
La música uruguaya de los últimos sesenta años está fuertemente marcada por figuras que forjaron nuestra identidad musical. Desde los próceres del folclore-canción de protesta-canto popular como Zitarrosa, Viglietti, El Sabalero o Los Olimareños, pasando por los músicos de la primera camada de la generación Beat -Rada, los Fattoruso, el mitificado Mateo- y los continuadores de una canción que comenzó a dialogar con ritmos y códigos montevideanos como Jaime Roos o, en una escala no tan masiva, Laura Canoura y Fernando Cabrera.
Tenemos, los de mi generación, un acervo a disposición que es como una marmita de bruja en la cual se han ido cociendo a un fuego tan lento como sabroso el tango, el candombe, la milonga, ritmos del norte argentino, el rock bluesero de los sesentas, el jazz, y algún condimento brasileño, siempre puesto como una nota de color.
Daniel Colino es gestor cultural, productor musical, escritor. Apasionado de la música. Un periodista paciente de los que sabe buscar, convencer y reunir fuentes de todos los ángulos posibles para retratar un momento, un fenómeno y -sobre todo-, un personaje. Con esa paciencia teje y presenta un recorrido que, como el de Hugo Fattoruso, es un viaje musical que recorre una Montevideo que desde la década del 50 ha mutado varias veces para seguir siendo la misma.
Porque entre otras cosas, este es un libro sobre Montevideo. Sus músicos, sus tocadores de candombe, la gente que consumió discos de Los Shakers, recitales de Opa, o la infinidad de cambios de piel que ha tenido un músico que fue acordeonista, guitarrista, contrabajista, pianista, maestro de los teclados, cantante, compositor y -no hay una sola voz disonante- un estudioso de la música. Un músico generoso y camaleónico como pocos.
El libro se organiza en capítulos presentados de acuerdo a una cronología precisa, informada por distintas voces, y sobre todo, por miradas construidas en distintos momentos. Es hasta gracioso encontrarse con titulares como “Son una bomba”, o descripciones de “las melenas” de revistas como Cine Radio Actualidad… Eso a fines de los sesenta, cuando Los Shakers fueron por un momento Los Beatles del Río de la Plata, gozando y padeciendo la fama, exposición masiva, y la explotación de contratos tan leoninos que ni a los blueseros del delta les habrían ofrecido.
El viaje sigue con la formación aún más mítica de Opa, la relación con Airto Moreira -tan virtuoso como inescrupuloso- un recorrido de gloria, viajes, fama, hambre y retornos -a Buenos Aires, a Montevideo- que no fueron, en su momento, definitivos. Hugo Fattoruso es una hormiga viajera, un orfebre de la música que cuanto más uruguaya se hace, más universal se vuelve.
Siguiendo el paso del tiempo, tras los capìtulos dedicados a las formaciones mìticas, el libro recorre las mil encarnaciones del tecladista más talentoso del país. Laura Canoura, Milton Nascimento, Jaime Roos, Fito Páez, Leo Maslíah, Tomohiro Yahiro, Albana Barrocas… la lista es interminable. Colino incluye al final, no solo una cronología exhaustiva, sino las cubiertas de todos los discos, además de cerrar cada capítulo con una crìtica de los discos que se corresponden con el momento presentado al lector.
Un detalle que atraviesa todo el libro es la presencia de improbables pero muy tangibles “angeles guardianes” que cada tanto aparecen, con una oferta o un contrato en la mano, señalando rumbos posibles a este artista que aprendió a vivir en el escenario junto a su padre y su hermano menor. Me ocurre al leer, que siempre escucho la batería de Osvaldo sonando, aún cuando no está. Hugo Fattoruso es tan músico como hombre de familia. Hijo, hermano, padre… Es también un tipo humilde que se prende a tocar con Hermeto Pascoal o a acompañar a Laura Canoura o Jaime Roos con la misma sencillez con la que va a ver los tambores cada domingo. Un tipo que invita a los amigos a comer los ravioles de la mamma, con la naturalidad de gente de otra época.
Si algo podría echarse de menos en un libro así, es la ausencia de voces discordantes. Tal vez sea sencillamente porque no las hay, tal vez sea por la decisión del autor de contribuir con información al reconocimiento masivo de uno de los próceres -que sin lugar a dudas lo es- de nuestra música contemporánea.
El libro, escrito en un estilo periodístico cuidadosamente documentado, puede pecar por momentos de exceso de información. Quizá sea un asunto del género, algo de eso ocurre con otros libros/biografías como Rada -de Fernando Peláez– o Jaime Roos: el montevideano de Milita Alfaro. Pero eso mismo lo transforma en un excelente texto de consulta. No en vano es un libro que puede perfectamente dialogar con los otros dos.
En definitiva, un libro para tener, leer y releer por tramos por su valor documental, por la sencillez con la que está escrito, y por la infinita fuente de músicas a la que la lectura inevitablemente lleva.














































