
Edh Rodríguez – Paola Menta
Fernanda Trías es de las voces más personales, -creadora de un mundo propio y consistente- de nuestra literatura contemporánea. Con varias novelas y libros de cuentos publicados en varios idiomas, hace ya una buena década que su nombre se ha instalado entre las escritoras que vienen primero a la mente.
Miembro fantasma (Páginas de Espuma, 2025) es un volumen de diez cuentos que en conjunto funcionan como un trago fuerte. Una buena medida de ginebra, o un bourbon, que baja envuelto en su propio perfume, quema sin perder amabilidad, y cuando se asienta se siente bien. Muy bien.
Su escritura navega diferentes registros. El humor, al borde del cinismo, con el que escribe las cuitas del Escritor que crea un Señor Escritor, en Personaje en construcción hasta la batalla salvaje por el relato acerca de la vida propia de la protagonista de Ciclón. Claro que en el fondo, uno termina sospechando que siempre es mejor la vida novelada por otra, que el tedio de una vida normal de abuela con una ristra de renunciamientos.
La prosa fluye como un arroyo cristalino, arrastrando en su propia musicalidad los cantos rodados del fondo, dando pequeños saltos cuando la historia los necesita.
Vemos y escuchamos detalles del infierno oculto en las ciudades bajo forma de clínicas de rehabilitación o grupos de diversos Problemáticos Anónimos en relatos donde el alcohol acompaña siempre como un demonio del que se quiere huir, y al que siempre se vuelve. (El orador, Si el mundo parara de hacer lo que hace). Porque la vida en las ciudades del tercer mundo además de violenta, es profundamente estúpida, carente de sentido. Y esto no se dice, pero se trasluce en cada pausa que hacemos cuando volvemos para entender que a AA solo se puede ir borracho, o que el rehabilitado de turno guarda más de un secreto en el despacho.
La memoria, el relato (ya no como sinónimo de cuento o historia, sino como construcción repetida mil veces con pretensiones de verdad), las cuentas siempre pendientes de una sociedad tan cobarde como empeñada en olvidar, en no hacer olas y dejar que la vida siga su rutina con apariencia de calma chicha, son los temas que insisten -como todo lo reprimido- en un par de cuentos.
Una mujer cuya vida se pierde tras el velo de una novela de autoficción de su amiga de la infancia (Ciclón), un encuentro buscado siempre por un hombre que no deja de pagar los tragos, y que como si fuera “una fuerza que atravesara el bloque espeso del tiempo” cae sobre quien bebe y escucha ajeno a la red de silencios que se está anudando sobre su cuello… En las páginas de Miembro fantasma los secretos que protegen las comodidades de la gente de bien, aparecen de la nada, brotan en un estilo que siempre sorprende. La arquitectura de los cuentos es impecable, las palabras te toman la mirada y te llevan haciendo entrar a cada cuento confiado, tranquilo de recorrer terrenos reconocidos y pacíficos. Aunque no siempre.
Leo riendome de las ocurrencias y señalando verdaderas joyas. Ella lee subrayando y sembrando postits en las páginas, como una Pulgarcita que busca el retorno a lo que de verdad es valioso. Yo entro a la lectura encontrando las marcas suyas, que no siempre coinciden con las mías. Por suerte, sería aburrido leer lo mismo, y sería terrible no coincidir nunca. Los dos marcamos esa suerte de aforismo nietzscheano de Miembro fantasma: “la verdad no se le otorga al que la merece, sino al que la puede soportar”. Por suerte.
Intimidad irremplazable es otro cuento en que la calma más chicha se torna una tormenta arrasadora. Un pichón que aún no puede volar, una mujer aprovechando uno de esos raros momentos en que la soledad de la casa se vuelve acogedora, el único lugar a salvo de esa invasión de hombres (el marido, los hijos) que gritan, destratan, desordenan y deshacen todo. La desesperación de la vida postergada, los proyectos abandonados, los únicos escapes posibles, la soledad devastando a la protagonista que despierta agitada en medio de una tormenta que no es solo de agua y viento, dan la pauta de la maestría de Fernanda Trías para dejarte parado frente a un espejo, haciéndole preguntas a nadie, sospechando que las respuestas son tan terribles como conocidas.
Ella dice que De frontera solo el aire es un cuento con estructura de novela. No sé si estoy de acuerdo. Aunque sí ubico el cuento en la memoria con facilidad. Ciudades quebradas entre barrios ricos y barrios pobres, muertes violentas en las calles, gente que no se habla con la gente que no es como uno… Todo se vuelve un peligro transitando las calles por las que a diario vamos camino al trabajo, los estudios o cualquier actividad. Calles a las que ya no entramos a ciertas horas, habitadas por gente a las que vemos pero no miramos, y a las que tememos como a la peste. Bogotá, Montevideo, Lima, lo mismo da. Si la única frontera es el aire, es un aire que se corta con cuchillo.
Última carta a Claudia explora nuevamente las fronteras que nos separan, las memorias que se pierden, las relaciones que se rompen, los silencios que deben decirse al menos una vez y para nadie, para que algo quede dicho y deje de perseguir insistiendo una y otra vez.
Salgo del conjunto de cuentos con una sonrisa, un montón de frases marcadas, y la sensación de que Fernanda Trías logra decir nuestra vida y nuestro mundo con una voz tan personal que uno termina reconociéndose en ella. Aunque reconocerse en otro sea siempre imprudente, imposible y seguramente signo de una locura tan irremediable como la del mundo.