
AGARRATE CATALINA, feliz 25 años.
Si he de morir, que me muera de tanto vivir
Bitácora de los 25 años de Agarrate Catalina en el Antel Arena
Jueves 10 de setiembre de 2026. Antel Arena. Montevideo.
El Antel Arena estaba lleno, lleno de verdad. Entradas agotadas y ese murmullo previo que tienen las noches en las que uno sospecha que va a pasar algo importante. Gente buscando su lugar, con la ayuda de un personal muy amable, saludándose de lejos, encontrándose con conocidos, tomando algo, mirando el escenario, esperando. La organización del espectáculo estuvo a cargo de la productora Piano Piano, en una noche donde todo estaba preparado para celebrar a lo grande. Pero había algo más que la ansiedad habitual de un espectáculo. Estábamos ahí para festejar un cumpleaños. Veinticinco años. Y cumplir veinticinco años siendo una murga no es poca cosa. Mucho menos siendo esta murga.
Las luces bajaron y el primer movimiento fue hacia atrás. En las pantallas empezaron a aparecer fotografías de los inicios de Agarrate Catalina. Algunas conocidas, otras que yo al menos nunca había visto. Caras jovencísimas. Adolescentes casi. Flacos, pelos largos, otros pelos que todavía existían, disfraces, ensayos, escenarios chicos, abrazos, noches de carnaval. El tiempo pasando delante nuestro en fotografías. Fue un comienzo sencillo y hermoso porque, antes de los premios, las giras, los escenarios internacionales y un Antel Arena agotado, estaban ellos: un grupo de gurises y gurisas haciendo murga.
Y entonces volvió Martín Duarte, primer director escénico de la Catalina, para dirigir aquella presentación de los primeros años. “Señores, suban el telón”. Y por un rato el Antel Arena dejó de ser el Antel Arena. Volvió a ser un tablado.
Después aparecieron Yamandú Cardozo y Rafa Cotelo, y ahí empezó esa Catalina que muchos fuimos a buscar. Hay algo entre esos dos que difícilmente pueda explicarse solamente como actuación. Se miran, empiezan a hablar y aparece una parte de la esencia de la murga: el disparate, la improvisación, la memoria, la ironía y esa saludable costumbre de reírse primero de ellos mismos antes de señalar a nadie.
Se pusieron a recordar aquellos primeros años: organizar una murga siendo jóvenes, los vínculos, los amores, los excesos, los consumos, las discusiones, los tablados, las noches interminables, los fallos, las frustraciones. Todo lo que puede pasar cuando un grupo de veinteañeros decide pasar febrero entero juntxs convencidos, además, de que está cambiando el mundo. Y nos hicieron reír mucho. Pero entre una anécdota y otra apareció algo que iba a atravesar toda la noche: mirar quiénes eran para preguntarse en qué se habían convertido.
¿Qué habrá sido de nosotros? ¿Habré terminado el IPA? ¿Yo habré terminado el liceo? Seguramente, dice Yamandú. Y seguramente —contesta Rafa— seguimos militando, defendiendo nuestras convicciones y, sobre todo, sin habernos vendido jamás al capitalismo.
Pausa.
Porque, claro, veinticinco años después los dos viven de los medios, trabajan en grandes empresas, hacen publicidad para organismos públicos y marcas privadas y cada tanto aparecen vendiéndonos algún producto. La revolución tiene sus contradicciones. Y la Catalina, antes que esconderlas, las sube al escenario y se ríe de ellas. Ahí estaba una de las claves de la noche: mirar el pasado sin hacerse un monumento.
De pronto las pantallas cambiaron. Uruguay-Australia. Año 2005. El repechaje. Los penales. Una de esas pequeñas tragedias futbolísticas que los uruguayos guardamos en algún cajón absurdo de la memoria colectiva. Uruguay quedó afuera del Mundial de Alemania 2006 y la Catalina transformó aquella desgracia en carnaval.
Y volvió el Pato Sosa, aquel personaje de El fin del mundo, de 2006. Bueno, el mismo no. Habían pasado veinte años. El Pato volvió bastante más baqueteado por la vida, recordando aquella eliminación, aquella entrevista y aquellos tiempos. Y ahí apareció otra de las buenas ideas del aniversario: los personajes también habían envejecido. No regresaban congelados en el año en que fueron creados. Volvían ahora, después de todo lo que les había pasado —y nos había pasado— en el medio.
