
Escribo esto mientras soy consciente de que no voy a revelar ningún misterio. Esa tarea se la dejamos a Mariana Enriquez. Llegué a su universo no hace mucho. Al principio pensé en lo arrepentida que estaba de no haberle dado una oportunidad antes, pero siendo honesta, anduve en otras búsquedas.
No me gusta pensar la literatura desde lo productivo ni desde el tiempo. El capitalismo se cuela por todas partes y, aunque mucho de lo que leo tiene que ver con desarticularlo, con tejer redes para sostener-nos, comprender-nos y acompañar-nos; los libros siguen siendo disfrute, placer. Son viajes.
Tampoco me gusta pensar la literatura como terreno de competencia. Siempre habrá alguien en redes que leyó el doble de libros que yo este año. Todo eso es variación: libros largos, otros más concretos, momentos de bloqueo lector, etapas de inspiración y mucha imaginación. ¿Qué es eso de leer algo que no nos gusta solo porque “hay que terminarlo” y pasar a la joyita que sí queremos leer? ¿Por qué ser mediocres y crueles? Ya bastante hay con la dura cotidianidad como para transformar este espacio en terreno fangoso también.
Las mujeres que escriben, preceden a los movimientos sociales del siglo XX y con ello incluso a la llamada “la primera ola de feminismos”. Sin embargo, gracias a éstas luchas, en los últimos años se reivindican con más fuerza las lecturas escritas por mujeres, en general, y latinoamericanas, en particular.
El caso de Mariana Enriquez es conocido en todo el mundo por poner el foco del terror/horror en lo cotidiano. En la investigación de hechos concretos de la historia (escenarios reales, lugares, personas, música, libros) crea universos paranormales donde el dolor y las heridas dejadas por los crímenes de lesa humanidad, las desapariciones forzadas, la violencia de género o las tradiciones religiosas y culturales se vuelven el puntapié para contar historias de terror con sencillez y audacia, sin perder elegancia.
Dentro de Los peligros de fumar en la cama, el cuento de “Chicos que vuelven” se destaca por su carga simbólica. A diferencia de otros relatos de Enriquez, en esta oportunidad no entramos inmediatamente en el susto. El horror se instala de a poco, generando incomodidad y expectativa.
Estos chicos no son los clásicos muertos que vuelven. No hay violencia explícita en el acontecimiento de su regreso. No hay sangre. Lo que genera miedo es la incertidumbre: la incomodidad está en ver lo que se niega a recordar. La sociedad intenta enterrar en el pasado, sin duelo, sin justicia y sin memoria, una verdad que irrumpe en los cuerpos y hace temblar la cotidianidad de la ciudad. Como dice Enriquez: “toda herida tarda mucho en hacerse cicatriz, y una cicatriz siempre es una marca, una presencia de la memoria en el cuerpo”.
Los Chicos que vuelven son cuerpos que insisten y se resisten al olvido. Su sola existencia pone en crisis a la comunidad, erosiona los cimientos de la “normalidad”.
Infancias arrastradas por la crueldad. Marginadas, vulneradas, violentadas, que -por diferentes razones, como la salud mental, la trata de personas, las desapariciones, el consumo problemático de sustancias, la situación de calle, violencia sexual o vicaria- terminan con sus vidas y le han arrancado a sus familias incluso la oportunidad de duelo.
Otro ejemplo es el último relato de este libro, titulado Cuando hablábamos con los muertos. Se trata de la historia de cinco pibas que se juntan de manera recurrente a jugar el juego de la copa. Una de ellas cuenta que quiere hablar con sus padres: se decía que habían muerto en un accidente, pero lo cierto era que habían desaparecido. A medida que el relato se desarrolla, cada una cuenta que conoció a alguien a quien también “se habían llevado”, aunque no entendían muy bien a qué se debían esos hechos.
El objetivo, además de hablar con ellos o saber si alguien lograba contactarlos, era saber dónde estaban sus cuerpos: “porque eso tenía locos a sus abuelos, su abuela lloraba todos los días por no tener dónde llevar una flor”. (p.222)
La cosa se pone extraña cuando contactan con una entidad que les cuenta que muchas de éstas personas no saben dónde están; solo hablan de sus últimos días secuestrados. A su vez, deja en claro que hay una de las chicas que sobra allí, por lo que no van a dar más información al respecto.
Fantasmas toman forma, se materializan y engañan a la familia; una de las chicas desarrolla un trastorno mental debido a las experiencias paranormales a las que se enfrenta. De este modo, los dos mundos se conjugan: el terror y el pasado reciente de la última dictadura argentina.
Diferentes científicos sociales han demostrado que estos hechos históricos, así como las invasiones y saqueos en nuestro continente, tienen un componente muy potente de espectros y fantasmas. Una postura negacionista reduce al mínimo la experiencia y la investigación sobre estos temas que nos constituyen y condicionan nuestro presente.
El terror en Mariana Enriquez opera como confrontación. Lo que vuelve no es solo lo muerto, sino lo silenciado, lo que no se nombra. El horror aparece así como una forma de mirar el mundo y como un llamado a hacernos cargo de nuestras miserias para construir y reivindicar la memoria desde la honestidad colectiva.
Los fantasmas no pertenecen al pasado: están entre nosotros. Sin memoria no hay descanso posible.















































