
Montevideo respiraba viernes cuando La Chancha Muda desplegó su bandera en Live Era. Afuera, la ciudad parecía indiferente, pero adentro había un hervor que se venía gestando desde el anuncio de la preventa agotada. En el marco de la gira a la que denominaron “La Expansión” era un regreso anunciado, la promesa, como marcaba el flyer “para volar todo en mil pedazos”.
La noche anterior habían compartido la carpa de Sitio junto a lo legendaria banda Peyote Asesino, pero esta vez el templo era suyo. En la esquina de Av. Uruguay y Río Branco, la multitud se arremolinaba con esa ansiedad dulce de los encuentros largamente esperados. A primera hora, Los Vagos del Sur hicieron lo suyo con una entrega a diestra y siniestra, recibidos como en casa por quienes también reconocen en ellos parte de la misma raíz. No parecían solo teloneros; había comunión, complicidad, canciones que se coreaban con la misma fuerza que las que estaban por llegar, además de un fuerte vínculo entre las dos bandas que han generado, amistad y una admiración artística mutua.
Adentro, las banderas que flameaban eran pequeñas crónicas personales; de Uruguay, Boca, y una en particular que me llamó mucho la atención. Blanca, con el nombre de Cardona pintado en negro y una diminuta bandera de Uruguay en la parte inferior. Al terminar el show, me crucé con su dueño, un adolescente de 17 años, Maxi Santos. Me comentó con mucho entusiasmo que viajó desde Cardona con el permiso de su madre y hermana, con esa mezcla de coraje e inocencia que la juventud sostiene. Me contó de su fanatismo, de viajes a Argentina para seguir a La Chancha Muda y de la felicidad inmensa de verlos por fin en Uruguay. Esa sonrisa, todavía iluminada después de las dos horas de show, vale más que cualquier reseña. Esta bitácora va dedicada a él, militante de sus propios sueños, viajero de Cardona que levantó una bandera para que todos supiéramos de dónde venía su alegría.

En el escenario se encendieron las luces y la banda salió con mucha actitud, mirando al público, como agradeciendo desde la conexión visual. Se contó la luz, Huya, Cóndor, Gran Engaño. Canciones conocidas por todos. El Pulso de los Otarios, Tiempos Violentos, Carpincho, Corceles, Temporal, Semblante, Colmena, Un Fuego, Policarbonatos, Viajecito. En El Perro se sumó Gastón Puentes, de los 4 Pesos de Propina y el lugar explotó. Fue como abrir una puerta secreta, un estallido compartido entre escenarios y generaciones. Después vendrían Condado, No Voy a Decir, Bicho Raro, Incinerador, Patas, Mar de Fuegos y el cierre con Escape, dejando el espacio cargado de humo, abrazos y voces que no querían apagarse.
Entre canción y canción, se notaba algo más que virtuosismo. Había miradas cómplices, sonrisas que devolvían la marea humana que los sostenía. El guitarrista con la remera de Familiares y la Margarita parecía hablar con símbolos más que con acordes; pertenencia, guiños, estética compartida. Y el vocalista, Gonzalo Pascual, con la remera de Milongas Extremas, se permitió una confesión en voz alta:
“Crecimos escuchándolos; a Las Milongas, a Los 4 Pesos, al Peyote. Cumplimos nuestro sueño y estamos muy agradecidos a todas esas bandas”.
Ese gesto de gratitud, sencillo y honesto, fue también un reconocimiento al mapa musical que los formó, al linaje de una escena que cruza el Río de la Plata y que se sigue tejiendo.
La Chancha Muda, nacida en Chacabuco, Buenos Aires, se define como banda cooperativa autogestiva; “siete locos hermanados, de vieja escuela evolucionada y de trinchera arte y culto”. Y esa definición se respiró el viernes en Live Era. Nada de divismos ni distancia, hay comunidad, entrega y convicción. Su sonido, por momentos poderoso, con vientos que le dan un toque super especial (me gusta definirlo como sonido estilo Velero, en referencia a la Vela Puerca). La batería marcaba como un corazón gigante, las guitarras muy prolijas las voces que se sumaban a la multitud y no al revés. La sala entera funcionaba como un organismo integrado al ritmo de los músicos.
Al salir de Live Era me llevé la certeza de que lo visto fue un rito de pertenencia, un capítulo en la memoria de muchos adolescentes que levantaban sus primeras banderas. Ecos de historias mínimas, como aquella que alguna vez me escribió una querida “poetiza” en un antiguo trabajo, y la de Maxi, el adolescente cardonense con su bandera pintada a pulso y corazón. Ahí está lo verdadero, la música como hilo que une y chispa pícara que deja marca y memoria.
Ir a la fotogalería
Ver esta publicación en Instagram













































