
A finales de los 80, desde la mismísima cuna de esa bomba de humo que llamamos Hair Metal, o Glam Metal en que convivían desde los desprolijísimos Motley Crue a los carilindos Poison en medio de una salsa de distorsion, misoginia y canciones tribuneras, el Apetite for destruction saltó al mundo como una gigantesca patada en los huevos.
Desde el acorde inicial de Welcome to the jungle hasta el golpe en el redoblante y los platos de Rocket Queen, aquellos cinco forajidos nos metieron en un intensivo que arranca en Led Zep y recorre todo el filo de AC/DC, sin renunciar a nada lascivo, potente y con un garbo que se te metía en las caderas y te dejaba bailando como un poseso. Y enchufado a 220.
Después -demasiado rápidamente- llegó el después. La fama, las giras mundiales, los excesos de todo tipo, las power ballads que arrimaban “minitas” al fogón, las botas tejanas, las declaraciones más rednecks del mundo, y una ambición capaz de devorarse todo el filo de una banda de rock en un disco doble que resultaba so fucking pretentious para 1991. Cobain y la movida de Seattle (de la que solo queda vivo el tímido Eddie Vedder) fueron el violento boleo en el trasero que los sacó de mi radar.
Si con GN’R el rock se revitalizó, cuatro años después el rock murió y fue enterrado sin decoro en un titanic musical llamado GN’R. Desde esa premisa me meto, a mis casi cincuenta y rodeado de mis amores más lindos en el anillo 2 del Estadio Centenario. Casi como quien va a ver a un pariente internado, esperando que nada desbarranque.
En 2022, el agua bajo el puente ya dió unas cuantas vueltas al mundo, se evaporó y llovió sobre mojado unas cuantas veces. Sobre eso bromeamos con mi amigo de la adolescencia y con mi hijo adolescente, que ni proyecto era en 1991 cuando yo tenía su edad. Para los gunners, por suerte, también ha llovido lluvia fría de noviembre. La llama, al borde de la extinción tantas veces, inexplicable y mágicamente sigue viva.
It’s so easy, y Mr. Brownstone, permiten calentar la garganta de Axl Rose, ponen a la tribuna de pie y desatan un pogo moderado en el campo. Sirven también para dejar bien claro -de pique- que Duff Mc Kagan es una hilera de granito sobre la que se puede edificar una mansión, o una torre de apartamentos. Su bajo es potente, grueso, melódico en extremo cuando la canción lo pide, rítmico como un metrónomo, con un swing arrollador siempre. A su sonido le agregó (algo que no recuerdo haber visto antes) un prolijo trabajo de coros, sosteniendo la voz del cantante que no siempre logra estar a la altura del registro amenazante que supo tener en 1987.
Slash es la quintaesencia del guitar hero, no cabe otra definición. Se toca todo lo que le pongan por delante, sin transpirar, sin perderse, y es capaz de meter guiños y variaciones y condimentos de todo tipo en la salsa en la que nos fue cocinando durante tres horas. No sé cuanta gente ubicó Ramble de 1958 en la intro de Welcome to the jungle. La elección no es casual: es el único tema musical censurado en su momento por las radios en USA. Demasiado sexual para 1958. De esos gestos ha hecho un arte el melenudo al que no se le cae la galera ni aun estando parado de manos. Porque sí, luego de despedirse regalando púas al público, el abuelo de los rulos y los lentes, se paró de manos como saludo final a los que ya apuraban la salida escaleras arriba en la tribuna.
Axl había llegado en medio de una tormenta de memes de Mickey Mouse hechos como cruel advertencia sobre su voz. O su falta de voz. Es cierto, no desafina, no deja de llegar a los agudos, pero cuando llega pierde volumen. Entonces hay momentos en los que suena como una spika compitiendo con el último equipo de audio y la máquina de demolición que es la banda. Pero se mantiene, parece divertirse, y -disculpen la insistencia- se sostiene durante tres horas al frente de la banda, y de cara al público y la noche.
