
El sábado 8 de noviembre 2025 fue el día elegido por La Tabaré para volver al “Templo de Momo” y festejar cuatro décadas de un proyecto que sobrevivió a cambios de época, gobiernos y peinados. Una fecha que se amplifica porque el Teatro de Verano siempre magnifica, será porque por ahí han pasaron artistas de nivel mundial.
Desde temprano los alrededores estaban agitados. Mucha gente llegó con tiempo para caminar la rambla, respirar cerca del Río de la Plata y dejar que la tarde cayera de a poco. Ese entorno siempre suma algo invisible: el viento moviendo remeras, el sol perdiéndose en el rio, un murmullo de previa que junta edades y memorias distintas. El ambiente era cálido, de reencuentro, como cuando uno vuelve a un sitio querido y reconoce gestos familiares en otrxs.
En la puerta todo avanzaba tranquilo. La Tabaré genera eso, nunca sabés lo que puede pasar, pero sí que algo te va a sorprender. El show estaba fijado para las 21, aunque la cola para las entradas y acreditaciones empujó la largada hacia las 21:30. Nadie protestó. Era un movimiento constante de gente entrando, saludos rápidos, abrazos breves y comentarios sueltos sobre lo que podía venir.
Adentro, el Teatro estaba impecable. Renovado, bien iluminado, con ese esplendor modesto de los lugares que sostienen la cultura desde hace décadas. Esa mezcla —espacio mítico, banda histórica, público dispuesto. Todo listo!!
Apenas ingresé al Teatro, el cantero lateral acaparaba miradas. La compañía Poetas del Absurdo sostenía una intervención performática con vestimenta militar, desplazamientos rígidos y una intensidad contenida que conectaba el nacimiento de la banda en dictadura con el aire entrecortado de la apertura democrática de mediados de los 80. Un gesto sencillo, una especie de introducción que sumaba sin subrayar nada y rápidamente, la banda abrió con A Renacer, del último disco. Aunque no es una canción escrita en los años 80, dialoga con ese país que salía de la dictadura con más dudas que certezas. Hay algo en esos versos —“Esa paz que hay que aprender a vivir / Esa paz que no supimos crear”— que enlaza con el espíritu del 85, cuando Tabaré Rivero y compañía daban sus primeros pasos sin imaginar que aquello iba a durar 40 primaveras, algo más que “un puñado de toques”.
La noche empezó a abrirse en capas; composiciones recientes como La Tecnocracia o País Belleza conviviendo con clásicos de los 80 y 90. Las luces se movían sobre los rostros del público y la banda, generando pequeñas islas entre tanto ruido. A veces el silencio dejaba pasar las letras; otras, la guitarra o las intervenciones teatrales marcaban el ritmo. Tabaré agradecía con calidez desde el arranque. Las pantallas gigantes del fondo del escenario acompañaban sin distraer: imágenes, acercamientos, detalles; arriba y abajo todo importaba. El público también hacía su propio espectáculo.
Desde la platea alta empezó a descender una bandera enorme que decía: “La Tabaré, 40 años después sigue siendo rocanrol”. Un lienzo de 10 x 6 metros, diseñado y pintado por la barra denominada “TABARECIANOS” (@tabarecianos). Bajaba sostenida por muchas manos, cruzando filas mientras el viento apenas la inflaba. Parecía una criatura viva avanzando de la parte alta hasta llegar a abajo. Ese recorrido condensó todo; cuarenta años después, la banda sigue moviendo en colectivo y nos sigue uniendo.
El público ya estaba “en una” (cómo dicen los jóvenes). En un instante de pausa, desde la tribuna se escuchó un grito: “¡Palestina libre!”. Tabaré respondió al instante: “Claro que sí, Palestina Libre!!!!”. Y siguió.
La celebración trajo guiños al pasado; temas viejos, teatralidades, mezcla de rock, murga, blues y esa ironía que siempre acompañó al grupo. Los diálogos entre banda y público fluían naturales. Los invitados fueron columna vertebral en este recorrido de 35 canciones. Primero llegó Riki Musso, presentado por Tabaré como “el culpable de todo”, mientras contaba que él fue quien lo empujó a mostrar lo que escribía y un gran apoyo para que naciera La Tabaré. Juntos encararon Psicoanálisis y El Tacho de la basura, con varios olvidos de letra y confusiones sobre quién seguía, el momento se volvió jocoso, algo que encajó perfecto estando en el templo del carnaval.
Después apareció “La Cañería”,(Nico, Nacho y Camilo) ese combo de vientos capaz de cambiar el clima apenas pisa el escenario. Con ellos sonaron Qué Suerte, ¡Qué Noche la de Aquél Día! y Neurosis en mi casa. Fue la parte acústica del show; bajaron los decibeles, manejando excelentemente los climas del show. Luego llegó el momento de Sergio Astengo con su bandoneón, para interpretar canciones como El Último Round y Qué Hago con la Luna.
Un Romancero se cantó en coro total, con Gastón Zunino, en la guitarra, a quien Tabaré presentó como manager de la banda y excelente músico. Enseguida empezó la cadena de presencias históricas: Andrés Burghi se hizo cargo de la batería en La Enemistad. Un rato después, Malambo Delictivo armó su ritual con bombos legüeros, zapateo y boleadoras, sumando un color inesperado y muy lucido. Cada integrante tuvo su momento para mostrar destrezas.
Llegó luego Andrea Davidovics, con esa naturalidad de quien vuelve a casa. Su voz —fundamental para entender un capítulo entero del rock uruguayo— nos llevó directo a los 80 con Patada en el Bajo Beat y Excepto; un maravilla y muy celebrada. Después Alejandra Wolff trajo la energía de los 90 para atravesar Distopía en Blues y una versión brillante de La Mugre de Tus Orejas, coreada por todo el público.
El cierre fue memoria y fiesta. Tras Putrefashion, Crua Chan y el empuje inevitable de la gaita, el escenario volvió a llenarse de artistas. Agarrate Catalina pisó el Collazo como tantas veces, pero ahora fuera de concurso, para sostener las dos últimas canciones. Ojalá desembocó en Alegrís, que terminó convertido en un canto colectivo de Sociedade Alternativa, con todos los invitados arriba. Parecía improvisado, aunque pensándolo bien era inevitable. Después de cuarenta años, cómo no darse ese lujo.
¡Felicidades- La Tabaré! 20 años no es nada, pero 40, es un montón!
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