
Sabemos que el teatro es el espejo de la sociedad y, aunque sea una verdad obvia y repetida, me detengo a considerar cuánto le debemos a las grandes obras clásicas que, desde su creación, se representan una y otra vez a lo largo de la historia y de las ciudades del mundo reflejando el repetido devenir de la humanidad.
La eficacia de los clásicos está en mostrar que, más allá del tiempo, de los avances que ha tenido la sociedad, de las circunstancias de cada época y de cada cultura, el comportamiento social humano es siempre igual.
Lo acontecido en 1692 en la colonia de Salem en Massachusetts fue excusa para que Arthur Miller lo confrontara con la llamada caza de brujas del período macartista y vuelve a ser excusa para que el director español Andrés Lima, con marcada decisión política, compare lo sucedido 333 años atrás con la realidad mundial actual, la obra trasciende su contexto histórico para convertirse en reflexión sobre la manipulación, la injusticia y la fragilidad de la verdad, se transforma en una herramienta para denunciar las formas contemporáneas de intolerancia y fanatismo. La caza de brujas hoy se disfraza de xenofobia, racismo, supremacismo, y se legitima desde el poder político y económico. Basta con mirar el genocidio en Palestina, la deshumanización del otro, la justificación de la violencia bajo la excusa de la defensa, y la pasividad cómplice del poder internacional.
El argumento de esta obra es pueril, simple, es un cuento de brujas, pero el cuento de brujas que se trasciende para mostrar una trama mucho más compleja, la trama del hombre afanándose por el poder y por el control del otro.
Una gran protagonista es la música: la inicial, pone al espectador rápidamente en ambiente, se trata de Veleno, del disco Embruxo de Baiuca con la colaboración de Rodrigo Cuevas. Es una muy acertada elección, no solo por estar inspirado en brujas, sino por su fuerza envolvente, capaz de contextualizar la situación y, además, porque es bellísima. Enseguida, para recordarnos que las brujas aún existen, todos los actores en escena (son diecisiete) cantan, con contagiosa coreografía y siguiendo a Village People el tema YMCA, canción asociada a la cultura gay en los años setenta y que, de forma inconexa, Trump utilizó en su campaña, generando una gran ironía que desnuda el cinismo de su discurso prometiendo libertad y tradición al mismo tiempo que promueve la exclusión y el odio, bien contrario a lo que ofrece la canción de los Village.
Al comienzo de la obra un actor reflexiona: «Una guerra ideológica se parece a una guerra de guerrillas, pues el enemigo es, ante todo, una idea». Es imposible no ver en el mundo de hoy un angustioso reflejo en los personajes de la obra, quienes manipulan la verdad para sostener su poder y autoridad.
El clima de paranoia y delación que vivimos en la obra se hace eco en las redes sociales, la polarización ideológica y el miedo al otro generan linchamientos públicos similares a los del puritanismo del siglo XVII. Debe ser vista como un grito de resistencia, resistencia a las fake news de hoy, semejantes a las informaciones falsas que, hace tres siglos en Salem, denunciaban haber visto a las brujas volando sobre los tejados; resistencia frente a los discursos de odio, al fanatismo y a la pérdida de pensamiento crítico, un recordatorio de lo peligrosamente cíclica que puede ser la historia humana. Lo destacable de esta obra es, justamente, su ductilidad, porque el clima de opresión evocado se siente muy actual: el juicio social, la intolerancia disfrazada de moral, el poder corrompido por intereses personales.
Representar una vez más Las brujas de Salem es un llamado de atención, es mirar al espejo y cuestionar la repetición de errores humanos tan cotidianos como los linchamientos, las verdades impuestas, el poder sin ética, el rechazo a toda forma de pensamiento libre, el dinero como nuevo amo y rector.
La del teatro Solís es una puesta clásica, el ambiente de época es sobrio y muy logrado gracias a los colores elegidos en la vestimenta y en toda la escenografía. Da mucho placer ver actrices y actores jóvenes en el Solís y en muchos teatros de Montevideo, la mayoría con un desempeño excelente, mucho se disfrutan sus actuaciones, vaya un agradecimiento a la gente de teatro por la apertura.
Si el teatro puede conmovernos, incomodarnos y hacernos pensar, entonces sigue siendo una forma de resistencia y Las brujas de Salem logra rescatar la dignidad de quienes se atreven a decir la verdad, incluso cuando el precio es muy alto. Cuando el arte pone en evidencia la mentira, cuando nos recuerda que la historia se repite si no la enfrentamos, se abre una posibilidad para cambiar de rumbo.
Volver a los clásicos es entender que, en lo esencial, siempre somos los mismos, en este caso para comprender que cada época tiene sus propias brujas, sus propios inquisidores, sus propias hogueras. El cometido es verla y sentirse parte, porque que las hay, las hay.
Vale recordar que los jueves en el Solís hay entradas populares a 300 pesos.
Ficha técnica
Elenco
Elizabeth Proctor: Mané Pérez
John Proctor: Diego Arbelo
Vicegobernador Danforth: Mario Ferreira
Reverendo Parris: Gabriel Hermano
Reverendo John Hale: Lucía Sommer
Juez Hathorne: Daniel Espino Lara
Ann Putnam: Natalia Chiarelli
Abigail Williams: Sofía Lara
Mary Warren: Stefanie Neukirch
Susanna Walcott: Soledad Gilmet
Mercy Lewis: Rosario Martínez
Betty Parris: Camila Lago (becaria)
Títuba: Joel Fazzi
Rebeca Nurse: Alejandra Wolff
Giles Corey: Fernando Dianesi
Cheever (alguacil): Marcos Flack (actor invitado – El Galpón)
Hopkins: Rodrigo Brocal (becario)
Equipo de diseño
Escenografía: Gustavo Petkoff
Vestuario: Johanna Bresque
Visuales: Miguel Grompone
Iluminación: Claudia Sánchez
Sonido: Sebastián Acosta
Preparación vocal: Sara Sabah











































