
Nací en Montevideo, en el invierno de 1991.
Dicen que mi nombre iba a ser otro, entonces mi madre tomó la biblia y eligió Magdalena.
No recuerdo el primer libro que leí, pero si recuerdo el primer poema que escribí.
Fue a la edad de siete años y era un poema que hablaba de Dios. Dado que la iglesia fue un lugar que marcó mi infancia y la de mis hermanos, allí íbamos todos los domingos, allí nos sentábamos en silencio y leíamos por horas los pasajes del libro de Génesis y los Salmos.
Mi madre escribía en libretas pensamientos que con el tiempo comprendí, eran poemas, ella era la poeta en la casa. En sus libretas, mi madre escribía. Entonces comencé a imitarla y con el tiempo esa imitación fue convirtiéndose en una necesidad, en una forma de ver el mundo, y de crear con versos mi propio mundo. Aun sigo escribiendo por necesidad, escribo porque lo necesito. Y esa necesidad sigue ahí, no se va. Mis primeros poemas fueron escritos a escondidas en las libretas de mi madre, lo hacía para que después ella los encontrara de sorpresa, como pequeñas ofrendas. Luego vino la vida y todo siguió,
como diría Olga Orozco:
Entonces se cumplieron la tarde y la mañana
en el último día de los siglos.
Yo estaba frente a ti;
yo, con los ojos abiertos debajo de tus ojos
en el alba primera del olvido.
Hay un huésped en mi cuarto
brillante su cabeza
reposa entre mis piernas
lo raro es la belleza de su forma
se queda en mí al mismo tiempo que se aleja
y las luces de los barcos en la noche
alumbran la cruz del templo
enloquecen a los pájaros
y cambia el orden de las cosas
albergo en una caja
tu pequeño diamante, tus ciruelas
tu lengua de tierra viva
atesoro el tacto, las caricias
tu pequeña muñeca de trapo con un ojo
tu forma de colgar la ropa
como si realizaras un ritual
un saludo al sol
acto íntimo que yo observaba
mientras pelaba la fruta / entre mis manos el jugo
y el olor a verano metiéndose en mis rodillas
hay un cordero recién nacido
atrapado en el alambrado
atrás su madre se aproxima
corriendo va y lo empuja con su cuerpo
lo trae de regreso
después salen los dos
corriendo campo adentro
nunca te conté que había visto eso
me lo guardé para mí
vos nunca me empujaste
y si lo hiciste fue hacía el otro lado
separándonos
ahora el alambrado es un gran espejo
puedo ir de un lado a otro
y nunca sé con qué me voy a encontrar
qué palabras más difíciles de pronunciar
por eso las escribo
para exorcizar y correr campo adentro
como un animal al que acaban de salvar del peligro















































