
¿Sueñan los gauchos con caballos eléctricos? El dilema de Blanes en la era de la cognición maquínica
Durante el siglo XIX, el Río de la Plata intentó resolver su destino bajo los términos de una antinomia feroz: Civilización o Barbarie. En el esquema sarmientino, la civilización era la ciudad letrada, el alambrado, el código civil y el vapor; la barbarie era la llanura oceánica y ese jinete indómito, el gaucho, cuya existencia parecía fundirse de manera indivisible con el lomo de su caballo criollo. (Facundo: Civilización y Barbarie en las pampas argentinas – Domingo Faustino Sarmiento)
Cuando Juan Manuel Blanes llevó al gaucho a la academia pictórica, ejecutó una operación de estetización y rescate: fijó la figura de un sujeto en plena disolución histórica, transformando al peón disciplinado o al matrero proscripto en el icono telúrico de la nacionalidad. El caballo de Blanes no era solo un medio de transporte; era la prótesis existencial que le otorgaba al gaucho su condición de ser libre.
Sin embargo, si miramos esta escena despojados de nostalgia romántica —en la línea reflexiva con que Pablo Casacuberta indaga sobre la condición humana y nuestras extensiones culturales—, emerge una revelación incómoda: el gaucho y su flete ya eran un sistema cibernético primario.
El ser humano es una especie cuya biología es indisociable de sus prótesis. El caballo de carne y hueso nunca fue simplemente “naturaleza salvaje”: fue una formidable tecnología biológica, un animal coevolucionado y adiestrado, mediado por riendas, bozales y estribos, que amplificaba la velocidad, la resistencia y el campo de visión del habitante de la pradera. El gaucho siempre fue un centauro técnico.
¿Qué ocurre, entonces, cuando sustituimos esa prótesis muscular por el chasis pulido de Corleo, el cuadrúpedo autónomo a hidrógeno concebido por Kawasaki?
La imagen deja de ser un pastiche distópico para interpelar el núcleo de nuestra cognición:
La modernidad industrial intentó vencer a la pradera trazando rectas, terraplenes de acero y asfalto (la máquina imponiendo su geometría al relieve). La robótica contemporánea, en cambio, capitula ante la anatomía animal: renuncia a la rueda para volver a la pata, a la cinemática articular y a la adaptación adaptativa al terreno agreste. La civilización no asfalta el campo; aprende a pisar como caballo.
La alianza criolla exigía descifrar el pulso, el sudor, el cansancio y el humor de la bestia; había allí un diálogo entre dos sistemas nerviosos. Al montar o apoyarse en el robot, el gaucho no se desacopla de la naturaleza: se acopla a un sistema algorítmico, a sensores inerciales y a líneas de código que no se fatigan, pero que responden a una lógica ajena a la llanura.
La ilusión del hombre telúrico – La vestimenta, el poncho, la bombacha, el facón al cinto – persiste intacta, pero el soporte operativo ha mutado por completo. Nos enfrenta a una pregunta esencial sobre la identidad: ¿cuánto de nuestra “orientalidad” o “criollismo” sobrevive cuando las herramientas que nos definen dejan de estar vivas?
La frontera entre la tradición y el progreso se borró por completo. Ya no hay un choque frontal entre el hombre salvaje y el progreso ilustrado. En este horizonte, el gaucho y la máquina coexisten bajo el mismo cielo pampeano, recordándonos que toda tradición es, en el fondo, una tecnología de la memoria aprendiendo a sobrevivir en un cuerpo nuevo.
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