
Estreno de un nuevo recorrido del proyecto Montevideo Sonoro. Es una mañana fresca, al principio chispeaba pero parece que se va a aguantar y podremos hacer el paseo sin agua. La gente se empieza a hacer presente en el lugar de encuentro: la plaza Juan Ramón Gómez. Hay encuentros, abrazos, mucha gente con mate y termo aunque otros compran café en un lugar cercano. Se arma una fila ordenada para retirar los auriculares, donde suena en loop la canción emblema: Montevideo de Diego González, que habla del perfume a vainilla de la garrapiñada y no sé por qué no hay un carrito ahí mismo ofreciendo esa noble golosina.
Mientras nuestro anfitrión Carlos Dopico anuncia el debut, varios grupitos aprovechan para sacarse selfies con los auriculares puestos, con mucha expectativa.
La introducción es con la historia de este proyecto creado por dos canarios: Daniel Machín y Gabriel Bentancur que comenzaron colocando stencils con QR en ciertas esquinas, que remiten a canciones o videos relacionados con el lugar. El caudal de información les desbordó, por lo que fue necesario crear una web y un libro (que se ofrece al final del recorrido junto a Hoy como ayer del propio Dopico). Presenta al equipo, donde Santiago Casafúa se convertirá en nuestro DJ. La tecnología de Domo Silent nos permitirá realizar este recorrido inmersivo donde la propuesta es generar un “cardumen” de gente donde cada uno haga el paseo a su ritmo, aprovechando cada espacio del territorio; mientras nos cuida el equipo de seguridad compuesto por Matías y Edward.
Arrancamos con candombe, no podía ser de otra manera. Personajes del barrio son nombrados, de esos que nos podemos cruzar en cualquier momento por la vereda. Se empiezan a mover las patitas, mientras se comparte una bolsa de bizcochos. Se menciona que fue el Día de la Mujer Afrodescendiente y se describe el toque Ansina como exhuberante. La historia del barrio Palermo es similar a la del Barrio Sur, relacionada con el avance de la ciudad a otros territorios, y las consecuencias que estos movimientos tuvieron (y tienen) para los sectores menos favorecidos de la sociedad. Dopico nos lleva a imaginar esos campos desolados y como fueron poblados paulatinamente por inmigrantes italianos, especialmente sicilianos. De ahí el nombre del barrio.
Pasamos a escuchar un tema creado en una esquina cercana, mucho más actual, y aprovechando los adelantos técnicos que permitieron la grabación de música fuera de los estudios profesionales. El relato no sólo habla de historias de músicas y sus creadores. También nos cuenta la historia de algunos avances científicos y tecnológicos a través del tiempo.
Nos movemos a la otra punta de la placita y debemos esquivar las mesas de una parrillada que allí funciona, cuyo personal empezaba tranquilamente a acomodar manteles y vajillas. Algunos mozos se colocan brevemente los auriculares para tratar de entender de qué se trata esa invasión de personas en su espacio de trabajo, y se sacan fotos con el grupo como fondo, como si fuéramos una atracción (que somos).
El relato de Dopico sobre una canción compuesta cerca de esa esquina es tan vívido, tan conmovedor que le da otro significado a la letra, ya no volverá a sonar igual para nosotros.
Mientras nos movemos por el barrio, podemos apreciar la arquitectura baja, los patios internos con plantas y hasta palmeras. Esos detalles que no se aprecian cuando se anda apurado por la ciudad.
Estamos llegando a la casa de mi prima, se me ocurre avisarle que se asome. Nos encontramos en su puerta y pido un auricular para que pueda escuchar por un momento y entender qué hace esa multitud frente a su casa (ahí descubro que es vecina de una conocida artista); pero una de sus pequeñas hijas aprovecha la ocasión, se coloca el aparato y ni corta ni perezosa, sale a la calle en pijama de pantera rosa, uniéndose a la escucha con atención plena. Fue tan rápido el movimiento, ella se sumó con tanta naturalidad al colectivo, que me asombra: hizo propia su propia vereda, sólo por escuchar en silencio un relato que habla de arte y artistas. Ya si este proyecto hace que los niños y niñas vuelvan a ser los dueños de la vereda, valió la pena.
