escenario para una combinación difícil y efectiva: Génesis de Soda Stereo en versión acústica y Plush de Stone Temple Pilots, con esa densidad noventera que el unplugged sabe abrazar.
Rafael Torrado subió con Wish You Were Here de Pink Floyd. Y no hizo falta más. La cantó con respeto, con presencia y el público la recibió en silencio.
Después vino Fer O-Smith, con dos temas que marcaron su generación: Bring Me To Life de Evanescence y The Man Who Sold the World en la versión que inmortalizó Nirvana en su unplugged. A su lado, Diego Bonomo —guitarrista de Fer O-Smith, La Santa y participante de La Voz Uruguay— fue sostén, textura y presencia fundamental. Tocó también en Wish You Were Here, Old Love, Bring Me To Life y The Man Who Sold the World. Su guitarra fue una especie de hilo conductor; sobrio, claro y muy preciso.
Cecilia Bueno trajo el espíritu del Flaco con Bajan, y cerró su paso con Rezo por Vos, ese clásico que todavía duele y alivia a la vez. Su interpretación fue delicada y fresca
Noe Santana la rompió con Hand in My Pocket y se animó a una versión sentida de King of Pain, como la que Alanis Morissette grabó en su Unplugged. Estuvo acompañada por Quique Priore en guitarra, que más tarde también agarró el micrófono para hacer Times Like These y Big Me, de Foo Fighters. Lo suyo fue firme y seguro, con esa entrega tranquila de quien ya está cómodo en el escenario.
Daniel Sosa hizo lo suyo con dos clásicos de Soda y Charly: Ciudad de la Furia y Cerca de la Revolución. Canciones que todos conocemos, pero que encontraron una nueva manera de decirse. Cecilia Martinez puso el alma en dos de Alicia Keys: A Woman’s Worth e If I Ain’t Got You. Su voz, entre el soul y lo íntimo y sin levantar la voz.
Electra se despachó con Dónde Están los Ladrones, de Shakira. Una elección inesperada que funcionó justo por eso: por salirse del libreto. La cantó con toda la actitud, atrevida, irreverente. Después Agustín bajó las luces con Nutshell, de Alice in Chains. Cantó con la mirada al piso, la voz contenida. Como si no hubiera nadie. Y así lo escuchamos, como si no hubiera nada más alrededor. Fue un momento breve, pero denso, como si el aire se hubiera espesado un poco.
Al final, cerramos con una versión despareja y festiva de Juntos a la par, como quien intenta entonar un himno después de varias copas. Se cantó a los tumbos, desde distintos rincones, con más ganas que afinación. Una especie de hinchada emocionada, celebrando lo vivido. No llegamos ni a la mitad de la canción, pero tampoco hacía falta. Lo que quedó fue esa intención compartida de estirar un poco más la noche. La pasamos genial. Un muy buen plan para un jueves, para cortar la semana con música en vivo y entre amigos.












