Enseguida Rafa y Yamandú empezaron a imaginar otra epopeya: el Mundial 2030 en Uruguay. La inauguración soñada, nuestra grandeza, nuestras carencias y las contradicciones de un país que quiere organizar el mundo mientras tropieza cotidianamente con sus propias miserias. Uruguay explicado en clave Catalina. Reírse porque, si no, habría que llorar un poquito.
La máquina del tiempo ya estaba andando. Llegó “El novio de mi nieta”, aquel cuplé de El Viaje, de 2008, y casi pegado apareció un fragmento de Defensores de las causas perdidas, de 2019. Las épocas empezaron a mezclarse. Ya no importaba demasiado si estábamos en 2005, 2008, 2015 o 2019. Estábamos metidos adentro de la memoria de la murga.
Entonces apareció Julio, el reparador de cosas, aquel hombre de Un día de Julio que insiste en arreglar electrodomésticos dentro de un mundo construido para tirar, comprar y volver a tirar. Martín Cardozo volvió a ponerse aquel personaje querible, absurdo y resistente. Pero la aparición que a mí me terminó de liquidar fue Edinson Campiglia. Rafa convertido otra vez en aquel presentador de tablado, con un atuendo que parecía rescatado de una madrugada de carnaval de otro siglo: una mezcla de viejo fiolo, animador barrial, buscavidas y tipo que conoce a alguien que consigue cualquier cosa más barata. Campiglia es carnaval en estado puro. El hombre que tiene una solución para todo aunque probablemente jamás haya solucionado nada. Sublime.
Después llegaron las maestras, aquellas maestras jubiladas de 2007, de El corso del ser humano. Autoritarias, disciplinadoras, nostálgicas de una escuela donde había que sentarse derecho, formar fila, callarse y agradecer. Y la caricatura seguía funcionando casi veinte años después, quizás porque algunas discusiones envejecen bastante menos que los personajes. Interactuaron con Milton y otra vez el Arena estalló de risa.
Pero la Catalina nunca se queda demasiado tiempo instalada en un lugar. Cuando uno cree que ya entendió el tono, mueve una pieza. Llegó la lucha de clases, aquella “causa perdida” de 2019. “Encuentren su escalafón”. Proletarios, burgueses, trabajadores, patrones, aspiraciones, contradicciones y una dictadura del proletariado revisitada siete años después. Actualizaron el texto, cambiaron referencias, pero mantuvieron la esencia: esa obsesión nuestra por ponerle una etiqueta al de al lado y después descubrir que la realidad siempre queda bastante más desprolija.
Y entonces apareció el Viejo.
Pepe Mujica.
Martín Cardozo volvió a meterse en aquel personaje que en 2005 ayudó a convertir a la Catalina en un fenómeno popular. Solo que esta vez Mujica estaba muerto. Y tenía alas.
Desde algún rincón del cielo contó cómo venía la cosa por allá arriba. Mandela, Gandhi, la Madre Teresa. Las relaciones, las conversaciones, la convivencia celestial. El Pepe mirando el mundo desde el más allá. Nos reímos mucho, hasta que dejó de ser solamente gracioso.
Porque inevitablemente empezó a hablar de acá abajo. Del gobierno. De Yamandú Orsi. De los errores, las señales, las contradicciones, ciertas decisiones difíciles de entender desde una sensibilidad de izquierda, la camioneta presidencial, la comunicación y esa sensación de que algunas torpezas empiezan a acumularse demasiado rápido.
Y quedó flotando una idea sencilla y potente: la militancia no es boba.
No hay cheque en blanco. No alcanza con venir del lugar correcto. No alcanza con ganar. Hay que gobernar. Y no queda margen infinito para equivocarse. Ponete las pilas, Yamandú.
El aplauso fue enorme. Para mí, uno de los momentos políticamente más interesantes de toda la noche. Allí había un público que yo sentí mayoritariamente de izquierda, pero no por eso dispuesto a aplaudir cualquier cosa. Un público capaz de emocionarse unos minutos después recordando a Mujica y, al mismo tiempo, interpelar a un gobierno al que seguramente buena parte de esa misma gente votó. Quizás eso también sea parte de la tradición murguera: querer a alguien no impide criticarlo.
Después se apagó el humor. En las pantallas aparecieron imágenes del Pepe real. El joven. El militante. El preso. El dirigente. El presidente. El viejo. Mujica con Lucía, con Tabaré, con Rada, con el Maestro Tabárez, con dirigentes y personajes de Uruguay y del mundo. Una vida entera comprimida en unos minutos.
