
Lo que en apariencia parece una película B con estética de videojuego retro resulta ser un viaje de acción fantástica con sabor local, acento de barrio y una factura técnica que la levanta del barro y la deja flotando como un dron sobre la tosca. Panchopalooza, dirigida a seis manos por Diego Melo, Ernesto Rodríguez y Marcelo Di Paolo, es un delirio pop hecho en Uruguay que se ríe de los límites del presupuesto y entrega un espectáculo visual que no tiene nada que envidiarle a ciertas producciones de catálogo que inundan las plataformas.
Con un guion coral que cruza a un perdedor chantajeado por la policía y asistido por un dron, una asesina letal en busca de redención, y dos ladrones de poca monta que se topan con un arma futurista, todo confluye en la mítica fiesta Panchopalooza, organizada por Pancho, un narcotraficante excéntrico de manual.
Lo que arranca como comedia urbana se desboca hacia una batalla ancestral con estética de cómic, explosiones, maquillaje FX y diálogos filosos. Y sí, todo eso sucede en Montevideo.
Ahí es donde Panchopalooza marca la diferencia: en lo técnico.
La dirección de arte de Laura Santos y Paula Domínguez es pura inventiva visual.
Espacios que, a simple vista, no prometen nada —galpones, descampados, patios con tosca— son convertidos en escenarios cargados de atmósfera, con detalles y color que respiran narrativa. La fotografía de Gabriel Bendahan aporta textura, dramatismo y ritmo visual, alternando entre la suciedad encantadora del mundo real y los destellos de una ciencia ficción de barrio bien entendida.
El montaje (Míguez, Melo y Scafarelli) no afloja: la película va para adelante, se anima a secuencias corales, a cortes frenéticos que no confunden y a un timing que mantiene la acción siempre latente. Y los efectos visuales, firmados por Scafarelli y Melo, son un ejemplo de cómo hacer mucho con poco: no se busca realismo hollywoodense, sino una coherencia con el universo de la película. En ese sentido, lo artesanal es parte del encanto, pero también se siente como a asistir a los primeros pasos cinematográficos de Tarantino o Reimi.
En el terreno sonoro, Pablo Benedetto y su equipo redondean una mezcla envolvente, con capas que potencian tanto la acción como los silencios incómodos. No hay improvisación: hay diseño, criterio y claridad narrativa en cada golpe de sonido.
Panchopalooza no es perfecta —ni lo pretende—, pero tiene algo mejor: identidad.
Esa mezcla entre lo absurdo y lo épico, entre el barro de la esquina y los planos en slow motion con acento montevideano, la convierten en una propuesta que divierte sin subestimar. Una carta de amor al cine de género hecha con descaro, alegría y muchísimo oficio.
Mervel Films nació en un cuaderno adolescente, fruto de la incansable imaginación de Diego Melo, que junto a un grupo de amigos inseparables ha sabido dejar madurar sus ideas, esperando el momento justo para saborear un elixir que sabe a diversión, saber hacer y, sobre todo, a confiar en nuestros sueños.
Para quienes quieran sumarse a esta locura pop con ADN nacional, la película se exhibe en funciones especiales los días 3 al 6 de julio 2025 a las 21:00 horas, en la Sala B del Auditorio Nelly Goitiño. Una oportunidad para ver cómo el cine independiente uruguayo se anima a jugar en clave fantástica y no solo sobrevive: se planta con estilo.













































