Hacia 1905 se crea un trío de cámara que sería uno de los mejores de la historia. Pablo Casals (violonchelo), Jacques Thibaud (violín) y Alfred Cortot (piano). En 1939, Casals debe huir de España y se refugia en Prada (Francia) cerca de la frontera con Cataluña (“para sentir que estoy cerca de mi gente”). En 1940, Cortot pasa a colaborar con los nazis y ahí se rompe una amistad de décadas.
Los vaivenes de la vida tumultuosa de Casals lo hacen regresar a Prada donde se afinca luego de la segunda Guerra y una tarde de 1945 sucede esto. Mientras el maestro revisaba correspondencia escucha el timbre. Luego de unos segundos se abre la puerta de entrada. Ahí, frente al maestro, cabizbajo y trémulo, estaba su antiguo amigo. “¿Puedo pasar, Pablo?”
En absoluto silencio el célebre músico hace un gesto grave y el hombre entra. “Han pasado muchos años. Vengo a pedirte algo muy importante”. El maestro escuchaba resignado y consternado por el tono triste de la voz de su ex amigo y compañero.
“Me odias, lo sé. Te he traicionado y desde entonces no puedo vivir. Eres el único que puede salvarme”. El visitante no alzaba la mirada. De pronto sucedió. “Querido Alfred. Te he extrañado y te quiero. Una vez dije, y todos lo han escuchado, que existen cosas más importantes que la música y espero que alguien lo haya entendido. Tú creíste en la música y fuiste por ella arrastrado al mal. Has colaborado y sé que has hecho cosas horribles por la que te arrepientes”. Mirando por primera vez a los ojos del maestro, Alfred Cortot deja caer una lágrima solitaria. “Ahora que todo ha terminado y que se abren puertas de esperanza en el mundo, no necesito seguir alimentando el mal, ese que te atrapó en cuerpo y alma. Te suplico que no me pidas nada. Solo dame un abrazo y ve a pedirle perdón a las víctimas. Con eso habremos triunfado juntos sobre la barbarie”.














