Y ahí ya no estaba el personaje. Estaba él.
Y estaba la ausencia.
Fue uno de esos silencios multitudinarios difíciles de explicar. Porque miles de personas juntas pueden hacer muchísimo ruido, pero cuando miles de personas se emocionan al mismo tiempo se produce otra cosa. Un silencio lleno. Un silencio que pesa.
Después volvieron las guitarras. La banda de Tabaré Cardozo llevó a la murga hacia una versión rockera de “Los hombres de mundo” / “Vivir”, aquella canción final de El fin del mundo, de 2006. Una canción que después de hablarnos de buitres, poder, dinero y miserias termina recordando qué es lo que todavía tenemos cuando parece que no tenemos nada: los afectos, los amigos, la familia, las pequeñas cosas, eso que nunca entra en una cuenta bancaria. La bendición de ser feliz.
Y la noche empezó a cambiar de temperatura. El humor fue dejando lugar a otra Catalina. La que primero te pega un codazo y después te abraza.
Llegó “La Niebla”. 2008. El Viaje. Y ahí estaba Freddy “Zurdo” Bessio. La misma voz y, a la vez, una voz atravesada por dieciocho años más de vida. Hay canciones que uno escucha y canciones que uno espera. La Niebla pertenece a esas últimas. Habla de perder la memoria, pero también de quienes recuerdan por nosotros. De esos afectos capaces de sostener un vínculo aun cuando del otro lado ya no quede la posibilidad de ponerle un nombre.
El Arena entero parecía respirar un poco más despacio.
Y enseguida Maximiliano Porciúncula y el Zurdo Bessio se encontraron en “Vidas comunes”. Dos voces enormes. Historias pequeñas. Gente cualquiera. Nacimientos, amores, despedidas, pérdidas. Esa humanidad mínima que la Catalina tantas veces convirtió en materia de carnaval. Fue uno de esos momentos en los que uno mira para el costado y descubre que no es el único tragando saliva.
Después llegó “Soy”, la canción que Yamandú y Tabaré Cardozo escribieron en 2016 alrededor del derecho a la identidad. En las pantallas aparecieron imágenes de personas desaparecidas durante la última dictadura. Otra vez la fiesta dejó lugar a la memoria. Y estaba bien que así fuera. Porque festejar veinticinco años no podía ser solamente recordar chistes, personajes, premios y canciones lindas. También había que recordar qué cosas eligió cantar esta murga cuando tuvo un escenario delante: la identidad, los desaparecidos, la memoria, el derecho a saber quiénes somos.
Después vino “Aporofobia”, de Amor y Odio, 2020. La pobreza. Las migraciones. El desprecio hacia quien llega con poco o nada. Esa gente que vemos todos los días caminando por Montevideo, vendiendo en un semáforo, repartiendo pedidos, hablando con otro acento, intentando volver a empezar una vida a miles de kilómetros de donde nació. La Catalina vuelve una y otra vez a la misma pregunta: ¿a quién dejamos afuera?
Y casi inevitablemente apareció otro de sus temas insignia: “La Violencia”, de Gente Común, 2011. Una canción incómoda porque hace hablar a la violencia en primera persona. No la presenta como un monstruo que llegó de otro planeta. La muestra también como consecuencia de cosas que producimos colectivamente: desigualdad, exclusión, abandono, frustración.
La Catalina hizo eso muchas veces en estos veinticinco años. Subir al escenario personajes que preferimos mirar desde lejos y obligarnos, durante un rato, a mirarlos a los ojos.
Para el cierre apareció Camila Sapin, la invitada de la noche, acompañando el homenaje a Rubén Rada, ese enorme Negro que en los últimos años estuvo tan cerca de la murga. Sonó “Terapia de murga” y Rada estuvo ahí sin estar. En la canción, en la memoria, en ese cruce tan nuestro entre candombe, murga, rock y canción popular. Ese mismo cruce que terminó llevando a la Catalina a escenarios que seguramente aquellos gurises de las primeras fotos jamás imaginaron.
Y entonces llegó el final. Aunque las murgas saben que los finales nunca terminan arriba del escenario.
La Catalina siguió cantando un rato más y volvió aquella frase de 2008 que, después de tantos años, parecía escrita especialmente para esta noche:
“Si he de morir, que me muera de tanto vivir”.
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