Louise Glück

La poeta Louise Glück

El mundo no se lo esperaba. Ella tampoco. La poeta estadounidense se sorprendió, y con razón, cuando supo que había ganado el Premio Nobel de Literatura. No estaba en los planes de nadie. Tampoco en los planes de ella. El mundo literario apostaba por la guadalupeña Maryse Condé, la rusa Liudmila Ulítskaya, el keniano Ngugi Wa Thiong’o, el francés Michel Houllebecq o las canadienses Margaret Atwood y Anne Carson, sobre todo esta última muy conocida internacionalmente, de una lista de 187 nominados. Por eso fue una premiación que no dejó a nadie indiferente. Louise Glück no es una poeta muy conocida fuera del mundo anglosajón. De hecho, fue traducida por primera vez al español el año 2006 por la editorial valenciana Pre-Textos, gracias a la iniciativa de su editor Manuel Borrás que quedó encantado con un ejemplar de El iris salvaje, regalo de un amigo. Las razones de la Academia Sueca para premiarla, según las palabras de su secretario, Mats Malm, se fundamentan en su “inconfundible voz poética que con austera belleza hace universal la existencia individual” (diario ABC). Es una autora que busca “lo universal”, y para ello se inspira en “los mitos y motivos clásicos”, presentes en la mayoría de sus libros, ha dicho la Academia.

Su primer libro lo publicó en 1968, Firstborn (Primogénito). Es una obra que habla de la niñez y del amor; de la familia y de la maternidad. Un poemario que no es de su agrado. En un comentario sobre Firstborn y otros textos, que Mónica Maristain recoge en su artículo “La pérdida, el rechazo, el aislamiento: los temas de Louise Glûck, flamante Premio Nobel” escrito para Literal, Latin American Voices, la galardonada poeta señala: “Mis libros son muy diferentes entre sí. Lo que sí sugeriría es que no leyeran mi primer libro, a no ser que quieran sentir desprecio. Pero todo lo que vino después es interesante. Me gusta mi obra más reciente. Diría que Averno es un buen lugar para empezar o mi último libro, Faithful and Virtuous Night”.

La poesía es el alimento de esta poeta de 77 años que desde niña vivió la poesía y para la poesía estimulada por su familia. “Para mí es tan obvio que escribir poesía es lo más milagroso que se puede hacer […]. Para mí está tan claro que, por supuesto, es lo que quiero hacer”, declaró en un video al importante sitio en lengua inglesa Poets.org (Academia Americana de Poesía), cuyo texto de entrada es: “Without poetry, we lose our way”. En el poema “El deseo” del libro Meadowlands de 1997, encontramos estos versos que confirman sus palabras: “¿Qué crees que pedí? / No sé. Que volvería. / Que al final de alguna manera estaríamos juntos. / Pedí lo que siempre pido. / Pedí otro poema”. No debe sorprender, por lo mismo, que Louise Glück fuese una niña solitaria que encontró en la poesía su afán de vivir, como ella misma nos dice: “Era una niña solitaria. Mis interacciones con el mundo como ser social eran poco naturales, forzadas, como representaciones, y yo era más feliz cuando leía”. Luego agrega: “Bueno, no todo fue así de sublime, vi mucha televisión y también comí mucho”.

Su poesía está hecha de la cotidianidad que rodea al hombre y le habla de la familia, del amor, de la soledad, de la naturaleza, de la muerte. Sus poemas son narraciones muchas veces dialogadas, directas y precisas, en las que no faltan ni el humor, ni el ingenio, ni tampoco la ironía cercana a la mordacidad, muy al estilo de Nicanor Parra en sus Antipoemas. El poema “Música celestial” de su libro Ararat de 1990, comienza así: “Tengo una amiga que aún cree en el cielo. / No es tonta, incluso con todo lo que sabe, literalmente habla con Dios / Piensa que alguien escucha en el cielo”. Por un lado, la desmitificación de Dios encarnada en la duda del último verso; de otro lado, la ironía ante lo que se supone la inocencia de la amiga.

