
En junio del 2000 abrí los ojos por primera vez en el Hospital de Durazno. Mi madre dice que parecía una manzana y que mis ojos eran muy grandes. Miraba con curiosidad ese mundo que nacía conmigo y aún lo miro con el mismo asombro.
Empecé a transitar la ruta 5 desde niña cuando me mudé a Tacuarembó, donde viví la mayor parte de mi vida. Luego seguí el camino rumbo a Rivera, donde me formé como profesora de Literatura. Deshice el camino andado hasta llegar a Montevideo, donde vivo actualmente. Recorrí otros caminos, como el de las once curvas que lleva a Tambores, donde también viví, o el andar cotidiano a Las Piedras, donde trabajo desde hace años y se convierte poco a poco en un espacio profundamente íntimo.
Cuando alguien me pregunte de dónde soy, dudaré cada una de las veces. Estoy enraizada en todos estos lugares, pero no soy enteramente de ninguno. Soy de sitios que no puedo nombrar. Escribo persiguiendo el conjuro que me ancle en algún lado. Como dijo Peri Rossi, mi casa es la escritura, la habito como el hogar de la hija descarriada, la pródiga.
Publiqué un libro de poesía: Herrumbrada. Dependiendo quien lo califique, también publiqué una novela o un libro de cuentos: Estampitas de la hija pródiga. La existencia material de estos dos cuartos de mi casa fue gracias a La Coqueta y a Pez en el Hielo. Como caracol de un jardín marosiano, ando con mi casa a cuestas hace tiempo y seguirá siendo así mientras tenga la llave para entrar.
Textos
Un día fue suficiente
para tomar los tres mechones
el uno la vida
el otro la muerte
y trenzado hacia el centro
siempre
el del amor
madre
no quisiste
no pudiste
enseñarme a trenzar mi cabello
me viste sentarme torpe
a mover los hilos
de un lado hacia el otro
coserlos de todas formas
como una Penélope que no espera a nadie
que teje y desteje
hasta encontrarse a sí misma
madre
no quisiste
no pudiste
enseñarme a trenzar mi cabello
sola tuve que encontrarme
con la vida y con la muerte
sentada frente a ti
encontrar
sin tu ayuda
el mechón del amor
y tejerlo hacia el centro
buscando el sentido
porque no quisiste
o no pudiste
tantas veces se me enredó el pelo
mis manos atrapadas en la maraña
y tú
no quisiste
no pudiste
hasta que lo arranqué de cuajo
y solo volvió a crecer
guiándolo yo
la que quiso
y la que pudo
para que el amor estuviera
siempre en el centro
y a los lados
la vida y la muerte












































