
La tardecita del jueves llegó fresca y con llovizna, pero eso no cambió los planes. Desde antes de las nueve, la vereda de La Trastienda empezó a llenarse de gente. Algunos aprovechaban para tomar una cerveza, otros se encontraban con conocidos y estiraban la charla mientras se acercaba la hora de entrar. Esa espera de vereda, tan habitual antes de un recital.
Llegué cerca de las nueve de la noche, adentro, Ino Guridi ya estaba en el escenario, desplegando su propuesta con mucha personalidad. Música y productora montevideana, con recorrido por la escena independiente, fue la encargada de abrir la noche, mientras la sala recibía al público que llegaba para ver al Peyote.
La Trastienda, uno de esos lugares que ya tienen ganado su espacio en la geografía de los recitales montevideanos. A las 21:15, El Peyote Asesino salió a tocar. Y como es característico; ¡tremendo arranque!
Fue a finales de los noventa, cuando me encontré con un sonido uruguayo que no se parecía a lo que venía escuchando. La banda fue vanguardista en la forma de armar sus canciones, cruzar lenguajes y combinar elementos que parecían venir de lugares distintos. Algo nuevo para los oídos de quienes crecimos escuchándolos en aquellos años.
Por eso siempre es un gusto volver a verlos. El Peyote forma parte de la historia musical de muchas generaciones. Para quienes los seguimos desde entonces, sus canciones traen recuerdos de momentos y lugares. Cada uno tiene su historia con esos temas, y volver a escucharlos también es una manera de reencontrarse con una parte de aquella época.
El concierto tuvo mucho de recuperación. Antes del recital había leído una entrevista que Fernando Santullo dio a El País, en la que contaba que Bien de vivo era una oportunidad para registrar canciones que hacía años no tocaban. También adelantaba que esta presentación sería la última con una cantidad importante de temas del primer disco. Eso le daba al show un atractivo especial, la posibilidad de volver a escuchar en vivo canciones que no suelen tener tanto lugar en los repertorios recientes.
Y ahí estaban. Cable Pelado, Lmental, Todos Muertos, Chupando la cuchara, Satisfaction, Perdiste, La Tumba de los Crá, Guachi y Demente formaron parte de un comienzo que enseguida puso al público en situación. Después llegaron Pump up the Parla, Perkins, Psicoterapeuta, Denso, Bailando Samba, Vos no me llamaste, Tierra derretida, Criminal y Cama Biónica, hasta llegar al cierre con El Peyote Asesino. Diecinueve canciones para recorrer distintas partes de una historia que sigue encontrando público y que el jueves en La Trastienda, tuvo a muchxs cantando, agitando y disfrutando de las canciones que forman parte de su memoria musical.
Peyote Asesino tiene uno de los mejores sonidos en vivo que pueden escucharse hoy en nuestro país. En la entrevista con El País, Santullo decía que la banda había perfeccionado su manera de llevar las canciones al escenario y que sonaba mucho mejor que treinta años atrás. Después de verlos el jueves, cuesta no pensar en aquella primera escucha de finales de los noventa y en todo lo que pasó desde entonces.
La mezcla de estilos, los cambios y los detalles de las composiciones necesitan una banda capaz de sostenerlos. Peyote lo hace con una solvencia que permite disfrutar tanto del conjunto como de las particularidades de cada canción. Aquello que sorprendía por su novedad hace tres décadas sigue teniendo fuerza, ahora con el oficio y la experiencia que los músicos fueron sumando a lo largo de los años.
Mientras tanto, el público hacía lo suyo. Hubo mucho pogo, como es habitual en los recitales del Peyote, gente cantando y disfrutando de un repertorio que conoce bien. La fidelidad se nota en la respuesta a las canciones y en la manera de acompañar el espectáculo. Se agita, se canta y se disfruta, respetando también el espacio de quienes están alrededor. En La Trastienda se cruzaban distintas generaciones, cada una con su historia y sus motivos para estar ahí. Para algunos, esas canciones forman parte de los recuerdos de juventud; para otros, son un descubrimiento más reciente. Esa noche, todos tenían motivos para cantarlas.
El calor también se hizo sentir. Adentro hacía mucho y los aires acondicionados no se prendieron. Por algún lado se escucharon gritos de «¡Prendan los aires!» t razones no faltaban. De todos modos no fue algo que incomodara mucha. Estábamos en un recital de rock, con El Peyote arriba del escenario y un repertorio que invitaba a meterse de lleno en el show. El calor y el sudor quedaron en segundo plano. Lo importante era la música y las ganas de disfrutar el recital.
Las pantallas del fondo, habituales en La Trastienda, acompañaron las canciones con imágenes que sumaron al espectáculo y ampliaron lo que sucedía sobre el escenario. Un complemento visual que aportó lo suyo sin quitarle protagonismo a la banda. La atención volvía una y otra vez a los músicos y a ese sonido que, después de tantos años, sigue siendo una de las marcas más reconocibles del Peyote.
En los noventa, la banda encontró una forma propia de reunir humor, ironía y una mirada crítica sobre distintos temas. No hace falta convertir el recital en una lectura de época para reconocer que parte de la identidad del grupo sigue presente en sus letras y en la manera de construir las canciones. Al volver a escucharlas en vivo, también vuelve algo de aquella forma de mirar y contar lo que pasa a nuestro alrededor.
La noche terminó después de diecinueve canciones, con El Peyote Asesino, el tema homónimo de la banda, como cierre. Volver a verlos es recordar lo que escuchábamos hace treinta años y comprobar que aquellas canciones siguen teniendo argumentos de sobra para defender su lugar.
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