
La Chancha reunió a varias generaciones en el Montevideo Music Box, como si cada quien hubiera llegado con un pedazo distinto de la misma historia. Entre chistes en el escenario y un público que se brindó, el toque terminó siendo un “ritual” que habló del pasado y de lo que sigue moviéndonos hoy.
Fue el viernes pasado, 7 de noviembre 2025. Después de una semana larga, con esa idea de ir a un toque y ver qué me devolvía la noche. Tenía encima la necesidad de volver a las canciones viejas de La Chancha. Capaz porque hacía unos días me prestaron un radiograbador con caseteras y estuve escuchando mis viejas reliquias desempolvadas “Dios no quiere cosas chanchas” (1998) y “Todos queremos ser parte del show” (2000). Eran mis viejos cassettes grabados, garabateados con dibujos hechos a lapicera azul, roja y negra, como se hacía a fines de los 90 en los preciados TDK o SONY. Eso me tuvo semanas reviviendo una adolescencia musical que todavía cargo conmigo.
Llegué temprano, como siempre, para respirar la previa y acomodarme un poco antes de que la música empezara a moverlo todo. A quince minutos del inicio había poca gente; nada hacía imaginar que después aquello iba a terminar siendo una fiesta. Adentro, charlábamos con dos amigos sobre la acústica del lugar, comparando el MMB con otros espacios del circuito y coincidiendo en que es de los que mejor suena para este tipo de toques.
A las 21 en punto, la banda salió al escenario. En cuestión de minutos el lugar se llenó casi por completo. Seguro muchxs pensaron que iba a arrancar más tarde, como casi todo recital de viejos rockeros . Pero no, esta vez todo fue puntual.
Arrancaron apuro clásicos: Marketing, Comerse un Buey, Cuentos y Cuentas. En las pantallas aparecían imágenes que acompañaban cada tema. Juan, cada tanto se mandaba una meneadita bailable, fiel a su estilo, generando algún guiño de sus músicos cómplices. La grilla siguió con Parece Importante, Niño Patrón, Hotel Nocturno de la Luna, Santa Marihuana, Un Fantasma. El sonido era espectacular, aunque el público todavía estaba un poco frío, es que recién nos estábamos acomodando.
La formación: Juan Bervejillo, compositor, guitarrista y vocalista; Yanny Ippoliti en la batería y coros; ambos fundadores. Alejandro Nari en bajo, Diego Lozza en saxo y, como invitado, Daniel Peña en trompeta a quien al momento de presentarlo Juan saludó ya que al otro día cumplía años: “aplausos para Dani que mañana es el cumpleaños… es tan moderno que ensaya por Zoom”. segundos después se despachó con un: “Lo trajimos para bajar el promedio de edad”. Cada comentario sumaba risas, aportando al clima festivo. Estuvo bien, porque con casi cuarenta años de trillo, te podés permitir el disfrute sin vueltas, y así lo hizo; iba tirando chistes entre tema y tema, marcando alguna entrada fallida y riéndose con la banda de sus propios desajustes. “Están viejos, ¿qué querés que haga?… yo no, jajaja”. Después remató: “¿cinco minutos entre cada tema está bien?”. Las carcajadas se largaron al instante. La complicidad ya estaba instalada.
Tras un pequeño impasse siguieron con todo: La Enfermera, Cimarrón, Sicofármacos, Solo Estoy Ocupando un Lugar, Suicidarme por un Rato, Qué Viene Después, Dios No Quiere Cosas Chanchas, Pan y Circo, Devolución, Disneylandia, Cómo te va Che, La Curiosidad no Mató al Gato. A esa altura, el público ya estaba entregado a la fiesta.
El flyer decía: “La Noche de la Descarga, traé tus problemas y llévate soluciones. Y algo de ceremonia tuvo. En un momento apareció el manto de la descarga, una bandera enorme al estilo trapo de hinchada de tribuna. Salió del escenario, recorrió cabezas hasta el fondo del MMB y volvió cuando Alejandro, recordó que era el único, así que había que devolverlo. Ese ida y vuelta armó un pequeño ritual, mezclando generaciones, los fieles de siempre y otras caras que veníamos a reencontrarnos con un pedazo de nuestra historia.
La recta final llegó con Down, El Amor es una Forma de Comercio, Sudaca Contraataca, Supositorio, Limpio, Axidente. Fue el momento de los jabones de la descarga, que volaron como parte del ritual fiestero. Entre tanto desborde, anunciaron que están grabando su próximo disco: Hasta que la muerta no se pare.
El recorrido fue enorme, 29 canciones y dos horas de historia. El público estaba feliz; se sentía que las expectativas estaban colmadas. A las 23 cerraron con La Felicidad te Necesita Estúpido, Algo nos está Saliendo Mal, Todos queremos ser parte del Show y Eliana. Un cierre poderoso, dándonos el gusto de escuchar esas canciones que claramente se tenían que tocar!
Antes de salir, un colega se quedó con la hoja del setlist y yo me aseguré de sacarle una foto. Con eso ya tenía cómo cerrar la noche: un registro simple para no olvidar el recorrido. Me fui pensando en cómo ciertas canciones no envejecen; esperan su momento para volver a tocarte y acercarte a esos otros momentos felices. Y cuando pasa, uno lo agradece.
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