
Eté y los problems se presentó en el Teatro de Verano el pasado sábado 29 de noviembre 2025 para celebrar sus 20 años. El show fue anunciado en abril de este año, cuando tocaron en el Cosquín Rock.
El Teatro de Verano, para los artistas uruguayos, tiene un significado más amplio de lo que el público puede asumir. La película Emoción a cielo abierto, estrenada el jueves 27 de noviembre, ayuda a transmitir esa idea contando la historia del teatro, así como las experiencias en él de distintos artistas. Es por eso que, aunque no sea el escenario más grande en el que un artista se puede presentar, sigue siendo un símbolo de éxito entre los uruguayos, una forma de saber que lograron algo.
No estuvieron muy lejos de llenar las localidades, aunque en un principio parecía que el lugar les iba a quedar grande. Entre la amenaza de lluvia y los muchos asientos libres, el panorama no era muy alentador. A eso de las nueve, horario de comienzo del espectáculo, llegó una ola de gente. Más joven que el público que ya estaba y definitivamente más eufórico, daban una sensación de barra brava, más cercanos a los artistas y con las emociones a flor de piel. Con este último cambio en la audiencia se despidió el Dj que acompañó desde la apertura de puertas, y minutos después entró la banda. Abrieron con Las palomas, sentando las bases del concierto y activando al público desde el momento uno. Todos nos paramos y no volvimos a sentarnos hasta que terminó el concierto.
Mi primera sensación cuando subieron al escenario fue que estaban nerviosos. Daban una impresión de desconfianza, como si la necesidad de hacerlo bien no les permitiera relajarse del todo. A medida que pasó el tiempo se fueron acomodando hasta llegar a un ambiente más ameno.
La banda impacta. Uno los ve y se queda un poco hipnotizado. Hay tantas cosas pasando, tantas luces, instrumentos, miradas entre los músicos. Ritmos cortantes o dulces o pesados o lúgubres. La variedad de géneros, acompañada con letras poéticas, es realmente una muestra de arte que te llega.
Los cinco artistas principales funcionan muy bien juntos. Tienen una dinámica muy interesante de ver, cada uno parece tener su propia personalidad que encaja con el resto, aunque sea completamente distinta, se generan contrastes interesantes por varios lados. La juventud de Martín Iglesias, guitarrista y corista, en comparación con el resto de los integrantes; la voz de Bárbara Jorcin, tecladista, pianista y única mujer en la banda contrasta con lo grueso de la de sus compañeros; la presencia casi teatral de Ernesto Tabárez, cantante y guitarrista de la banda, además de fundador; la omnipresencia del bajista, Iván Krisman, mucho más callado que sus compañeros, y el baterista, Andrés Coutinho, que innovó con la batería sacándole tantos sonidos como le fue posible. Sin embargo, no fueron solo ellos los responsables de brindar este espectáculo, hubo muchos invitados que se encargaron de aportar algo distinto, violinistas, guitarristas, cantantes, amigos, exintegrantes de la banda. Todos tuvieron un espacio para mostrar su arte, así como el aprecio hacia la banda y sus integrantes. Fue esto, en gran parte, lo que colaboró para que el concierto durase tres horas.
Todo artista necesita de éxito para alimentar su arte, más allá del placer de ser conocido o la importancia que tenga la fama para cada uno en lo individual, la realidad es que van de la mano. Es difícil definir dónde se traza la línea entre lo emocional y lo popular a la hora de hacer un espectáculo de este tamaño. ¿Cuánto puede permitirse en el aspecto emocional una banda como Eté y los problems a la hora de presentar uno de los mayores shows de su carrera? Esa fue la pregunta que me surgió en el concierto al sentir que lo que hacían era para los fans, pero sobre todo para ellos, mientras pasaban cinco minutos bailando entre ellos, riendo y saltando, pero no exactamente poniendo un show, mientras se alargaban los finales de una canción, arrancando el coro una vez más a ver si esa vez duraba para siempre. ¿Hasta qué punto este espectáculo fue para el público y hasta cuánto fue para ellos mismos? Porque, aunque fue profesional con las cámaras, las luces, el escenario, los asistentes y el sonido, también fue sumamente personal, más que sentir que me estaban presentando algo, por momentos sentí que estaba viendo desde lejos, como si fuera un documental de la banda y no la experiencia real.
El arte no es sobre el público, no tiene sentido que lo sea, pero sí suele ser una invitación, un punto medio en el que artista y consumidor se encuentran y se comprenden. Por mucho que se haya disfrutado, por mucho que haya gritado, cantado, no creo haberme sentido parte. El momento era de ellos, más que construir un espacio entre todos, nosotros fuimos testigos de su éxito, sentimos orgullo por lo que hicieron y por el camino recorrido, nos sentimos cómodos al presenciar su sueño hacerse realidad desde un paso atrás, viviendo el arte de la forma más pura posible, de forma egoísta. En un presente tan centrado en lo individual, tan consumido por el yo por sobre el resto, fue interesante estar tres horas admirando el logro ajeno, sin intentar convertirlo en propio.
Y, por último, Ernesto, cantante y fundador de la banda que logró mantener una cara de orgullo por tres horas seguidas. Cambió de guitarra acústica a eléctrica alrededor de veinte veces en todo el concierto y se fue corriendo entre el público en medio de una canción. Su voz es fuerte, impone, pero a la vez invita. No hay duda de que es el alma de la banda, y la banda es como su hijo, que trata con tantas emociones que se le desbordan en vivo.
El espectáculo, musicalmente hablando, estuvo muy bien, también en lo técnico, las luces eran un show en sí mismas, el sonido bien regulado, los asistentes a tiempo proporcionando a los artistas lo que necesitaban en cada momento. Sin embargo, con todo el profesionalismo que había, lo emocional supo ser mayor. Es difícil buscar el orden, la perfección en el arte, porque el arte es inherentemente emocional y por lo tanto desprolijo. El artista tiene un sentimiento, una idea, un sueño y lo plasma en palabras, colores, melodías. Intenta transmitirlo lo mejor que puede, no para darse a entender, sino para sacarlo a la superficie, y una vez entre nosotros esa idea se mueve, cambia de forma, adquiere nuevos significados. En un concierto con este tipo de carga emocional, se abren las puertas a una forma de comunicación más cruda, desordenada y propia de aquellos que priorizan el sentimiento y la conexión por sobre lo superficial de la fama.
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