Otras veces sus poesías visten la naturaleza con ropas humanas. Se personifica el mundo y la tierra asume su rol de madre, como en el poema “La primera nieve” de su libro Una vida de pueblo: “Como una niña, la tierra se va a dormir, / o al menos así dice el cuento. / Pero no estoy cansada, dice, / y la madre responde: Puede que tú no estés cansada pero yo sí. / Lo puedes ver en su rostro, todo el mundo puede. / Así que la nieve debe caer, el sueño debe venir. / Porque la madre está mortalmente harta de su vida / y necesita silencio”. Tiene razón la crítica Helen Vendler en una reseña en la revista The New Republic, citada por el mencionado sitio Poets.org, cuando dice que “Louise Glück es una poeta de presencia fuerte e inquietante. Sus poemas publicados en una serie de libros memorables durante los últimos veinte años han logrado la distinción inusual de no ser ni ‘confesionales’ ni ‘intelectuales’ en el sentido habitual de esas palabras”.

Cuando se escucha o se lee a Louise Glück, en sus divagaciones sobre el quehacer poético y la propia vida, se comprende mejor su propia poesía. En el mencionado sitio Poets.org, nos encontramos con esta declaración suya: “En el silencio de la conciencia me pregunto: ¿Por qué rechacé mi vida? Y yo respondo: la tierra me derrota”. Y la tierra es la propia naturaleza que corre indiferente al desencanto de los hombres. En muchos de sus poemas el amor, por ejemplo, se pierde en la incomprensión o en la opresión impuesta por el poder. El poema “Lamium” de uno de sus libros fundamentales, Iris salvaje (1992), comienza con estos versos: “Así se vive cuando tienes un corazón helado. / Como yo: entre sombras, arrastrándose sobre la roca fría, / bajo las copas inmensas de los arces”. Y en el poema “Amor bajo la luz de la luna” del mismo libro que comentamos ahora, Louise nos dice en sus primeros versos: “A veces un hombre o una mujer imponen su desesperación / a otra persona, a eso lo llaman / alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma. / (Lo que significa que para entonces adquirieron una.)”.

En su artículo “Louise Glück: la pérdida que traspasa” publicado en la revista Santiago del 11 de octubre pasado, Milagros Abalo comenta este aspecto de la poesía de la flamante Nobel: “El amor en definitiva es un paso por el fuego que todo lo consume y, sin embargo, no se puede estar ajeno, se puede sí salir caminando, sola, siempre sola la voz”. Como en el maravilloso poema “Maitenes” también de Iris salvaje: “Perdóname si digo que te amo: a los poderosos / se les engaña siempre, los débiles / son siempre manejados por el miedo” Y luego: “Ya ves / lo inútil que es este silencio que promueve en nosotros la creencia / en que tú puedes ser todas las cosas, la dedalera y el espino, la vulnerable / rosa, la terca margarita; nada nos queda sino pensar / que no podrías existir”. Para concluir así: “¿Es eso lo que quieres / que pensemos?, ¿lo que explica el silencio esta mañana, / los grillos cuyas alas no se frotan, los gatos / que en el patio no pelean?”. El tema del amor, siempre doloroso, revela la soledad, la frustración y la amargura como el poema “El vestido” del libro Vita Nova, de 1999: “Se me secó el alma. / Como un alma arrojada al fuego / ¿Cómo vas a volver a confiar / en el amor de otro ser? / Mi alma se marchitó y se encogió / El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado / grande / para ella”.

Sí, creo que esta vez la Academia Sueca sí premió a una gran escritora. Una poeta a quien le queda bien el Nobel. Espero, por lo mismo, que sea traducida al español para el deleite de todos los hispanohablantes, porque “Without poetry, we lose our way”.

 

 

 

Fuente de imagen: english.yale.edu

 

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.