El batero Frank Ferrer no tiene la frescura y el golpe liviano y swingeante de Steven Adler, pero Matt Sorum jamás lo tuvo y la banda grabó 30 canciones con él. Richard Fortus no es Izzy, nadie lo es. Por algo sin Izzy la banda no volvió a componer un clásico; pero toca la rítmica con precisión, y cada tanto, tímido, se arrima a dialogar con Slash en unos contrapuntos disfrutables, porque además, los dos se van a una raíz bluesera que a todo volumen, distorsionada al mango, cargada de sustain, no pierde un gramo de barro del Mississippi. Y eso solo ya vale la entrada..
Al piano, y en los teclados, Dizzy Reed y Melissa Reesse dibujan bordados, hacen colchones que ayudan a que la patada sea siempre como los penales bien pateados, fuertes y al medio. El repertorio recorre todos los clásicos, varios temas de los infravalorados, y hace lugar a un tema de Velvet Revolver y un cover de los Misfits cantado por el bajista rubio.
La banda gira alrededor de la dupla estelar, cuidando al cantante y dando destaque al virtuosismo del dueño absoluto de las seis cuerdas. Cada dos o tres temas, se permiten juegos, improvisaciones, largos solos que dan respiro y -quiero creer- que hidratación a la garganta de Mr. Rose. Las pantallas juegan en un diálogo de primeros planos de los músicos y una imaginería llena de calaveras, sangre, siluetas femeninas, revólveres y rosas.
Dos momentos y un gesto
Luego de dos horas y media, Duff empuña una guitarra acústica y se sienta en la escalera en el centro de las otras dos guitarras. La versión instrumental de Blackbird (sí, la del álbum blanco de los Beatles) suena con tal delicadeza que por un momento el viento helado de la tribuna se detiene, y permanece allí, escuchando. Cuando -en lo que pudo haber sido un cierre fantástico- encaran Knocking on heaven’s door las violas de Slash y Fortus mantienen una conversación íntima que hace olvidar que Axl ya no puede subir cuatro veces de tono para gritarnos que se muere y se siente golpeando las puertas de un cielo definitivo.
En el momento en que el piano se roba la noche y todos nos preparamos a cantar, escuchar, y gozar November Rain -a esa altura ya no importa que la voz esté allí en los micrófonos o solo suene en el recuerdo que cada quien tenga del disco de las tapas azules- Mr. Mc Kagan se para con su bajo detrás del cantante, como para que se note que hay confianza, hay respaldo, y sin dudas alguna ceniza tibia de cariño también queda.
Guns N’ Roses pasaron por Montevideo, llegaron treinta años después, cuando ya no somos los veinteañeros que nos negábamos a ser devorados por el mundo y nos hemos transformado en la sub sesenta que se sienta a ver un espectáculo potente, a veces rengo y siempre emotivo; o como dice mi amigo el gordo César. Eso es una banda que te quiere, viene cuando podés pagar la entrada.
Setlist
It’s So Easy
Mr. Brownstone
Chinese Democracy
Slither
(Velvet Revolver cover)
Welcome to the Jungle
(Link Wray’s “Rumble” intro)
Better
Reckless Life
Double Talkin’ Jive
Live and Let Die
(Wings cover)
Estranged
Shadow of Your Love
Rocket Queen
You Could Be Mine
(followed by band introductions)
Slash Guitar Solo
Absurd
Hard Skool
Attitude
(Misfits cover) (Duff on lead vocals)
Civil War
(Jimi Hendrix’s “Machine Gun” outro)
Sorry
Sweet Child o’ Mine
November Rain
Wichita Lineman
(Jimmy Webb cover)
Knockin’ on Heaven’s Door
(Bob Dylan cover)
Nightrain
Encore:
Coma
Patience
(The Beatles’ “Blackbird” intro)
Don’t Cry
Paradise City














