Un único punto malo en este recorrido: por supuesto ajeno a sus creadores: debemos estar atentos a dónde pisamos. Evidentemente hay falta de cultura cívica en el barrio, los perros dejan sus cacas en la vereda y durante todo el paseo vemos a gente primero patinando, luego puteando, finalmente tratando de limpiar sus zapatos. Realmente mucha falta de responsabilidad, por parte de los dueños de esos canes.
Pero también hay cálidas devoluciones. Mientras cruzamos la calle, escuchamos por el micrófono de Dopico a una señora que se le acerca y confiesa: “esto es más curativo que una terapia”. Todos sonreímos, conmovidos.
Seguimos recorriendo, pasamos junto a un camión que está empezando a bajar una mudanza y algunos bailan y saltan al ritmo de una canción que Dopico nos explica cómo fue grabada. Conocemos detalles contractuales con grandes corporaciones, y aprendizajes de artistas muy conocidos hoy y muy noveles en aquel momento.
Seguimos con otro candombe (será una constante en este barrio, era una fija) mientras algunos sacan fotos a un grafiti que muy apropiadamente dice “cumbia y carnaval”. Las paredes de esta zona están profusamente cubiertas de pinturas y grafitis, también de esculturas.
Luego de atravesar una concurrida feria barrial donde se aprovecha para comprar tortas fritas, pasamos por la puerta de la Casa de la Cultura Afro; algunos aprovechan y entran a visitarla. Ansina está presente en las calles, en su gente, en la música que cuenta la historia del conventillo y su desalojo. Es nuestra historia reciente también.
El sol abriga y nos acaricia en un momento en que el viento empieza a hacerse sentir. En este barrio hay pocos edificios en altura, entonces podemos apreciar las macetas en las azoteas, las Santa Rita trepando por las paredes, los árboles retorcidos pegados al lado de puertas con decenas de timbres que muestran que por un estrecho corredor hay cientos de personas viviendo en los centros de las manzanas. Suena un tango y también veo los farolitos de hierro y vidrio, no los había visto hasta ahora que la música me lleva a esas esquinas mal iluminadas, la letra que habla de paredes con goteras, de boxeo y del tambor. Hay muchas rejas, si, pero no todas son recientes. La mayoría tienen años de herrumbre y preciosos diseños que alhajan fachadas y puertas.
Nos vamos acercando a la rambla y suena un candombe viejo en versión nueva. Primera vez en estos paseos que oigo una carcajada ante una anécdota, qué lindo es reírse de a muchos. Escuchamos más historias de barrio, experiencias cotidianas que artistas con mucho talento convierten en poemas y canciones.
El paseo termina mientras recordamos infancias de otros tiempos, cuando se ponía el judas por un vintén; el viento sur nos espera y nos recibe, Sopla cruel pero el corazón está tibio por los relatos y el cuerpo caliente por tanto tambor.
Fue una mañana distinta, que rompe con la rutina ciudadana. Nos convocan a referenciar, a recomendar estos paseos, nosotros somos quienes podemos colaborar para que este proyecto autogestivo continúe y siga abarcando otros barrios.
Luego del aplauso con varios ¡bravo! nos despedimos con una última canción, que tenía que ser un candombe. Y nos vamos con muchos más datos y la curiosidad de ir a revisar el videoclip y encontrar los detalles que hasta ahora no habíamos visto.
Un éxito este nuevo recorrido por Palermo, de los más conmovedores hasta el momento. Recomiendo de corazón que lo experimenten así como todos los otros: Ciudad Vieja, Barrio Sur, Malvín, Prado, Parque Rodó. Todos tienen su magia y además nos permiten un espacio y tiempo de conocimiento, disfrute e introspección que se lo recomiendo a cualquiera. Salú.











































