
2025: Diez señales para no quebrarse
Seamos realistas: 2025 no será recordado como un año de impacto artístico fulminante. Fue, antes que nada, un año política y económicamente tumultuoso. Enfrentamientos que parecían sacados de una película distópica comenzaron con una velocidad alarmante y se disolvieron igual de rápido… o eso parece. En ese contexto de incertidumbre existencial, mirar al arte a los ojos fue como volver a la casa de los abuelos: un refugio tibio, con olor a comida hecha a fuego lento, capaz de renovar —aunque sea por un rato— la esperanza.
Entramos en esta década con un mundo paralizado y la promesa ingenua de salir mejores personas. Poco después, nos vimos sumergidos en mensajes belicistas, divisiones religiosas, sociales y laborales. La inteligencia artificial nos iba a reemplazar en todo… o quizás a salvarnos. Mientras tanto, los cielos se convirtieron por un instante en un Space Invaders en alta definición. Para alguien con más de cuatro décadas encima, el asombro y el espanto se mezclaron frente a la televisión en directo, viendo misiles interceptarse como si fueran fuegos artificiales de algún fin del mundo.
En medio de todo eso, también hubo fortuna. Y este portal tan mágico como improbable permitió que el arte siguiera llegando, filtrándose como una señal insistente.
La espada de Damocles sigue pendiendo sobre la humanidad, así que dispónganse a llenar la panza y el corazón: un caldito de pollo, una estufa encendida y el descanso que quizá merezca uno de los años más agotadores de esta década convulsionada.
Este fue mi 2025 en las disciplinas del saber vivir: el arte.
El año encontró a Inefable dando un salto poco frecuente en el rock local: el de la convicción. De La Trastienda al Auditorio del Sodre, el recorrido no fue simbólico sino sonoro. Canciones como Hombre en azul pegaron donde tiene que pegar, entre la tristeza y la furia, con una voz que no pide permiso. Tragos amargos dejó en claro que se puede dialogar con Pixies o Red Hot Chili Peppers sin quedar atrapado en el eco. El adelanto de Lo demás puede esperar terminó de confirmar que Giuliano Alessandro no está buscando su voz. Ya la encontró.
Inefable logró que el ruido interno valiera la pena.
Entrar a la sala de ensayo de Los Homeros siempre tiene algo de ritual. En 2025, ese ritual cumplió diez años. El festejo en Sala Magnolio fue menos una celebración que una reafirmación: guitarras crudas, letras que no esquivan la introspección y una conexión con el público construida a fuerza de tiempo, no de algoritmo. Mientras trabajan en su tercer disco, Homeros sigue tocando como si el rock todavía fuera una forma válida de decir lo que no entra en una consigna. Y quizá lo sea.
Durante años fue fácil subestimarlo. En 2025, Dwayne Johnson decidió dinamitar esa comodidad. The Smashing Machine, dirigida por Benny Safdie y producida por A24, lo mostró como nunca: vulnerable, excesivo, roto. Interpretando a Mark Kerr, Johnson dejó atrás el brillo para ensuciarse en un biopic áspero, filmado con grano y nervio. Venecia, Toronto, premios, ovaciones. Pero lo verdaderamente importante fue otra cosa: por primera vez, olvidamos a “La Roca”. Y cuando eso pasa, algo verdadero está ocurriendo.
La vida ya le había dado vueltas bruscas a César Troncoso, pero 2025 fue especial. El Eternauta lo proyectó a una audiencia global y volvió a confirmar algo que en el Río de la Plata ya sabíamos: su carisma no necesita subrayado. Junto a Ricardo Darín, Troncoso encontró ese equilibrio raro entre presencia y humanidad que convierte a un actor en algo más que un rostro. Este año lo puso otra vez en el mapa grande sin que perdiera la escala humana. Y eso no es poco.
Si caminaste de noche por Ciudad Vieja, probablemente te lo cruzaste. En 2025, Víctor Andrade llevó esa poética errante al Espacio de Arte Contemporáneo. Sus teselas hechas de tejas rotas, esquirlas de noches sin dormir, entraron al museo sin pedir permiso. Hay humor, hay juego, hay una mirada infantil que incomoda en un cuerpo adulto. Andrade no dejó de ser calle. Simplemente amplió el territorio para poblarlo de arcángeles pop como Alf o el Capitán América.
La voz como instrumento. La intimidad como escenario. En 2025, Boni terminó de consolidar un camino que venía trazando en silencio. Avant Première no grita, no corre, no compite. Se queda. Entre jazz, soul y pop urbano, sus canciones suenan a hora azul, ese momento del día en que todo baja un cambio. En un ecosistema saturado de fórmulas, Boni eligió algo más difícil: ser honesta. Y este año, eso fue un gesto radical.
La lectura hipnótica de Mariana Enríquez solo se entiende cuando se la escucha narrar sus propias pesadillas con la cadencia de alguien que nos prepara, casi con ternura, para el abismo. En 2025 coronó un año intenso con Un lugar soleado para gente sombría, un libro que reafirma su lugar central en la literatura contemporánea. Con una obra ya consagrada a nivel mundial, Enríquez siguió demostrando que el miedo, cuando está bien escrito, es una de las formas más lúcidas de hablar del presente. No hay truco ni exceso. Hay atmósfera, herida social y una voz que ya no necesita demostrar nada.
El Cuarteto cerró el año en casa, pero llegó al Antel Arena después de una gira continental que confirmó su vigencia absoluta. Puertas fue el eje de un show preciso, conceptual, sin nostalgia y con aroma a apuesta. Roberto Musso siguió operando con ironía y bisturí filosófico. Casi cuarenta años después, El Cuarteto sigue siendo eso que no envejece: un espejo incómodo donde mirarnos cuando el mundo se vuelve demasiado absurdo.
Tamara Silva Bernaschina apareció como una brisa. En 2025, Desastres naturales terminó de consolidar una escritura atravesada por el campo y silencios incómodos. Su obra forjada en sal, sol y mar fue reconocida con un premio que confirmó lo evidente: hay una mirada joven capaz de dialogar con el mundo sin perder origen. Sus grafismos podrían viajar a cualquier continente, pero siguen oliendo a costa uruguaya.














































