
Soy la tercera de los cinco hijos de mis padres. Nací en Montevideo un 21 de febrero, día del cumpleaños de papá. Tiempo después también nació una de mis hermanas el mismo día. Esa coincidencia sellaba nuestras celebraciones. Fiestas de verano, carnaval y jardín con hamacas y serpentinas, cine y tarjetitas de invitación con nuestros nombres eran repartidas con dedicación paterna en las casas de nuestros amigos.
Vivíamos en una casa grande en el Cordón, en la antigua calle Carapé, hoy Ana Monterroso de Lavalleja. Luego habitamos por años otra casa en Charrúa, cerca del Parque Rodó, similar a la primera pero sin el frondoso jardín del fondo.
Llevo el nombre de mi bisabuela paterna (sobrenombre gallego de Isabel, según supe años después en una conversación con María Esther Gilio). Mi madre me había dicho que se enamoró del nombre que me puso –que, ella sabía, era el de una novela española–, luego de conocer a mi padre.
Escribo desde que tengo memoria. Mamá murió cuando yo tenía 8 años, pero antes llegó a abrazarme por una redacción que, sin que yo supiera, se había publicado en la contratapa de un diario de la escuela cuando cursaba segundo año. Ella, repentinamente, estaba esa mañana en la puerta de mi salón de clase a la hora del recreo, sólo para abrazarme por la noticia que no recuerdo quién le había dado.
Papá era profesor de varias –si no todas– materias de secundaria, tenía una academia en casa, dibujaba y escribía. Siempre andaba leyendo. Amaba la música, el fútbol, el cine. Desarrolló una larga enfermedad emocional luego de la muerte de mi madre. Ella cantaba y tenía un libro de poesía de Alfonsina Storni, que conservo con su firma, recuperado y encuadernado como un regalo muchos años después por uno de los grandes amores de mi vida.
Los poemas vinieron en la adolescencia, con la escritura constante de mis diarios. Yo me enamoraba entonces seriamente y sufría con intensidad en ese largo tiempo de construcción, descubrimiento, aceptación y desamparo.
Es difícil ser poeta, es difícil no serlo una vez abierto ese canal o despierto ese registro único, singular. A fines de los años 80 –yo trabajaba en la radio seleccionando música, tenía más de un empleo, pretendía avanzar con mis estudios de filosofía y mi padre había muerto–, me presenté al concurso anual de literatura del MEC y gané un premio con el libro Palabras sin nombre (Ed. Signos). En 1991 obtuve el mismo premio por Los desprendimientos (Vintén). Luego publiqué Jugar con fuego (Imaginarias, 1995). En 2000 fue premiado El libro de Alicia, que había escrito en un invierno anterior y permanece inédito, y en 2004 fue reconocido Pliegues en el silencio (Artefato).
A lo largo de los años publiqué en varias antologías en Uruguay y el exterior, y en prensa escrita, varios textos de prosa y poesía nunca reunidos: Crónicas recurrentes, Frío circular, Enero, Fin del comienzo, Gratuidad, Desolvido, A probar, Palabras y pasiones para un punto de fuga, entre otros. Una vez, en la calle, en una parada de ómnibus del centro, estuvo expuesto por un tiempo un poema mío, seleccionado por haber participado del evento zonapoema.
Me llevó otro tiempo considerar que tenía un nuevo libro. Había sido madre y terminado mis estudios entre 1999 y 2003, y además de comenzar a dar clases, me había dedicado a promover eventos culturales y a dar talleres de lectura y escritura (Pachamama, Casa de los Escritores, Primer encuentro de literatura uruguaya de mujeres, Centro Cultural de España, Sala Figari del Banco Central, MAPI Museo, Fundación Benedetti). También ingresé por concurso como docente de filosofía en la Facultad de Psicología de la Udelar, cargo que ocupo desde el año 2004.
Entre 2015 y 2017 había recuperado algunos poemas y lograba verlos reunidos. Fue así que llegó El momento infinito (Civiles iletrados), presentado en marzo de 2018 en el Museo Nacional de Artes Visuales. En 2020 ese libro obtuvo el Primer premio en Poesía édita del MEC.
En 2022 finalicé mi maestría en Ciencias Humanas/Estudios latinoamericanos (FHCE, Udelar), con una tesis vinculada al campo de la literatura latinoamericana de los años 60.
Sigo yendo y viniendo, buscándome y perdiendo en el placer y la dificultad de las palabras, y esta relación con el lenguaje, la escritura y la literatura ha sido, es y será una esencial vía de plenitud recuperada cada tanto en el sondeo que envuelve el misterio azaroso de la vida.
De “El libro de Alicia” (inédito)
Soy Alicia.
Soñé que me dormía
leyendo en una orilla
y me veía cayendo
con labios y vestidos temblorosos
cámara lenta
en el túnel del tiempo
las palabras
disueltas
diccionarios vacíos
despeñándose
relojes esfumados
en pálidas esferas
su veloz portador
rehabilitándolos.
Mesas de té
paisajes
pasadizos
pócimas en botellas
al alcance
para poder huir
puertas pequeñas
como cerraduras
manos que empuñan
llaves insensibles
reducción de tamaño
exceso
desacierto
diálogos incompletos
personajes de paso
hacia sus historietas
como juguetes viejos
y otra vez las palabras
ocultas en jardines:
un juego de barajas
esparcidas
sobre un campo verde
actuando como ejércitos
de una reina loca.















































